La Cisterna

Diefenbach, Karl Wilhelm -Self-portrait as Christ, 1892

La noche que Cristo pasó en el palacio de Caifás, antes de que lo llevaran a Pilato, es la más desconocida del Via Crucis. Tenemos relatos más o menos detallados de la Pasión, pero ninguno incluye esa noche.

En Tierra Santa, de todos modos, hay un lugar que la tradición ha identificado como el palacio del sumo sacerdote. Allí hay una cisterna con un atril en el que está reproducido el salmo 88. Se cree que el Señor pasó la noche en aquella cisterna.

No sabemos qué hizo Cristo allí, cautivo. Pero el estado de su alma, con mucha probabilidad, sería el descrito por el mismo salmo. Ese “paisaje” del salmo coincide, en cierto modo, con el paisaje de Elías, cuando caminaba hacia el Horeb, y con el del mismo de Jonás, cuando se recostó debajo del ricino. Y es el mismo paisaje que el de Jeremías, cuando fue echado en la cisterna. Esos personajes tocaron la desesperación al encontrarse en el punto cero de su existencia, por circunstancias diversas.

Es evidente que existe una diferencia muy grande entre ellos y Cristo: eran personas humanas, mientras que Cristo es persona divina. Por tanto, la experiencia de haber tocado fondo, de haber llegado al punto cero, es, al mismo tiempo, absolutamente semejante (Cfr. Hebros 4, 15) y absolutamente desemejante. Y esto es importante tenerlo en cuenta.

Elías temió por su vida y huyó al Horeb cuando Jezabel se enteró de lo que había hecho Elías con los profetas de Baal. Él, temiendo por su vida, se levantó, se marchó y llegó a Berseba de Judá donde dejó a su criado. Luego anduvo una jornada por el desierto y vino a sentarse debajo de una retama. Y se deseó la muerte diciendo: – Ya es demasiado, Señor, toma mi vida pues yo no soy mejor que mis padres. Se echó y se quedó dormido debajo de la retama. De pronto, un ángel le tocó y le dijo: -Levántate y come. Miró a su cabecera y había una torta asada y un jarro de agua. Él comió y bebió; luego se volvió a echar. El ángel del Señor volvió a tocarle por segunda vez y le dijo: -Levántate y come porque te queda un camino demasiado largo. Se levantó, comió y bebió; y con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios (1 Reyes 19, 3-8).

Jonás se contrarió porque el Señor hubo perdonado a los ninivitas. Después de la conversión de Nínive, Jonás salió de la ciudad y se detuvo a levante de la ciudad. Allí se hizo una cabaña, y se sentó debajo, a la sombra, a la espera de lo que sucediese en la ciudad. El Señor Dios dispuso que un ricino creciera por encima de Jonás para darle sombra en la cabeza y librarlo de su malestar. Jonás sintió gran dicha por aquel ricino. Pero el Señor dispuso que, al rayar la aurora, al día siguiente, un gusano atacara el ricino, que se secó. Y, al brillar el sol, Dios dispuso un viento solano sofocante, y pegó el sol en la cabeza de Jonás, que se desvaneció. Entonces pidió morirse, y decía: — Más me vale morir que vivir. Respondió Dios a Jonás: — ¿Te parece bien enojarte por un ricino? Y contestó: — Me parece bien enojarme hasta morir (Jonás 4, 5-9).

Jeremías profetizó en tierra de Benjamín, exhortando al pueblo al sometimiento pacífico a los caldeos y a la conversión interior. Los nobles de la ciudad pidieron al rey, Sedecías, que detuviera al profeta. Agarraron entonces a Jeremías y lo echaron en el aljibe de Malquías, príncipe real, que está en el atrio de la guardia. Bajaron a Jeremías con cuerdas, pues en el aljibe no había agua sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. (Jeremías 38, 6). Gracias a la intervención de Ébed-Mélec, sacaron a Jeremías de la cisterna antes de que muriera.

Estos tres personajes bíblicos, Elías, Jonás y Jeremías, llegaron (por motivos diversos) al punto más bajo de su existencia, rozando la desesperación. Y ese estado es justamente el descrito por el salmo 88:

Cántico. Salmo. De los hijos de Coré. Al maestro de coro. Según Majalat. Para ser cantado. Masquil. De Hemán, el ezrajita.
Señor, Dios de mi salvación, de día clamo a Ti, de noche estoy en tu presencia.
Llegue ante Ti mi plegaria, inclina tu oído a mi clamor. Pues mi alma está llena de males y mi vida está al borde del sheol.
Soy contado con los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado.
Estoy abandonado entre los muertos, como los caídos que yacen en la tumba, de los que ya no te acuerdas, pues han sido separados de tu mano.
Me has puesto en la fosa más honda, en las tinieblas, en los abismos.
Tu furor pesa sobre mí, me has echado encima todas tus olas.
Has alejado de mí a mis conocidos, me has hecho para ellos algo abominable; estoy encerrado y no podré salir.
Mis ojos languidecen de pena. Todo el día, Señor, te invoco, tiendo mis manos hacia Ti.
¿Acaso harás Tú maravillas por los muertos? ¿Se alzarán las sombras para alabarte?
¿Se proclama tu misericordia en el sepulcro, o en el abismo tu fidelidad?
¿Se conocen tus maravillas en las tinieblas, y tu justicia en el país del olvido?
Pero yo, Señor, clamo a Ti, desde el alba va hacia Ti mi plegaria.
¿Por qué, Señor, rechazas mi alma, me escondes tu rostro?
Afligido y moribundo estoy desde mi niñez; sufro tus terrores, estoy abatido.
Sobre mí pasó el ardor de tu ira, tus espantos me han consumido.
Me rodean como el agua todo el día, me cercan todos a una.
Alejaste de mí al amigo y al vecino, las tinieblas son mis conocidos.

Ese mismo paisaje, como decíamos al inicio, es el telón de fondo o escenario en el que se desenvuelven las escenas de Elías, Jonas y Jeremías. Y es el mismo paisaje que pintó Karl Wilhelm Diefenbach en su retrato de Cristo.


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