Kintsugi

Billie BondSelf-portrait, 2016. Chelmsford, Essex.

No es una exageración afirmar que en nuestras vidas tocamos la rotura, la dislocación, la paradoja. Y de manera muy cotidiana. Vivimos como lesionados, en constante contradicción, con el corazón en un extremo y nuestras acciones en el otro. No demostramos, con nuestros actos, el bien que querríamos alcanzar: «No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero (San Pablo, Carta a los Romanos 7, 18-19)». Es como vivir de un deseo insatisfecho, como en una ambición permanentemente frustrada. Estamos en Matrix. «Nos hemos pasado la vida intentando tener todo bajo control. Y toda la vida que nos faltaba algo para llegar. Toda la vida que esperamos estar preparados para partir. Hay una pieza que no encaja. Desde siempre. Desde siempre insatisfechos, torcidos, impresentables. Caóticos[1] Esta situación de desfase entre lo deseado y lo realizado ha sido bien tematizada por la doctrina cristiana, cuando habla del pecado original.

«¿Existe el pecado original o no? Para poder responder debemos distinguir dos aspectos de la doctrina sobre el pecado original. Existe un aspecto empírico, es decir, una realidad concreta, visible —yo diría, tangible— para todos; y un aspecto misterioso, que concierne al fundamento ontológico de este hecho. El dato empírico es que existe una contradicción en nuestro ser. Por una parte, todo hombre sabe que debe hacer el bien e íntimamente también lo quiere hacer. Pero, al mismo tiempo, siente otro impulso a hacer lo contrario, a seguir el camino del egoísmo, de la violencia, a hacer sólo lo que le agrada, aun sabiendo que así actúa contra el bien, contra Dios y contra el prójimo. San Pablo en su carta a los Romanos expresó esta contradicción en nuestro ser con estas palabras: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero» (Rm 7, 18-19). Esta contradicción interior de nuestro ser no es una teoría. Cada uno de nosotros la experimenta todos los días. Y sobre todo vemos siempre cómo en torno a nosotros prevalece esta segunda voluntad. Basta pensar en las noticias diarias sobre injusticias, violencia, mentira, lujuria. Lo vemos cada día: es un hecho[2]

Es una situación caótica de común experiencia. Es un hecho, como dice Benedicto XVI, que tiene su origen en la famosa historia de la tentación de Adán y Eva. El demonio les promete que serán como Dios. «“…Seréis como Dios…” Así, dejada caer a mitad de discurso, es esa la verdadera mentira, la cual es pérfidamente profunda. ¿Qué me está diciendo quién me invita a ser como Dios? Que, así como soy, no va. Eva no va, debe buscar ser otra cosa. “Pero hija mía, ¿te me quedarás así, al natural? ¿No apuntas más alto? Un poco de sana ambición, niña mía, desarróllate, crece, progresa”. Y esto en realidad quiere decir: “Estás en un nivel bajísimo; estás mal hecha, no vas bien”. Tener necesidad de ser como Dios consiste intrínsecamente en rechazar aquello que uno es. Ser otra cosa distinta. Y esta necesidad se convierte, en sus modos más sofisticados y recónditos, en un rechazo de sí mismo que, sin embargo, aparece bajo forma de ansia por uno mismo. El orgullo y el amor propio, son en realidad odio a uno mismo. Hasta erosionar desde dentro el deseo de vivir y de recomenzar. ¿Por qué recomenzar, en cambio? ¡Porque vale la pena! ¡Porque debajo de todo este caos encontramos algo bien distinto! El “falso sí mismo” es solo una estructura construida para tapiar la verdad e intentar cancelarla; pero esta verdad continua allí, humilde, simple, esperando, como el padre de la parábola. En el fondo de nuestro ser hay otra cosa: “el verdadero sí mismo”.  La imagen según la semejanza de Dios. Está siempre allí. Espera pacientemente que nosotros volvamos a entrar en nosotros mismos.»[3]

