¡Salve, mansa hendidura!

¡Salve, mansa hendidura!
por la que se accede a tu intimidad,
puerta abierta y profunda,
más rojiza que las rosas,
medicina salvífica.

Stenkrona Erica – Feel the prints of the nails in my hand

¿Has tomado alguna vez de la mano a alguien como se ve en este cuadro?

Una mano sostenida no es solo un gesto, es un encuentro: en ella se transmiten confianza, ternura, apoyo, consuelo. A veces basta ese contacto silencioso para que alguien recobre la paz o la fuerza que había perdido.

En la obra de Erica Stenkrona, Feel the prints of the nails in my hand, ese gesto alcanza una hondura única: una mujer toma la mano de Cristo resucitado y contempla la herida del clavo. No es una mano cualquiera. Es la mano traspasada y gloriosa, herida y al mismo tiempo victoriosa. Esa palma marcada guarda la memoria de la pasión, pero brilla como signo de vida nueva.

Tocar esa mano es entrar en el corazón del misterio cristiano: un Dios que se hace tan cercano que ofrece sus propias llagas como lugar de encuentro. Son heridas que ya no encierran dolor, sino amor; cicatrices que no se ocultan, sino que se muestran como puertas abiertas hacia su intimidad. Como canta el antiguo himno:


“¡Salve, mansa hendidura! por la que se accede a tu intimidad,
puerta abierta y profunda, medicina salvífica.”

El papa Francisco lo expresó con palabras muy claras:

“Las almas de los justos están en las manos de Dios (Sab 3,1): el lugar del cristiano está en las manos de Dios, donde Él quiere. Las manos de Dios, que tienen llagas, que son las manos de su Hijo que quiso llevar consigo las llagas para enseñárselas al Padre e interceder por nosotros. […] Si estamos en las manos de Dios llagadas de amor, estamos seguros. Ese es nuestro lugar.”

El cuadro nos invita precisamente a eso: a dejar que nuestra vida descanse en esas manos. A sentir que en ellas estamos seguros, pase lo que pase.

San Alfonso María de Ligorio, con el ardor de los santos, rezaba así:

“¡Oh llagas de mi Jesús!, hogueras inmensas de amor, recibidme en vuestras aberturas, para que, en lugar de arder en el fuego del infierno, que tengo merecido, me inflame en la hoguera infinita del amor de Dios, que acabado de tormentos ha querido morir por mí.”

La mujer del cuadro sostiene una mano marcada; nosotros también podemos hacerlo en la oración, en la Eucaristía, en la vida cotidiana: tomar esa mano que no rechaza, que no suelta, que no condena, sino que sostiene y salva.

Y al final, lo único que queda es la alabanza1, la de la Iglesia de todos los tiempos, que sigue cantando:

¡Salve, Jesús! culmen de todo bien,
y tan proclive a perdonar,
¡qué cruelmente se hallan extendidos
en el leño de la Cruz tus miembros extenuados!

¡Salve, costado abierto del Salvador!
que escondes la dulzura de la miel,
y la fuerza del amor,
costado del que brota la Sangre, que lava los corazones penitentes.

¡Salve, mansa hendidura!
por la que se accede a tu intimidad,
puerta abierta y profunda,
más rojiza que las rosas,
medicina salvífica.

Tu fragancia, superior a la del vino,
neutraliza el veneno de la Serpiente:
beber de ti es sorber la Vida.*

¡Oh qué sabor tan dulce!
quien te gusta, oh Cristo, rendido por tu dulzura,
podría morir de amor, a ti solo queriéndote.

Amén.

  1. Himno Salve Iesu, citado en Félix María Arocena (ed.), Los himnos de la tradición, BAC, Madrid 2013, 476-477; y en Félix María Arocena, Alberto Portolés, Textos litúrgicos para la adoración eucarística, BAC, Madrid 2020, 66. ↩︎

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