en esta tu llaga llagado

Brueghel El Viejo, Jan, y Rubens, Peter PaulVisión de San Huberto (detalle), 1617 – 1620, Museo del Prado

«Compárase el Esposo al ciervo, porque aquí por el ciervo entiende a sí mismo. Y es de saber que la propiedad del ciervo es subirse a los lugares altos y, cuando está herido, vase con gran priesa a buscar refrigerio a las aguas frías y, si oye quejar a la consorte y siente que está herida, luego se va con ella y la regala y acaricia. Y así hace ahora el Esposo, porque, viendo a la esposa herida de su amor, él también al gemido de ella viene herido del amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos y un mismo sentimiento tienen los dos. Y así, es como si dijera: vuélvete, esposa mía, a mí, que, si llagada vas de amor de mí, yo también como el ciervo vengo en esta tu llaga llagado a ti, que soy como el ciervo.» (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, declaración de la canción 13, n. 9, en Eulogio Pacho (ed), San Juan de la Cruz. Obras completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos 1993,  p. 773)

Hasta aquí el santo de Fontiveros. En lo que sigue, trataremos de ampliar e ilustrar algunos aspectos que, como latentes o escondidos, creemos que quedaron ocultados en las líneas del santo, y proponémonos sacarlos a luz (ver nota [1]).

El ciervo, según el místico doctor, vase llagado a la llaga de su consorte, y esta llaga o dolor es el mismo para el amante que para el Amado, según aquello de en los enamorados la herida de uno es de entrambos y un mismo sentimiento tienen los dos.

De aquí se sigue que el dolor o sufrimiento que prueba Dios es simétrico o mellizo al dolor que el alma siente por la ausencia de este, aunque esa misma alma no lo sepa o no tenga noticia de ello. Y esto, por lo que ahora diremos, que no siendo dislate, proponémonos de exponerlo y de escribirlo con algún fervor de amor de Dios.

Cualquiera alma que sufre, aunque esta no conociere a Dios, sufre porque le falta un bien, que en esto consiste el sufrir.

Así es que cualquiera sufrimiento y pena en esta tierra es carencia de un cualquiera bien, sea en mayor o menor grado.

Siendo Dios el Sumo Bien y como conteniendo en él todos los posibles bienes desta tierra y del cielo, se da que el alma que poseyere completamente a Dios, cosa que sólo sucederá en la gloria, según dijo el santo antes, no tendría carencia alguna, y de aquí que no tendría en ella sufrimiento ni trabajo alguno.

De tal manera se sigue que cualesquiera sean los sufrimientos del alma, muy cierto es que son sufrimientos por la carencia de Dios, que si el alma lo poseyera, aquéste Dios, no sufriría, como antes se ha dicho.

Por tanto, al alma que pena en sufrimientos y trabajos le falta Dios, que es tanto como decir que le falta el Amado.

El Amado es el mismo Amor, según 1Jn 4,8, y todo lo sabe, pues es el Amado es Dios. Así, sabe perfectamente el Amado de la carencia que hace sufrir al alma, y él también la sufre muy mucho, pues es todo Amor, y es el Amor mismo que le falta al alma para poseerle completamente y para apagarle su sed y sus ansias. Este Amado sufre porque aún no ha llegado a la unión que también el amante ardientemente desea. Así, el Amado se duele en la misma medida en la que se duele el alma, y esto de harta manera, pues es Dios y por tanto puede sufrir infinitamente más que el alma.

De esto se sigue que, diciendo vengo en esta tu llaga llagado a ti, es como si el ciervo, esto es, Dios, dijera: en cualquiera sufrimiento tuyo que ahora estuvieres padeciendo, estoy yo también sufriendo el mismo sufrimiento que tú ahora padeces. Tu sufrimiento es como simétrico o mellizo del mío; padeciendo tú, cierva, como creatura; padeciendo yo, ciervo, como Dios; porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos y un mismo sentimiento tienen los dos.

Y dice simétrico porque los dos sufrimientos son iguales teniendo el mismo objeto. Y dice mellizo porque son dos sufrimientos infinitamente distintos, puesto que Dios sufre infinitamente más que el alma, siendo el mismo sufrimiento.

Alguno podría contradecir cuanto venimos diciendo, diciendo que a Cristo no le faltó nunca la unión de amor con el Padre celestial, y aún así sufrió harto en la Cruz.

Muy cierto es que sufrió Cristo en la Cruz, y hartamente sufrió por nosotros, los hombres de todos los siglos. No le faltó nada pues era Dios, en quién habita toda la plenitud de la divinidad (Col. 2, 9). Y siendo Dios y el Sumo Bien y a quien nada le falta, le faltó solo una cosa, y esto es, nuestro amor por él.

Por tanto, la pena y el sufrimiento de Cristo en la Cruz fueron pena y sufrimiento que él padeció intensa y delgadamente, pues padecía en sí todas las carencias de amor de todo el mundo juntas.

Cuestión a parte es el grito del Señor en la Cruz, cuando exclamaba Elí, Elí, ¿lemá sabacthaní?, esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, que podremos tratar con contento alguna otra vez si quedare dispuesto todo lo que para ello fuere necesario.


[1] Hemos tratado de escribir este comentario con el mismo lenguaje que hubiera usado San Juan de la Cruz en el siglo XVI, como tributo a él y a sus hermosos versos. Estamos seguros de que la única palabra que él nunca hubiera usado es “simétrico”, que a nosotros, sin embargo, convenía.


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