El cristianismo, como muestran estas palabras apenas citadas, propone una reparación de la rotura, ofreciendo una solución a la paradoja. Esa solución tiene que ver con recomenzar, con recuperar la imagen casi olvidada, la luz aún no tapada por las tinieblas. Con volver al origen, como diría Gaudí. Y en el origen estaba Cristo. El mismo que creó, es el mismo que puede reparar la creación estropeada, como haría un artista. De hecho, el gran Santo Tomás de Aquino se refiere a Cristo como el Arte del Padre[4]. Conviene unir la creación estropeada a su creador, y «conviene que la unión se haga entre semejantes. Ahora bien, la persona del Hijo, que es el Verbo de Dios, tiene una relación la común con toda criatura. El verbo o la concepción de un artista, en efecto, es la semejanza ejemplar [modélica] de sus obras de arte. Por eso el Verbo de Dios, que es su concepto eterno, es también la semejanza ejemplar de todas las criaturas. Puesto que, al participar de esta imagen, las criaturas son constituidas en sus especies propias, aunque son cambiantes y corruptibles, convenía que, por la unión personal al Verbo, y no ya solamente por una simple participación, la criatura caída fuera restaurada en su relación con la perfección eterna e inmutable. Pues si la obra del artista se deteriora, éste la restaura mediante la forma artística que había concebido y según la cual había realizado originalmente su obra[5]

Makoto Fujimura es un artista de origen japonés, establecido en Estados Unidos. En su libro Art and Faith. A Theology of Making, defiende una teología y una visión de la vida más allá de la lógica económica, de la lógica del intercambio. En su visión, los artistas son aquellos que están cerca de la promesa cristiana (de la nueva creación) pues, precisamente, co-crean con Dios, aportando gratuidad y novedad, superando esa lógica económica. Dios los hace partícipes de su creación, otorgándoles la creatividad. De todas maneras, se trata de una creatividad que se despliega en un mundo caído. Para Fujimura, la creatividad que lleva a la verdadera novedad coincide con la sanación del mundo. O, dicho en otras palabras, Dios es el Gran Artista, el Gran Reparador, que creó el mundo, y ahora quiere hacer participar a los hombres en la reparación de su creación rota. Los hombres, con su quehacer artístico, colaboran con Dios (Theology of Making). En este punto, desarrolla su discurso a través de la explicación del Kintsugi[6]:

«El kin japonés significa «oro» y tsugi significa «reconectar», pero tsugi también tiene, significativamente, connotaciones de «conectarse con la próxima generación». Un maestro del Kintsugi repara la vajilla de té rota con esmalte japonés y luego lo cubre con oro. El diseñador-maestro del Té Hon’ami Koetsu (1558-1637) vio las formas rotas de los valiosos utensilios de té como paisajes evocadores, y es sabido que las contempló antes de aplicar el Kintsugi. El Kintsugi no solo «arregla» (not just fix) o repara un recipiente roto; más bien, la técnica hace que la cerámica rota sea aún más bella que la original, ya que un maestro del Kintsugi toma el trabajo roto y crea una pieza restaurada que hace que las partes rotas sean aún más sofisticadas visualmente. No habrá dos obras, aún realizadas con maestría, que se vean igual o se rompan de la misma manera.

 (…) Dije antes: «Ver el acto redentor de Dios, el acto supremo del sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario, a través de la lente de la Creación y la obra del Espíritu Santo, despierta en nosotros el potencial de la Nueva Creación». El ejemplo del Kintsugi captura y amplía esta promesa. El evangelio cristiano, o la Buena Nueva, comienza con la conciencia de nuestra rotura. La Caída creó un cisma entre la humanidad y Dios, originado por nuestro deseo de volvernos como dioses. Cristo vino no para «arreglarnos», no solo para restaurar, sino para hacer de nosotros una nueva creación. (…)

La visión bíblica del mundo nuevo está acompañada de los recuerdos de las llagas de Cristo. Cristo resucitado todavía lleva las heridas de la crucifixión. Por estas sagradas heridas nace un mundo nuevo; a través de la revelación de las heridas aún incrustadas en el nuevo cuerpo de Cristo, nuestra fe es dada (…). La Teología del Hacer (The Theology of Making) captura en parte esta paradoja de la destrucción y de la Nueva Creación[7]

(ver enlace del vídeo aquí)

Billie Bond – A Performance of Self-Criticism, 2016. Chelmsford, Essex

Las heridas, por tanto, revelan el camino emprendido, la respuesta acertada o desviada, las consecuencias de las decisiones tomadas a lo largo de la vida. Para bien o para mal, son memoria. Y en ese camino, el verdadero quehacer artístico aporta lo auténticamente nuevo, que es hacia donde nos quiere llevar Dios, hacia la nueva vida. Ese quehacer artístico es una verdadera teología del hacer (A Theology of Making), pues es participación del mismo poder de Dios, y escapa a cualquier reduccionismo antropológico basado en la lógica económica, que Makoto llama a veces llama Plumbing Theology (“teología de fontanería”) o Fixing Theology (“teología del arreglo”).

