Un árbol, el paso del tiempo

¿Qué tiene que ver el árbol de Navidad con la fiesta de la Inmaculada?
Nada, diríamos sin pensarlo demasiado. Y sin embargo, la relación está ahí, latente. Vayamos por pasos.

El árbol del paraíso

La simbología en el arte cristiano es rica, muy rica, porque cuenta con un enorme entramado de sucesos, generaciones, sensibilidades. El problema es que a veces se pierda parte de esas conexiones, de ese entramado. Una persona con un cierto bagaje y que haya leído la biblia no verá igual una imagen donde aparezca un río, repleto de peces, que una persona sin ese bagaje.

Lo mismo pasa cuando en el arte cristiano contemplamos el árbol. ¿Qué nos debería sugerir? En principio muchas cosas, pero si vamos al fondo de la cuestión, al origen, acabaremos contemplando la escena del paraíso, donde Adán y Eva, los primeros hombres, están ante dos árboles:

Luego el Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos para la vista y buenos para comer; además, el árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. (…) El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén, para que lo guardara y lo cultivara. El Señor Dios dio este mandato al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir» (Gn 2,8-9.15-17).

Alberto DureroAdán y Eva, 1507, Museo del Prado (Madrid)

Es obvio que el reino vegetal es la base para la vida, como cualquier estudio sobre el inicio de esta tierra puede evidenciar. Aclimata la tierra, destierra su aridez al generar una atmósfera que retiene la humedad y prepara la llegada de organismos más desarrollados, como fueron los animales, y en último término, el hombre1. Quizás ahí encontramos también la imagen del Árbol de la Vida.

Pero luego está el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Ése es el árbol que Yahveh les prohíbe comer a los hombres, pero acaban cediendo ante las instigaciones de la serpiente. Y tuvieron que morir, no tanto como castigo arbitrario, sino como consecuencia inmediata de esa independencia que buscaron respecto al Creador: (…) a oriente del jardín de Edén colocó a los querubines y una espada llameante que brillaba, para cerrar el camino del árbol de la vida (Gn 3,24). Es lo que la Iglesia denominó bien pronto como Pecado original.

Alberto DureroThe Expulsion from Paradise, from «The Small Passion», 1510, The Metropolitan Museum of Art (NY)

El árbol como memoria

No es momento para entrar en los detalles (ayuda seguramente lo que publicamos aquí precedentemente), pero la condición caída del hombre es un hecho más o menos evidente, que sin embargo siempre nos ha costado aceptar. Porque el hombre olvida, como en el caso de la advertencia de Yahveh en el paraíso, con mucha facilidad.

Pero la naturaleza no. Ése quizás es la función del árbol, que remonta sus raíces a ese primer árbol del paraíso. Cuando admiramos un árbol pluricentenario vemos eso: como cualquier elemento de la creación, nos revela una verdad depositada en él. Y concretamente, el árbol es testigo del paso del tiempo. Es decir, se trata de un organismo vivo que puede vivir muchos años, generaciones y generaciones de seres humanos, dejando tras de sí una estela de historia. La corteza del árbol nos habla de ciclos completos del sol alrededor de la tierra, de heladas y bochornos, de sucesos que no podemos ver pero de los que intuimos su huella. Es la presencia del paso del tiempo, del pasado. Unos tocaron su tallo antes que nosotros, y dejaron en él parte de su bálsamo corporal. Otros con cierto descuido lo dañaron superficialmente, o inscribieron en él palabras que pretendían inmortalizar su amor mutuo. Dice el libro del Sirácide:

Todo viviente envejece como un vestido, | pues es ley eterna que hay que morir. Como las hojas verdes de un árbol frondoso, | que unas caen y otras brotan, | así las generaciones de carne y sangre: | unas mueren y otras nacen. Toda obra corruptible desaparece, | y su autor se va con ella (Si 14,17-19).

