luz diaria

«Apenas comienza a desvanecerse la oscuridad de la noche,
cuando ya se enciende la luz de la aurora, teñida como de oro,
es la hora de que todos invoquemos a Dios todopoderoso,
con todas las veras de nuestra alma.»

«cada mañana
con las manos vacías

para recibir todo de Ti»


Toda obra de arte trabaja, de un modo u otro, con la luz. El pintor la interpreta, el escultor la hace deslizarse por las formas, el arquitecto la domestica en el espacio. Pero la fotografía tiene una particularidad delicada: la imagen nace directamente de la luz que ha estado allí. Los fotones que tocaron un rostro, una pared o una ventana son los mismos que atraviesan el objetivo y quedan fijados. No es solo representación; es huella luminosa de un instante real. La cámara no inventa la claridad: la recibe.

En ese sentido, la fotografía es una forma de hospitalidad. Se coloca ante lo real y espera. Y cuando quien mira tiene una sensibilidad simbólica, esa luz física se convierte también en signo. No deja de ser materia, pero empieza a hablar.

En la serie Pieces of Light, Laura Makabrescu parece construir precisamente una teología silenciosa de la luz. En una de sus imágenes más elocuentes, la artista aparece sentada ante una ventana abierta al amanecer. El sol entra con suavidad. Su cuerpo recogido, sus manos abiertas, su postura de oración, acompañan una frase: «cada mañana con las manos vacías para recibir todo de Ti».

La escena es sencilla, doméstica, real. En ella resuena una antigua oración de la Iglesia:

«Oh Dios, autor espléndido de la luz,
que nos la repartes a manos llenas
a cuyo resplandor, apenas transcurrida la noche,
se abre y explaya a un nuevo día.»

(Himno de Laudes)

El amanecer no es solo un fenómeno astronómico; es una pedagogía. Cada mañana, la luz vuelve sin que la merezcamos. Se nos da. Se nos “reparte a manos llenas”. Makabrescu capta ese instante como quien sabe que el día no se posee: se recibe. Las manos vacías no son pobreza, sino condición para la plenitud.

La fotografía, al fijar la luz concreta de ese momento, nos recuerda que la gracia también actúa así: entra por una ventana real, ilumina una habitación concreta, toca libros, paredes, piel. No es abstracta, es encarnada.

En otras imágenes de la serie, la casa aparece habitada por pequeños signos: una cruz apoyada discretamente, libros abiertos, figuras sagradas, telas, sombras suaves. Nada es monumental. Todo es íntimo. El espacio doméstico adquiere una densidad nueva. La casa se vuelve templo no por la arquitectura, sino por la orientación del corazón.

Aquí resuenan las palabras del Evangelio:

“Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6,6).

Laura parece haber entrado en ese cuarto. No hay escenario público, no hay espectáculo. Hay interioridad. Y en esa interioridad, la luz no es solo física: es presencia. La habitación cerrada se convierte en lugar de encuentro. La casa entera, en santuario.

Cuando la tarde cae y la claridad se atenúa, la Iglesia canta en Vísperas:

«Oh Dios, Manantial divino
y origen inefable de toda luz,
acoge con piedad nuestra plegaria,
de modo que, desterrada la tiniebla del pecado,
nos revistamos de tu Luz.»

(Himno de Vísperas)

La luz que al alba se recibe como don, por la tarde se suplica como purificación. La jornada entera se convierte en diálogo entre claridad y sombra, entre don y respuesta. Las fotografías de Makabrescu parecen habitar precisamente esa frontera: los interiores nunca están saturados de brillo; siempre hay penumbra. La luz no elimina la sombra, la atraviesa.

Y cuando llega la noche, la oración no cesa. Antes del descanso, la Iglesia pide:

«Que nuestro pecho brille con destellos puros, durante esta noche.»

Es una petición sorprendente: que incluso en la oscuridad el corazón conserve una claridad interior. Que la noche no sea opacidad, sino custodia de la luz recibida.

En Pieces of Light, la artista no dramatiza la fe ni la exhibe. La sitúa en el ritmo elemental del día: amanecer, tarde, noche. Ventana, habitación, silencio. La existencia cotidiana se revela así como liturgia. La casa como templo. El día como oración cósmica.

La fotografía, captando la luz real que entra en esos espacios, nos recuerda que la espiritualidad cristiana no flota fuera del mundo. Se encarna en muros, en madera, en polvo suspendido en el aire. En fotones que cruzan una ventana.

Y quizá eso es lo más profundo de esta obra: la santidad no necesita escenarios extraordinarios. Basta una habitación abierta al sol. Basta una tarde que declina. Basta una noche guardada en pureza.

La luz sigue viniendo. La cuestión es si estamos —como en esa imagen del amanecer— con las manos vacías para recibirla.


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