A otros el honor. A mí la alegría

Filarete – Puerta, 1433-1445, Basílica de San Pedro (Roma)

Los artistas son artistas, precisamente, porque se mueven en terrenos que están más allá de la lógica económica. Viven más allá de la mera supervivencia, para aportar belleza. Decía Le Corbusier en El arte decorativo de hoy que «la arquitectura empieza justo allí donde termina el cálculo». El arte, por tanto, tiene algo de inútil y de excesivo, pues se sitúa en el terreno de lo gratuito, por encima de lo solamente pragmático o económico. El arte (y esto se ve muy claramente en la arquitectura) satisface las necesidades y exigencias requeridas, pero alcanza una cota más alta: aporta gratuidad a la humanidad, y eso no es matemáticamente cuantificable. Es arte. Los artistas, a través de su arduo trabajo, se sitúan en la “región de lo lúdico”, como decía el filósofo Ricardo Yepes. Esa región coincide con la región del amor. El amor, como el arte, es pura gratuidad, puro exceso superador del pragmatismo. «Amar es abandonar el interés y la economía para instalarse en esa región de lo real donde brota lo gratuito y lo en sí mismo bello»[1].

No muchos habrán oído hablar de Antonio Averlino (más conocido como el Filarete), arquitecto y escultor florentino del s. XV. Su pseudónimo significa aquél que ama la virtud. Entre otras obras, realizó una de las puertas de entrada a la Basílica de San Pedro, en un periodo político muy convulso, entre 1433 y 1445 (¡la ejecución duró más de diez años!). La porta del Filarete es una gran mole de bronce siete metros de altura, y tiene dos grandes hojas, en las que hay representaciones de Cristo, de la Virgen, de San Pablo, episodios de la vida del Papa Eugenio IV (quién le encargó la obra), así como varias escenas de la vida de San Pedro, etc. Para algunos, la puerta representa una síntesis conceptual de la universalidad de la Iglesia, así como un perpetuarse en ella el Imperium, según el espíritu humanista del momento.

En la cara interior de la puerta, en la región inferior, el Filarete dejó su firma. Se trata de un rectángulo horizontal de 123cm por 22cm de altura. Allí representa en relieve a dos caballeros, y, en medio de ellos, a siete hombres danzando. Uno de ellos, el que parece más viejo, tiene una inscripción que reza: «ANTONIVS ET DISCIPVLI MEI», esa es la firma. Cada uno de los siete hombres está identificado. Encima de las figuras, como título de la escena, se lee la siguiente frase en relieve: «CETERIS · OPERE · PRETIVM · FASTVS · FVMVS · VE · MIHI · HILARITAS». Teniendo en cuenta el largo tiempo de ejecución, y las dificultades en ser pagado, podría traducirse como «A otros se pague la obra con el honor y con el humo; a mí con la alegría», o bien: «A los otros la ganancia de la obra, y el honor y el humo, a mí la alegría»[2]. Y es que, volviendo a Yepes, el Filarete consiguió superar lo mecánico de diseñar una puerta para danzar, para jugar mientras estaba diseñándola. Y eso es algo muy serio. «Si la vida humana es una alternancia de juego y trabajo, jugar más significa elevar el trabajo por encima de sí sin desnaturalizarlo: “jugarlo respecto de Dios”, es decir, santificarlo. Santificar el trabajo es convertir el trabajo en juego, pero no al revés».[3]

Filarete – Puerta (detalle de la firma)

Filarete – Puerta (CETERIS · OPERE · PRETIVM · FASTVS · FVMVS · VE · MIHI · HILARITAS)

Notas:


[1] Cuadernos de Anuario Filosófico. Serie Universitaria, nº 30: Ricardo Yepes, La región de lo lúdico, Publicaciones Universidad de Navarra, 1996, p. 74.

[2] Cf. Michele Lazzaroni, Antonio Muñoz, Filarete. Scultore e architetto del secolo XV, W. Modes Editore, Roma 1908, pp. 79-82.

[3] Ricardo Yepes, p. 40.


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