Aquí se advierte esa continuidad, pese a la muerte cíclica, de la vida, simbolizada en el árbol frondoso de hojas verdes. El humus simbólico de religiones precristianas puede encontrar aquí su fundamento, declinando normalmente el árbol como símbolo de la vida eterna2. Siendo el árbol esa realidad que nos sobrevive en el tiempo, que permanece pese a los múltiples avatares de este mundo, también nos puede hablar del Adviento, que etimológicamente es presencia, llegada3.

El árbol de la vida

En el fondo, el árbol frondoso, perenne, es el árbol prometido al pueblo de Israel, que viene, como ya desarrollamos en otro lugar en su momento: Brotará un retoño del tronco de Jesé, un vástago florecerá de raíz (Is 11,1). Es también el árbol junto al río, aquel que encuentra cumplimiento en Cristo:

Esto dice el Señor: | «Maldito quien confía en el hombre, | y busca el apoyo de las criaturas, | apartando su corazón del Señor. Será como cardo en la estepa, | que nunca recibe la lluvia; | habitará en un árido desierto, | tierra salobre e inhóspita. Bendito quien confía en el Señor | y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, | que alarga a la corriente sus raíces; | no teme la llegada del estío, | su follaje siempre está verde; | en año de sequía no se inquieta, | ni dejará por eso de dar fruto. Nada hay más falso y enfermo | que el corazón: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, examino el corazón, | sondeo el corazón de los hombres | para pagar a cada cual su conducta | según el fruto de sus acciones» (Jr 17,5-10).

Hans Holbein el JovenAn Allegory of the Old and New Testaments, 1530-1535, Scottish National Gallery (Edimburgo). Pienso que esta obra daría ella sola para un post aparte, pero aquí encontramos muchos de los elementos ya mencionados.

En este sentido, María, la Inmaculada, viene a ser el inicio de ese cumplimiento de la promesa dada a Israel, porque retoma la condición previa de Adán, sin pecado concebida. A partir de ella, podemos volver a contemplar, a tocar el árbol de la vida.

La tradición del árbol

Bien, hasta aquí. Pero, ¿y el árbol de Navidad? Es un dato que, mucho antes de que se difundiera en Alemania y alrededores la tradición de decorar árboles de hoja perenne (siglos XVI-XVII), se solían representar los llamados misterios entorno a la Navidad. Por el 24 de diciembre (ocasión de la recurrencia de Adán y Eva, fiesta de influencia oriental), se asistía a una representación dramática religiosa, cuyo decorado era justamente el árbol del conocimiento del bien y del mal, repleto de manzanas. Con la llegada del protestantismo, estas tradiciones se suprimieron y pasaron a los hogares: se decoran entonces no sólo con manzanas, sino también con obleas que recuerdan la eucaristía, velas que representan la luz de Cristo, objetos dorados, dulces. Lo corona una estrella o ángel, que guía a la humanidad hacia la Redención, porque el que sigue a Cristo se suma a la Vida de ese modo, Él es la máxima manifestación de sabiduría: es árbol de vida para quienes la acogen, | son dichosos los que se aferran a ella [la sabiduría] (Pr 3,18).

Para cerrar esta pequeña exposición del simbolismo cristiano, ofrecemos el siguiente texto de Joseph Ratzinger. El teólogo alemán habla del árbol de Navidad en estos términos, al referirse a un suceso de devoción popular acaecido en la que fue luego la iglesia de Christkindl (Styer, Alemania), a finales del siglo XVII:

Ese árbol se levanta como el árbol de la vida del paraíso, que ha sido reencontrado: «el querubín no está ya vedando la entrada».6 Ese árbol es María con el fruto bendito de su vientre, Jesús. Pero Jesús está allí como niño, inerme, en ademán de invitación, como «Emanuel», un Dios al alcance de la mano, un Dios para tratar de «tú». Él nos invita a su casa, a nosotros, que en un sentido muy profundo sufrimos todos de la «enfermedad de las caídas». Una y otra vez somos incapaces de andar y de estar interiormente erguidos. Una y otra vez caemos, no tenemos el dominio de nosotros mismos, estamos alienados y carecemos de libertad. La iglesia rotonda subraya esa misma afirmación. El octógono circular es la forma clásica de la iglesia bautismal, que retoma a su vez antiquísimas tradiciones religiosas: la cueva y la construcción redonda que sugieren el seno materno, el misterio del nacimiento.