La belleza del Kintsugi consiste en la integración de las heridas dentro de la obra de arte. Esas heridas, cicatrices doradas, hacen que la pieza adquiera una belleza y una sofisticación superiores. Se llega a un plus, a un extra al que, paradójicamente, no se llegaría si la pieza no se hubiera roto. Como apunta Fujimura, el poder de rehacerse a partir de las heridas no es una sola tarea humana; más bien una participación del Creador-Reparador, es decir, del poder de Dios, que es capaz de resucitar habiendo muerto, integrando las llagas de su Pasión. Esa belleza superior a la que puede ascender el ser humano después de la caída-rotura está indicada en el Catecismo de la Iglesia Católica, citando a Santo Tomás: «nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después de pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de S. Pablo: ‘Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia’ (Rm 5,20). Y el canto del Exultet: ‘¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!’»[8]

Puede parecer, por último, que esta nueva belleza en la que las cicatrices están integradas, es una belleza cómoda o fácil. O simplemente fruto de una pasividad quietista. Pero unirse a Cristo (el verdadero Reparador) no es ni fácil ni pasivo, pues requiere toda una ascesis y una gran humildad para dejarse transformar constantemente. El fruto será, sí, la promesa de Dios: «Aquel día alzaré la cabaña caída de David. Repararé sus brechas, levantaré sus ruinas, y la reedificaré como en los días de antaño (Amós 9, 11).» Y no solo eso. Si nos ponemos bajo el radio de acción de Dios, no solamente Él nos sanará, sino que nosotros mismos seremos los principales colaboradores de Dios en el repararnos a nosotros y reparar a los demás. Seremos llamados Kintsugi Masters, Reparadores de brechas. «Si apartas de en medio de ti el yugo, el señalar con el dedo, y la maledicencia, y ofreces tu propio sustento al hambriento, y sacias el alma afligida, entonces tu luz despuntará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará de continuo, saciará tu alma en las regiones áridas, dará fuerza a tus huesos, y serás como huerto regado, como manantial cuyas aguas no se agotan. Reconstruirán los tuyos las ruinas antiguas, alzarás los cimientos por generaciones y generaciones, y se te llamará: «Reparador de brechas», «Restaurador de calles donde habitar (Isaías 58, 9-12)».


[1] Fabio Rosini, L’arte di ricominciare, San Paolo, Milano 2018, p. 44 (traducción propia). El autor continua con estas palabras: «Antes o después, con toda la gente que viene a verme, lo encontraré aquél que me ha torturado desde que soy consciente de ello: el «normal». Os llamo y le damos una paliza todos juntos, a este desgraciado. Me he pasado toda la vida sin sentirme normal y me encuentro con gente que no se siente normal. ¿Cómo es una persona normal? Y yo qué sé. Nunca he visto una

[2]Benedicto XVI, Audiencia general en el Vaticano, Miércoles 3 de diciembre de 2008 (https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2008/documents/hf_ben-xvi_aud_20081203.html. Muy aconsejable).

[3] Fabio Rosini, L’arte di ricominciare, pp. 260-261 (traducción propia).

[4] Ver Gilles Emery, La teología trinitaria de Santo Tomás de Aquino, Ediciones Secretariado Trinitario, Salamanca 2008, pp. 281-282.

[5] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 3, a. 8; citado en Gilles Emery, p. 285.

[6] Kintsugi es la técnica japonesa de reparación de piezas de cerámica sin esconder las roturas; más bien, se pegan las piezas y se recubren las juntas con polvo de oro, haciendo resaltar la belleza de la cicatriz. Ver el artículo (ya un poco antiguo) de Marta Rebón en El País: https://elpais.com/elpais/2017/12/01/eps/1512125016_071172.html.

[7] Makoto Fujimura, Art and Faith. A Theology of Making, Yale University Press, 2020, pp. 44-45 (traducción propia).

[8] Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 1, a. 3, ad 3; citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 412. Ver también Gregory K. Popcak, Dioses rotos, del que copiamos la siguiente cita: «Los teólogos emplean términos como «deificación», «filiación divina», «theosis» y –como he mencionado antes– «divinización» para referirse a ese extraordinario plan de Dios de convertir en dioses a quienes le aman. Aunque estas palabras parezcan un trabalenguas, no son más que modos diferentes de decirte que estás destinado a una grandeza que escapa a tus fantasías


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2 comentarios en “Kintsugi

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