
Salvador Dalí – Cristo de San Juan de la Cruz, 1951, Museo Kelvingrove, Glasgow
Los seguidores de Jesucristo suelen hacer la señal de la cruz sobre sus cuerpos múltiples veces a lo largo de su jornada: al entrar en una iglesia, al rezar, al acostarse, al salir a la calle, al emprender un viaje, al empezar una comida, etc. Este símbolo también se puede ver en las cimas de las montañas, en la entradas de las iglesias, en las cubiertas de algunos edificios, en las casas particulares, en los cruces de caminos… En fin, casi se podría llegar a decir que la cruz ha llegado a ser como el distintivo de los seguidores de Cristo. Y no deja de ser curioso, pues ellos mismos afirman que Cristo, su Maestro, resucitó: su vida no acabó en la muerte de la Cruz, sino que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre[1]. ¿Por qué, pues, los cristianos se empeñan en dar tanta centralidad a la Cruz, si Jesús resucitó y dejó atrás la muerte?
Estamos ante una pregunta que encierra un misterio, y no tiene una respuesta unívoca. En primer lugar, siguiendo la teología católica, podríamos decir que el mismo Cristo que resucitó y está en los cielos sigue llevando en su cuerpo las marcas de la Cruz[2], llagas que Él quiso conservar[3]. En el Cristo resucitado pervive su pasión, su muerte, su Cruz… y prueba de ello son esas llagas. Aunque resucitó, la huella de la Cruz no ha desaparecido completamente. Además, la muerte de Cristo, de algún modo, ya está habitada por la Resurrección[4], como señalan algunos teólogos. En otras palabras: hay una conexión inseparable entre la Muerte y la Resurrección de Cristo. La potencia de esta última posibilita que la cruz-muerte de Cristo pueda abarcar todos los momentos de la historia. Así lo expresa Raniero Cantalamessa: La Pasión de Cristo se prolonga hasta el fin de los siglos. Todo esto no es un decir, es la pura verdad. En el Espíritu, Jesús sigue estando en Getsemaní, en el pretorio, en la cruz, y no solamente en su cuerpo místico -en todos los que sufren, los que están presos o los que son asesinados-, sino, de un modo que no podemos explicar, también en su persona. Y esto es verdad no “a pesar» de la resurrección, sino, al contrario, precisamente “a causa de” la resurrección, que ha hecho del Crucificado el “viviente por los siglos”[5].
Pero eso no es todo. Si se me permite decir esto, más allá del valor que la Resurrección otorga a la Cruz, la Cruz en sí misma permanece [6]. Esto es posible, según explica la teología, porque todas las acciones de Cristo -incluso todas sus características físico-temporales- son teándricas, es decir, del hombre y del Dios: si Cristo tiene sed[7], tiene sed el Eterno. Si tocamos las manos de Cristo, tocamos las manos del Eterno. Si muere Jesús en la Cruz, muere el Eterno. Parecen afirmaciones paradójicas, pero son exactas (y a la vez totalmente inexactas, pues es imposible hablar del Dios Eterno, que está fuera del tiempo[8]). Sin ánimo de extenderme mucho, diré, simplemente, que el evento de la Cruz sucedía, a la vez, en el tiempo (año 33, en las afueras de Jerusalén) y también en la eternidad (en el hoy de Dios, que es siempre[9]). Por eso mismo la Cruz del Señor, de alguna manera, se extiende sobre todos los tiempos, abarcándolos.
Más allá de especulaciones teológicas tan abstractas, hay otros indicios más intuitivos para acercarse a esa permanencia de la Cruz. Por ejemplo, uno de los prefacios que se rezan en Pascua, refiriéndose a Cristo, dice: qui immolátus iam non móritur,/ sed semper vivit occísus[10]. Cristo, aunque resucitó, siempre vive occísus, “matado”. Aquí entraríamos de lleno en otro de los misterios de la fe católica: Dios, aunque no necesita de nadie ni de nada, ni hay en Él mezcla de potencia (en fin, es el Ser), sufre internamente. Dios puede tener dolor. Por contradictorio que parezca, las acciones de los hombres no le son indiferentes: le afectan[11]. Dios no sólo sufre en su humanidad (en Cristo hombre) sino que también sufre directamente en su divinidad (algo de ello se entrevería en el grito de la Cruz, cuando el Señor cita el salmo 22).
Volviendo a nuestro tema (permanencia y centralidad de la Cruz, más allá de la Resurrección) el mismo San Pablo, que afirmaba cuán inútil sería la fe de quien creyera en un Cristo no resucitado (1 Corintios 15, 17), no tiene duda en anunciar que los cristianos predicamos a Cristo crucificado (1 Corintios 1, 23). El mismo santo afirmaba: con Cristo estoy crucificado (Gálatas 2, 20). El gran punto que aquí queremos señalar[12] es que Cristo, misteriosamente, sigue Crucificado (aunque, obviamente, haya resucitado), y, de algún modo, sigue sufriendo esa crucifixión. Las monjas brigidinas tienen como lema Amor meus crucifixus est: “Mi Amor está crucificado”. Muy probablemente recogen las palabras de San Ignacio de Antioquía en una de sus epístolas[13]. Aunque San Ignacio utilizaba estas palabras en otro sentido[14], autores posteriores[15], como las brigidinas más tarde, lo han aplicado a Cristo: Mi Amor (Dios) está crucificado.
