
Geertgen tot Sint Jans – The Nativity at Night, 1490, National Gallery (London)
A lo largo de todos los libros de la Sagrada Escritura, resuena casi rítmicamente el “no temas” de Dios, dirigido a muchos personajes bíblicos. Es como un bajo constante en la melodía del Antiguo Testamento. Efectivamente, cuando estas personas de la Biblia se tienen que enfrentar a situaciones que les sobrepasan (por motivos muy diversos), Dios acude a ellos confortándoles, diciendo: “no temas”. Así sucedió con Abrán, cuando Dios quiso sellar con él su pacto: «Después de estos sucesos, la palabra del Señor llegó a Abrán en una visión, diciéndole: — No temas, Abrán, yo soy un escudo para ti; tu recompensa será muy grande. (…) Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Y añadió: — Así será tu descendencia» (Génesis 15, 1. 5).
Igualmente Dios consoló a la desterrada Agar, en mitad del desierto, mientras ella esperaba su muerte y la de su hijo: «Dios oyó el llanto del niño y un ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: — ¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha oído el llanto del niño desde donde está. Levántate, toma al niño y tenle fuerte de la mano, porque lo constituiré en un gran pueblo» (Gn 21, 17-18).
Moisés confortó de parte de Dios a su sucesor Josué, que tendría que llevar a cabo la misión que el mismo Moisés no pudo completar: hacer entrar al pueblo elegido en la tierra prometida. «Sé fuerte y valiente, porque tú introducirás a este pueblo en la tierra que el Señor prometió a sus padres que les daría; tú se la entregarás en posesión. El Señor mismo marcha delante de ti. Él está contigo. No te dejará ni te abandonará. No temas ni te asustes» (Deuteronomio 31, 7-8).
Gedeón, después de ver a un ángel, creyó que iba a morir, y el mismo Dios lo animó: «Y el Señor le respondió: — Ten paz. No temas, no morirás. Gedeón edificó allí un altar al Señor y le puso el nombre de “El Señor es Paz”» (Jueces 6, 23-24).
David también se asustó cuando fue amenazado por Saúl. Cuando el primero estaba en el desierto de Zif, en Jorsá, lo visitó Jonatán, hijo de Saúl, y «le confortó en nombre de Dios diciéndole: — No temas, que no te alcanzará la mano de Saúl, mi padre. Tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo. Hasta mi padre Saúl está convencido de esto. Establecieron los dos un pacto ante el Señor. Luego David permaneció en Jorsá y Jonatán se volvió a su casa» (1 Samuel 23, 15-18)
Isaías también consoló de parte de Dios al rey Ezequías, diciéndole: «no temas» (2 Reyes 19, 5-7). Igualmente hizo David con su hijo Salomón (1 Crónicas 28, 20); también el ángel a Tobit (Tobías 5, 17). De igual manera, el mismo Dios se toma la molestia de repetirle muchas veces este “no temas” a su pueblo elegido: Isaías 10, 24; Isaías 41, 13; Isaías 43, 1; Jeremías 30, 10; Jeremías 46, 27-28; Lamentaciones 3, 57; Daniel 10, 19; Joel 2, 21; Sofonías 3, 16; etc.
Ya en el Nuevo Testamento, un ángel confortó así a José, cuando, perdido en un mar de dudas, no sabía cómo reaccionar ante su mujer, María, que había quedado misteriosamente encinta. «Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: — José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo» (Mateo 1, 19-21).
La misma aparición del ángel, proponiendo a María ser la Madre de Dios, debió ciertamente asustarla, pues el ángel tuvo que decirle: «No tengas miedo, María» (Lucas 1, 30).
Por último, es el mismo Cristo quien, muchas veces, anima a los hombres a superar el miedo para confiar plenamente en Dios, para pasar de la sola lógica humana al modo en cómo Dios ve las cosas: «¿No se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos» (Mt 10, 29-31). Y «Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11, 28-30).
En fin, el “no temas” bíblico resuena hasta tal punto que «parece el estribillo de Dios que busca al hombre» (Papa Francisco[1]). El hombre teme, y Dios lo sabe. Y cada vez que este Dios quiere abrir un panorama nuevo a los hombres de la tierra, quiere insuflarles confianza. «»No temas«: he aquí el elemento constitutivo de la vocación: porque el hombre teme» (Juan Pablo II[2]).
