Lo feo en lo Bello

Pedro de MenaEcce Homo, 1680-1689, San Pedro de Lima (Perú)

¿Por qué la imagen de un condenado a muerte llena tantos museos del mundo? ¿Por qué juzgamos como bella la representación de un hombre sanguinolento y colgado de una cruz? ¿Qué hay de agradable en el dolor de un inocente?

Esta pregunta encierra una especie de contradicción, y, ciertamente, no dejó de torturar a un hombre sensible y atento como San Agustín. En su comentario a la primera carta de San Juan, entra de lleno en la cuestión: «El santo Obispo se esfuerza en demostrar que Jesús es “el más bello entre los hijos de los hombres”, porque es el Verbo de Dios. Viniendo entre los hombres, ha tomado sus “deformidades”, es decir la naturaleza humana con todos sus límites, excepto el pecado, con el fin de empujar a los hombres a amar a Dios, razón de ser de la belleza interior del hombre. Pero veamos el texto: “¿Qué fuente nos afirma que Jesús es bello? Las palabras del salmo: “Él es bello entre los hijos de los hombres, sobre sus labios ríe la gracia”. ¿Dónde encontramos el fundamento de esta aserción? Este es: “Él es bello entre los hijos de los hombres porque en el principio era el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios”. Asumiendo un cuerpo Él tomó sobre sí toda la fealdad, es decir la mortalidad, para adaptarse Él mismo a ti, para hacerse semejante a ti y empujarte a amar la belleza interior. Pero, ¿qué fuentes nos revelan un Jesús feo y deforme, si nos lo han revelado bello y gracioso más que los hijos de los hombres? ¿Dónde encontramos que sea deforme? Interroga a Isaías. “Lo hemos visto: él no tenía belleza ni atractivo”. Estas afirmaciones son como dos trompetas (…), tocadas por el mismo Espíritu; ellas por tanto no discrepan en el sonido. No debes renunciar a escucharlas, sino intentar entenderlas”.»[1]

Esas dos trompetas que describe San Agustín también llamaron la atención de Joseph Ratzinger, el teólogo-Papa. En un discurso en el meeting de Rimini en 2002 se preguntaba si lo bello puede de alguna manera integrar lo feo: es decir, si las dos trompetas agustinianas, efectivamente, no discrepan en el sonido. Ratzinger intentaba hacer ver que la belleza, de alguna manera, siempre ha estado ligada al dolor, pues la belleza auténtica hiere. Es decir, cuando suena la trompeta de la belleza, al mismo tiempo suena la trompeta del dolor, pues, efectivamente, tocar lo bello es también experimentar la herida que lo bello deja en el alma: una sed irremediable de armonía, de plenitud, de trascendencia, de infinito. Ese sería el motivo por el cual nunca se puede encontrar un goce como aislado o separado del dolor: ese goce, precisamente, hiere.

Por otro lado, nadie dijo que dejarse tocar por una belleza profunda sea fácil, y más en un mundo en el que todo sucede de prisa. Alcanzar la belleza, por tanto, supone y exige una cierta ascesis, una disciplina interior, un «ayuno de la mirada» en palabras de Ratzinger, es decir, una purificación, que no deja de ser un proceso de dolor. Sin embargo, el punto más original del discurso de Ratzinger, a mi parecer, es el siguiente: «En la pasión de Cristo la estética griega, tan digna de admiración por su presentimiento del contacto con lo divino que, sin embargo, permanece inefable para ella, no se ve abolida sino superada. La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas

Como apunta Ratzinger, con el cristianismo ha habido una novedad ontológica. Esa novedad es la que permite que lo feo pueda entrar en lo bello. La misma Belleza ha acogido el dolor, las deformidades, la fealdad. Eso supone, en primer lugar, una premisa muy potente: la Belleza, en realidad, se identifica más con un Primer Motor Mobilísimo que con un Primer Motor Inmóvil: la Belleza es una Persona. En segundo lugar, podemos afirmar que esa Belleza (eminentemente personal) ha decidido sufrir y acoger en Sí el dolor. Es decir, desde el cristianismo podemos afirmar que la Belleza misma es persona, y ha decidio integrar en Sí el dolor, lo feo.

