Comunión con Cristo

El fuego del corazón no viene de un milagro visible, sino de la Palabra entendida y del Pan compartido.
The Pilgrims of Emmaus, Henry Ossawa Tanner, Musee d’Orsay

«Jesús ha resucitado, pero nadie lo sabe. Después de su muerte a la vista de todos en el Calvario, sus seguidores están sumidos en la oscuridad. Un nuevo amanecer comienza a despuntar. Él ha elegido a dos de sus discipulos que están volviendo a su casa desde Jerusalén. Se presenta a ellos como un caminante más entre los muchos que iban y venían por estar Jerusalén celebrando la fiesta de Pascua.»1

el camino hacia el reconocimiento

En el lienzo Los peregrinos de Emaús (1905), Henry Ossawa Tanner pinta una mesa sencilla, la penumbra de una habitación, y tres caminantes fatigados compartiendo un trozo de pan. Es aquí, en esta escena de recogimiento y silencio, donde ocurre lo inaudito: Jesús resucitado es finalmente reconocido por los discípulos de Emaús.

Después de un largo camino —literal y espiritual—, los corazones de aquellos hombres, que horas antes “caminaban tristes”, se encienden en una comprensión total. No es la visión lo que les revela a Cristo, sino el gesto, la memoria, y la Palabra. Tanner capta ese instante de clímax no con dramatismo, sino con humanidad. Todo es íntimo: la luz tenue, los rostros pensativos, el ambiente doméstico. Es un momento sagrado que no necesita adornos.

Este instante es también el colofón narrativo y espiritual que presenta el libro ¿Por qué camináis tristes?, una obra que recorre, paso a paso, la posible conversación de Jesús con los discípulos en el camino a Emaús. A lo largo de sus páginas, se desentraña cómo Jesús, sin revelarse aún, les explica todas las Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, mostrándoles cómo todo apuntaba hacia Él. Es un ejercicio de pedagogía divina: Jesús reconstruye su historia desde las promesas, mostrándoles que la cruz no fue un fracaso, sino el cumplimiento.

El libro no solo analiza la profundidad teológica de esta conversación, sino también su dimensión emocional: dos hombres heridos por la pérdida, incapaces de comprender lo que ha ocurrido, y un Cristo paciente que camina a su lado, escucha, pregunta, y transforma su tristeza en comprensión. Pero no solo eso: los discípulos pasan de la tristeza a la comprensión, y de la comprensión a la esperanza. Una esperanza viva, nueva, absolutamente inesperada: la certeza de la resurrección.

Y luego, en la casa, el pan partido. Un gesto que despierta la memoria del corazón. Es entonces cuando los discípulos exclaman con asombro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Esa llama interior no solo les aclara el sentido de lo vivido, sino que les impulsa a volver a Jerusalén inmediatamente, de noche, para anunciar con gozo que ¡el Señor verdaderamente ha resucitado!

La pintura de Tanner es la imagen perfecta para cerrar esta jornada espiritual: lo ordinario se vuelve extraordinario, la comida cotidiana se transforma en eucaristía reveladora, y el Cristo que parecía lejano se vuelve íntimamente presente. El fuego del corazón no viene de un milagro visible, sino de la Palabra entendida y del Pan compartido.

En tiempos donde lo divino parece esquivo y la tristeza a menudo nos acompaña en el camino, esta escena —y este libro— nos recuerdan que quizás Cristo camina a nuestro lado sin que lo sepamos, hablándonos con ternura, y esperando ese momento en que, al partir el pan, por fin le reconozcamos. Y entonces, la tristeza se convertirá en comprensión, y la comprensión en esperanza.

A través de una profundización en las Escrituras, se trata de reproducir un encuentro íntimo con Jesús, para que encienda nuestro corazón con su palabra. Después, hay que aprender a reconocer a Jesús en nuestro camino cotidiano: en las personas con que convivimos, en las situaciones que nos afectan y que son parte de nosotros mismos, en nuestro día a día. Como dice san Josemaría Escrivá:

«Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»2.

Y lo reconocemos al reproducir la esperiencia de los discípulos de Emaús que sólo después de caminar con él cien estadios, lo reconocieron al partir el pan, después de haberle pedido: «Quédate con nosotros».3

  1. Joaquin Paniello, ¿Por qué camináis tristes?, 9 ↩︎
  2. S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, n.314 ↩︎
  3. Joaquin Paniello, ¿Por qué camináis tristes?, 187 ↩︎

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