El hombre teme, sí, porque, de alguna manera, no puede soportar la idea de morir, de desaparecer, de perderse. El hombre, ante la conciencia de la fragilidad de la vida, tiene miedo, y busca agarraderas, seguridades más o menos conseguidas, zonas de confort. Por esta razón, muestra grandes dificultades en presentarse inerme, sin defensas, sin estructuras. En numerosas ocasiones, Dios puede aparecer ante el hombre como un competidor, como alguien que quita tiempo, energías, que pide cosas en las que es necesario asumir demasiados riesgos y salir de esa zona cómoda. Por esto mismo, Dios y sus proyectos dan miedo al hombre, lo incomodan.
Dios viene, ciertamente, para incomodar al hombre, para introducirlo en la paradoja, en el misterio, en una lógica distinta a la humana. La lógica humana es la lógica económica, matemática. Es la lógica del cálculo, del evitar perderse. En cambio, la lógica de Dios es la lógica de la gratuidad, del arriesgar la propia vida para salvar la del otro. Es la lógica ilógica: amar sin esperar nada a cambio, esperar contra toda esperanza, creer en lo que no se ve.
Esta manera de pensar divina asusta al hombre, y por ello este ofrece resistencia a sus planes. El Dios de la Biblia lo sabe perfectamente, y por eso sale en busca del hombre para confortarle. Para animarle, sí, pero no para ahorrarle la angustia de pasar de la lógica humana a la lógica divina. Este pasaje, quizá penoso, hará madurar al hombre, para poder presentarse, por fin, indefenso. Indefenso ante Dios, ante uno mismo, ante los demás. «El miedo nos quita nuestro sentido de posesión, de «tener» nuestro ser y nuestro poder de amar, para que podamos simplemente estar perfectamente abiertos (saliendo de dentro hacia fuera) inermes, que es la simplicidad y el don total» (Thomas Merton[3]).
Eso es lo que espera Dios: liberar la humanidad de la mentalidad calculadora para llevarlo a una tierra nueva, la tierra de la confianza, donde no son necesarias las defensas, porque ya no hay miedo. Es la confianza en que Dios no es un competidor, sino un Padre que quiere llevar a la plenitud de la vida a sus hijos. La Virgen María supo pasar a esta nueva lógica: «No tiene miedo de que Dios sea un «competidor» en nuestra vida, de que con su grandeza pueda quitarnos algo de nuestra libertad, de nuestro espacio vital» (Benedicto XVI[4]).
Sin embargo, Dios no ha dejado que el hombre recorra solo el tramo de una lógica a la otra: Dios mismo se ha mostrado inerme naciendo como cualquier niño. La Navidad recuerda que Dios se ha querido mostrar indefenso, para que los hombres se atrevan por fin a acercarse al Dios que tanto temían. Un Dios que por amor a los hombres se hace Niño, no puede, en definitiva, ser un Dios terrible.
Pero hay más. La Navidad también hace patente cómo quiere Dios que los hombres se presenten ante Él, ante los demás y ante las vicisitudes de la vida: inermes, sin defensas, abiertos a los programas divinos. Por eso mismo el misterio de Belén tiene que ver con cada una de las vidas humanas. No es sólo un episodio bonito digno de poesías y villancicos, sino un evento que interpela todos los miedos humanos, llamándolos a confiar en Aquél que no ha temido mostrarse sin defensas. El Niño de Belén muestra cuál es la meta del hombre: volver a ser niños (Marcos 10, 15), confiando en que su vida vale más que la vida de muchos pajarillos (Mateo 10, 31). En definitiva, Belén es la meta. «Belén es el remedio al miedo» (Papa Francisco[5])
[1] Papa Francisco, Homilía de Nochebuena, Basílica Vaticana, 24 de diciembre de 2018.
[2] Discorso di Giovanni Paolo II al Pontificio Seminario Romano Maggiore nella Solennità dell’Annunciazione del Signore, Giovedì, 25 marzo 1982. Traducción propia del italiano.
[3] Thomas Merton, La oración contemplativa, PPC Editorial, Madrid 1996, pp. 143-147.
[4] Benedicto XVI, homilía del 15 de agosto de 2005 en Castelgandolfo.
[5] Papa Francisco, Homilía de Nochebuena, Basílica Vaticana, 24 de diciembre de 2018.
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