Esa Cruz permanente sigue actuando como un imán para los hombres de cada época. Una atracción (tractio, en latín) que ya profetizó el mismo Cristo, antes de ser condenado: Y yo, cuando sea levantado de la tierra (crucificado), atraeré a todos hacia mí (Juan 12, 32). Cristo clavado en la Cruz, agonizante, es sumamente atractivo. Y no se trata de un gusto sádico. Como el mismo Romano Guardini le rezaba: Todos tus sufrimientos albergan una oculta dulzura, porque Tú sabes que son para nosotros una fuente de bendición y salvación[16]. Pedro Rodríguez, teólogo de la Universidad de Navarra, afirmaba que en la objetividad de su muerte redentora, atrae porque en Él se revela el misterio del amor infinito de Dios[17]. Dios ha amado tanto a la humanidad que se ha dejado clavar en una Cruz, para redimir sus pecados: y ese amor es tan dulce como atractivo para los hombres. Por eso los cristianos no dejan de conmoverse ante el Cristo agonizante, por eso tantos lo llevan esculpido en madera o metal en sus pechos, por eso tantos han llorado ante un crucifijo, por eso el arte está repleto de Crucificados. La belleza que se transparenta en la Cruz está ligada, ciertamente, a la Resurrección, es innegable, y al don del Espíritu Santo[18]… pero más allá del gran spoiler (“al final de la película, Cristo resucitará”) la Cruz, en sí misma, encierra una belleza muy grande, pues manifiesta hasta qué punto Dios ha amado a los hombres. Jesús resucitado les hizo el spoiler a los discípulos de Emaús: ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? (Lucas 24, 26)… Pero incluso aunque ellos ni ningún seguidor de Cristo se hubiera enterado del spoiler, nos podríamos quedar siglos embobados, mirando la Cruz. Y aunque Cristo haya resucitado, Él sigue clavado de algún modo en la Cruz, como veníamos diciendo. Y esto también tiene sentido desde el punto de vista de la historia de la salvación: Cristo ya ha muerto una vez por siempre y no morirá nunca más, y con ese precio ha ganado la redención del género humano (dimensión objetiva), pero esa redención tiene que aplicarse a cada hombre de cada tiempo, contando con su misma colaboración (dimensión subjetiva). En otras palabras: aún queda redención por hacer, por decirlo de algún modo. Es lo que expresaba San Pablo, cuando decía: completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo (Colosenses 1, 24).
La Cruz de Cristo, como decíamos al inicio, ha adquirido una centralidad evidente en el cristianismo -obras de arte, gestos, oraciones, presencia en la cotidianidad-, porque ella misma es central en la vida cristiana: No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y a éste, crucificado, dice San Pablo (1 Corintios 2, 2). La Cruz, innegablemente ligada a la Resurrección, es el centro de gravedad de la vida de los cristianos. Sobre la Cruz pivota el cristianismo. La orden de los cartujos lo expresa de este modo en su lema: La cruz permanece mientras el mundo gira – Stat crux dum volvitur orbis.
[1] Credo de la Iglesia Católica
[2] Ver Evangelio de Juan 20, 24-29
[3] Papa Francisco, Audiencia General, 20 noviembre 2013, Vaticano. Hay toda una teología de la misericordia ligada a las llagas del Señor, que ha sido expuesta varias veces por el Papa Francisco
[4] Javier Garrido, Relectura de san Juan de la Cruz, Verbo Divino, Navarra 2002, p. 199
[5] Raniero Cantalamessa, La vida en Cristo, PPC, Madrid 2003, pp. 100-101
[6] En realidad, como hemos señalado al inicio, la Cruz y la Resurrección no se pueden separar: forman parte del mismo evento, que los cristianos llaman “misterio pascual”
[7] Juan 4, 6-8
[8] El único que es inmortal, el que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver (1 Timoteo 6, 16).
[9] Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y Resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la «plenitud de los tiempos» (Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, n. 10
[10] Praefatio Paschalis III, De Christo vivente et semper interpellante pro nobis
[11] Miqueas 6, 3-4; Jeremías 31, 20; Génesis 6, 5-8; Oseas 11, 8
[12] Pidiendo perdón, indudablemente, por todas las simplificaciones que este breve discurso ofrece
[13] Ignacio de Antioquía, Cartas (Ed. Juan José Ayán Calvo), Ciudad Nueva, Madrid 1991, p. 157
[14] El santo se refería a que su amor/“deseo” estaba crucificado (mortificado), pues se estaba preparando para el inminente martirio
[15] Orígenes, Comentario al Cantar de los Cantares, Prólogo, GCS 33, Leipzig 1925, 71; Dionisio Aeropagita, De divinis nominibus 4, 12, MG 3, 709
[16] Romano Guardini, Via Crucis, séptima estación
[17] Estudio de Pedro Rodríguez, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, publicado en el Boletín ‘Romana’, nº 13 (1991)
[18] Ver el mismo estudio de Pedro Rodríguez citado arriba
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Affascinante! Come al solito. Grazie della chicca!
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Grazie JL! Piacere leggerti!
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