De ahora en adelante, por otro lado, en todo destello de dolor puede brillar igualmente un destello de la Belleza suprema, porque esa Belleza suprema (la Belleza en esencia) «cargó sobre sí nuestros dolores» (Isaías 53, 4).

De alguna manera, en ese Señor Crucificado que predican los cristianos, se da un contraste entre belleza y fealdad. Y me atrevo a decir que en todos los místicos cristianos se da este contraste. Es una paradoja, que, de hecho, sólo se puede resolver en una vida mística. A propósito de esto, dice la carmelita Cristina Kaufmann: «considerando la vida y obras escritas de muchos místicos cristianos, se descubre una serie de símbolos comunes, paradojas, que expresan algo de la realidad experimentada. Saber/ no saber; luz/tinieblas o noche o nube; fuego/agua; presencia/ ausencia; soledad/compañía; libertad/prisión; vacío/plenitud; vida/muerte; dolor/gozo; etc. Son paradojas que intentan formular algo de las vivencias del alma en contacto con el misterio. Pero todas ellas quedan como ceñidas y neutralizadas en una superior armonía por el amor[2]

Y, ¿cuál es la causa de tal armonía? ¿Cuál sería el motivo o la causa por la cual se pueden conciliar belleza y fealdad en una armonía superior? Mejor: ¿Cuál es esa armonía superior, factor de unidad de lo irreconciliable? La pista la da la misma carmelita en la última parte: el amor. El amor es aquella facultad humana (en realidad, no sólo humana) capaz de unir contrarios. La Belleza puede asumir lo feo porque la Belleza es Amor: «Dios es amor» (1 Juan 4, 8). Una de las traducciones bíblicas de “amoroso” es “justo”: justo es el que ama, el que se fía incondicionalmente de Dios, porque tiene un amor grande. Eso es lo que llevó al mismo Obispo de Hipona a afirmar lo siguiente:«¿Por qué tuvo aún también en la cruz hermosura? Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo flaco de Dios, más fuerte que los hombres. Para nosotros los creyentes, en todas partes se presenta hermoso el Esposo. Hermoso siendo Dios, Verbo en Dios; hermoso en el seno de la Virgen, donde no perdió la divinidad y tomó la humanidad; hermoso nacido niño el Verbo, porque, aun siendo pequeñito, mamando, siendo llevado en brazos, hablaron los cielos, le tributaron alabanzas los ángeles, la estrella dirigió a los Magos, fue adorado en el pesebre y en todo tiempo fue alimento de los mansos. Luego es hermoso en el cielo y es hermoso en la tierra; hermoso en el seno, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en los milagros, hermoso en los azotes, hermoso invitando a la vida, hermoso no preocupándose de la muerte, hermoso dando la vida, hermoso tomándola: hermoso en la cruz, hermoso en el sepulcro y hermoso en el cielo. Oíd entendiendo el cántico y la flaqueza de su carne no aparte vuestros ojos del esplendor de su hermosura. La suprema y verdadera hermosura es la justicia. No veréis a un hombre hermoso si notáis que es injusto. Dondequiera que hay un justo hay un hermoso[3]


[1] Remo Piccolomini, Sant’Agostino. La bellezza, Città Nuova Editrice, Roma 1998, 60-61

[2] Cristina Kaufmann, El rostro femenino de Dios, Desclée de Brouwer, Bilbao 1997 , 116

[3] San Agustín, Enarraciones sobre los salmos, 44, 3; en Balbino Martín Pérez, O.S.A., Obras de San Agustín, vol. XX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1965, 64-65


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