(…) A esa verdad primordial de la condición humana nos remite el Niño Jesús: tenemos que nacer de nuevo. Debemos ser aceptados y dejarnos aceptar. Hemos de dejar transformar nuestra dependencia en amor y, así, llegar a ser libres. Tenemos que nacer de nuevo, deponer el orgullo, llegar a ser niños: reconocer y recibir en el Niño Jesús al fruto de la vida. A ello quiere conducirnos la Navidad: ésa es la verdad del niño, la verdad del fruto del árbol de la vida. El árbol de Christkindl, que nos dice esto, es al mismo tiempo una custodia: la manifestación de Aquel que es el pan de la vida, la aparición visible de la salvación. Y ese árbol es cruz y, por eso, pudo convertirse en altar. El niño sostiene la cruz y la corona de espinas en las manos, los signos del amor que convierte el árbol en cruz, pero también la cruz en mesa de la vida eterna.

El verdadero árbol de la vida no está lejos de nosotros, en algún paraje de un mundo perdido. Ha sido erigido en medio de nosotros, no sólo como imagen y signo, sino en la realidad. Jesús, que es el fruto del árbol de la vida, la vida misma, se ha hecho tan pequeño que nuestras manos pueden contenerlo. Se hace dependiente de nosotros para hacernos libres, para recuperarnos de nuestra «enfermedad de las caídas». No defraudemos su confianza. Depositémonos en sus manos tal como él se ha depositado en las nuestras4.

Un corolario: el árbol de Navidad hoy

Después de este recorrido, en el que hemos explorado la naturaleza y simbolismo del árbol para luego centrarnos en la condensación de su significado cultural y religioso, nos permitimos arrojar un poco de polémica: hoy el árbol de Navidad que puebla nuestras casas suele ser un objeto prefabricado y sintético -lejos de lo que fue en su día- y proclive a ser adornado hasta la saciedad, quizás para ocultar de algún modo su patente insignificancia respecto a lo que pretende representar: en palabras de un amigo mío: ya no es un árbol, sino un perchero verde con luces y bolas de colores.

Dos muestras de esta tendencia a la alienación que sufre, a continuación (la entrada no nos da para más excursus al respecto, se podría desarrollar más… ¿en comentarios?):

Árbol de Navidad del Rockefeller Center (NY)
ABIES-Electronicus, festival Plaisirs d’Hiver (Bruselas)

Espero que estas letras ayuden a ver el árbol de Navidad con otros ojos.

  1. Cfr. L. Gibler, From the beginning to baptism: scientific and sacred stories of water, oil, and fire, Liturgical Press, Collegeville, Minn., 2010, 37-43 ↩︎
  2. https://theconversation.com/una-breve-historia-del-viejo-y-deslumbrante-arbol-de-navidad-172898 ↩︎
  3. El adviento era antiguamente el término que se usaba para la llegada de alguien importante a la región: un emisario, un rey, un emperador, que hacía presencia en una parte concreta de sus dominios, porque estaba de visita. Los cristianos asumieron este significado: para ellos, como dice Ratzinger, Cristo es el rey que ha venido a la pobre zona de provincia de la tierra y que regala a la tierra la fiesta de su visita. Él es Aquel cuya presencia en la asamblea litúrgica es objeto de su fe. Con la palabra «Adviento», los cristianos querían decir, en sentido muy general: Dios está presente. Él no se ha retirado del mundo. No nos ha dejado solos. Aun cuando no lo veamos ni podamos tocarlo físicamente como se tocan las cosas, está presente y viene a nosotros de múltiples maneras (J. Ratzinger, La bendición de la Navidad, Herder, Barcelona, 6) ↩︎
  4. Ibídem, 34-35. ↩︎

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