El Manso

Jan van EyckPolíptico de Gante (detalle), 1432, Catedral de San Bavón, Gante (Bélgica)

Los Evangelios muestran que Jesucristo se puso como ejemplo de muy pocas cosas: de su amor a la humanidad (Juan 15, 12), de su servicio al prójimo (Juan 13, 14)… y de su mansedumbre: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mateo 11, 29).

No deja de sorprender que Jesucristo se describa a sí mismo con una característica propia de los animales[1]. En este sentido, no se trataría de la mansedumbre del ser excesivamente vulnerable o quebradizo, sino de la mansedumbre del animal potente pero domesticado. Es decir, de quien conoce la fuerza, pero ha decidido canalizarla, en una forma mansa. Sí, el Dios de Israel es el Dios Fuerte (Isaías 9, 6) y al mismo tiempo es presentado como un cordero (Juan 1, 29).

La mansedumbre de la que Cristo se pone como ejemplo se entrevé muy sencillamente cuando los niños se acercan a él, cosa que sucede en varios momentos (ver Mateo 18, 2-5; 19, 13‑15). Jesús puede atraer a los niños, precisamente, porque es manso. Sin embargo, hay un episodio que pareciera escapar a esta manera de ser del Maestro, y es cuando expulsa a los mercaderes del templo:

Entró Jesús en el Templo y expulsó a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas, mientras les decía:
— Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la estáis convirtiendo en una cueva de ladrones.
Mientras estaba en el Templo, se acercaron a él ciegos y cojos y los curó. Los príncipes de los sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que hacía y a los niños que aclamaban en el Templo y decían: «Hosanna al Hijo de David», se indignaron y le dijeron:
— ¿Oyes lo que dicen éstos?
— Sí — les respondió Jesús — . ¿No habéis leído nunca: De la boca de los pequeños y de los niños de pecho te preparaste la alabanza? Y los dejó, salió fuera de la ciudad, a Betania, y allí pasó la noche (Mateo 21, 12-17)

Es posible que el tiempo que Jesús pasó en el templo después de expulsar a los vendedores fuera de varios días, como lo dejan entrever los otros evangelistas, y que la escena de los ciegos, cojos y niños que se acercan fuera no seguida de la primera, sino después de un cierto tiempo. Sea como fuere, en el evangelio de Mateo las dos escenas han quedado yuxtapuestas, y de este modo entra en contraste claro la fuerza de Dios y su mansedumbre: después del enfado, sin solución de continuidad, los niños se acercan a Él. Se unen los extremos: la potencia del que expulsa a todos los que han adulterado el sentido litúrgico del Templo, y la suavidad del que atrae a los niños. De entrada, resulta enigmático que El Manso pueda enfadarse. Pero no olvidemos que la mansedumbre de Cristo no es la del apocado, sino la del que conoce la potencia. Él es Dios Potente, El Fuerte de Israel, ha creado el mundo, y tiene un plan de redención para él. Es un Dios que da importancia al lugar de culto, al lugar primordial del encuentro con su pueblo. Porque sabe que en ese contacto el hombre se juega su salvación. Por eso dice la Biblia: el celo de tu Casa me devora (Salmo 69, 10). Y sabe que la adulteración de ese lugar de culto hace daño al propio hombre. Por eso se enfada: la mercantilización del Templo por parte de algunos los daña hasta eliminar su sentido de lo sagrado, y daña a los que no participan en ello pero son espectadores de la escena. Dios no puede soportar que el hombre se autolesione… ese es el resumen de toda la historia de Israel, y ese es el resumen de su enfado en el Templo. A Dios se le parte el corazón cuando ve sufrir al “niño de sus delicias” (ver Jeremías 32, 20).

Si eso es cierto, también es cierto que hay un abuso más fuerte que puede cometer el hombre, y es asesinar a Dios mismo. Eso sucederá unos meses más tarde del episodio del Templo. Y en ese momento, la reacción de Jesucristo será muy distinta: maltratado, no abrió boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores (Isaías 53,7). Ante todo ese abuso, Jesús permanecía en silencio (Mateo 26, 63). En esa actitud de Jesús ante su propio asesinato (punto álgido del desvarío humano) se cumple lo que profetizó Isaías ocho siglos antes acerca del “Siervo Sufriente”: será asesinado un siervo de Dios, inocente, que sufrirá como oveja llevada al matadero, que no apagará el pábilo vacilante, ofrecerá sus mejillas, alentará al abatido[2]. Esa descripción del “Siervo” coincide exactamente con la de San Pablo: El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Corintios 13, 7). En su pasión, Cristo se muestra eminentemente manso.

Los cristianos creen en ese Cordero degollado que ha redimido el mundo, y que encierra una paradoja: su potencia no se muestra en la imposición sino en la entrega. El poder del Creador ahora se vuelve humildad: es el acto supremo de amor que sostiene el mundo desde la debilidad elegida. Desde abajo, empuja a todos hacia arriba. Eso es exactamente la mansedumbre: ser capaz de bajar para que otros puedan pisar terreno blando y subir a lo alto. Con mis pasos bajó a la muerte, para que con sus pasos yo subiese a la vida[3].


[1] En el latín de la Vulgata también tiene este matiz (mitis sum, et humilis corde), y lo conserva de la traducción del griego koiné. En el idioma en que Jesús pronunciaría la frase (arameo) no está tan claro que el uso de la palabra “manso” fuera exactamente igual: una característica aplicada a los animales. De todos modos, aunque las palabras exactas de Cristo posiblemente non tengan ese matiz, sí ha quedado en la traducción de San Jerónimo y en la que se ha realizado en otras muchas lenguas.

[2] Ver los cuatro cantos del “Siervo Sufriente” en el libro de Isaías, capítulos 42, 49, 50, 52

[3] Luis de la Palma, La Pasión del Señor, Ediciones Palabra, Madrid 1971


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