
Frans Schwartz – Agony in the Garden, 1898, Brigham Young University Museum of Art
El Dios de Israel se presenta como creador y Señor del universo, situado en un plano muy distinto del de los hombres: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos -oráculo del Señor-. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos (Is 55, 8-9). Ese Dios – Roca no resulta demasiado alcanzable a la humanidad. La relación entre Dios y la humanidad es eminentemente vertical y en sentido descendente. Dios queda distante, y menos aún es esperable que comparta el destino de los hombres.
En el Nuevo Testamento, sin embargo, se desvela la accesibilidad de Dios. En la persona de Jesucristo, Dios es accesible. En Él, Dios y los hombres se tocan. Más escandaloso es aún el hecho de que Dios quiera compartir con los hombres su misma vida, incluyendo la muerte: esa fue la gran revolución del cristianismo, y por la que fueron ajusticiados muchos de los primeros mártires. Tal era el escándalo. En la vida de Jesucristo se hace evidente que la relación entre los hombres y Dios cobra también una dimensión horizontal: el Creador y las criaturas dialogan, y el punto de acceso al corazón de Jesucristo es su mansedumbre, de la que hablamos en otra ocasión. Pero hay más. Hay una escena del evangelio que es sorprendente: en el momento agónico del huerto de los Olivos, Jesús oraba, y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba (Lucas 22, 43). Es escandaloso, ciertamente, que Dios muera en una cruz, pero más escandaloso aún es que una criatura pueda consolar a su Creador. Esto implica como un cambio de paradigma en la relación criatura-Creador. Dicha relación ya no es solamente horizontal, sino que además es totalmente recíproca: la criatura (ángel u hombre) puede realmente aportar algo a su Creador (Dios), y no sólo está llamado a esperarlo todo de Él. El hombre ya no busca tanto un refugio en Dios, sino ser él mismo un refugio para su Creador. Así lo expresaba un hombre que contemplaba a su amiga, más avanzada que él en la vida de relación con Dios: Su canto es una nana. Y el mío, una súplica desgarradora. Mientras yo corro hacia un refugio, ella, en mitad de la estepa, se te ofrece como umbráculo.
La novedad más extrema del cristianismo no es que Dios haya muerto en una cruz, sino que el hombre tenga la capacidad de consolarlo, como la Verónica del Via Crucis. Esto supone que el Dios Omnipotente, al que no le falta nada, es susceptible de ser consolado. Ciertamente se trata de un misterio, quizá un paso más allá de lo que la Teología puede explicar, y por eso pertenece a un terreno ciertamente más cercano a la Mística. Gustave Thibon se percataba de este misterio, y rezaba: ¿Cómo será el dolor de Dios, que nos ama con locura? ¿Y saber, Dios mío, que te soy necesario en tu infinita riqueza, como la amada al amante, y que agonizas poco a poco bajo el peso infinito del amor que yo te niego?[1] Ese misterio ha sido intuido en la experiencia de muchos místicos, especialmente a raíz de la devoción al Sagrado Corazón, en el siglo XIX. Pierre Descouvemeont escribió un libro entero sobre este tema[2], basándose, fundamentalmente, en los escritos de Gabrielle Bossis: No creas -dice Dios en primera persona a Gabrielle Bossis- que son muchos los que piensan en consolarme, que consienten en violentarse para darme una prueba de amor. Sin embargo, a vosotros os agradan las muestras de afecto. ¡Qué diré de Mí, el más tierno, el más cariñoso, el más sensible!… No, no obras en el vacío cuando te sacrificas. Lo verás más tarde y te alegrarás de haberme complacido[3]. Yo Soy el Sensible, y la mayoría me creen indiferente y lejano[4]. En realidad, Él y yo de Bossis es un pequeño tratado todo entero sobre cómo el alma cristiana puede consolar al Señor, y cómo Él espera esto del alma cristiana. Muchos siglos antes, hacia 1564-67, Teresa de Ávila escribió: Si estáis con trabajos o triste, miradle camino del huerto: ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma, pues con ser el mismo sufrimiento la dice y se queja de ella! O miradle atado a la columna, lleno de dolores, todas sus carnes hechas pedazos por lo mucho que os ama; tanto padecer, perseguido de unos, escupido de otros, negado de sus amigos, desamparado de ellos, sin nadie que vuelva por El, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar.[5] Y su amigo San Juan de la Cruz escribía: En ninguna manera aquí el alma busca su consuelo ni gusto ni en Dios ni en otra cosa, ni anda deseando ni pretendiendo pedir mercedes a Dios, porque ve claro que hartas la tiene hechas, y queda todo su cuidado en cómo podrá dar algún gusto a Dios y servirle algo por lo que El merece y de El tiene recibido, aunque fuese muy a su costa. Dice en su corazón y espíritu: ¡Ay, Dios y Señor mío, cuán muchos hay que andan a buscar en Ti consuelo y gusto y a [que les] concedas mercedes y dones; mas los que a Ti pretenden dar gusto y darte algo a su costa, pospuesto su particular, son muy pocos![6]
La vida de Teresa de Lisieux, más reciente, es un continuo intento de consolar a su Señor. También la de Gabrielle Bossis, y, en realidad, la de los santos en general. Es un tema ampliamente desarrollado en la piedad popular, de la mano de la Via Crucis: Yo, con gran amor y compasión, voy considerando tus cinco llagas…[7]
Dios no necesita nada (es el Ser sin mezcla de potencia) pero puede realmente ser consolado por sus hijos. Y eso es posible porque Dios ama infinitamente a los hombres. Esa es su debilidad, su vulnerabilidad, fuente de sus mayores alegrías y sus mayores penas: Deliciae meae esse cum filiis hominum: son mis delicias estar con los hijos de los hombres (Proverbios 8, 31).
Una vez conversé largo rato con un estudiante de Medicina. Él era de Calabria y estaba terminando la carrera en Roma. Nuestro principal punto en común era la pasión por el arte. Y de eso hablábamos. Yo, ingenuo, exultaba de las maravillas barrocas que se pueden encontrar en la ciudad eterna, hasta que en cierto momento él me cortó para confesarme que ya estaba muy harto del barroco. Que la perfección le aburría. Que todo era tan simétrico, tan ideal, tan proporcionado, sin defectos…que era cerrado. Claro, decía, es perfecto: es decir, completado, cerrado, acabado, terminado. Chiuso. No le falta nada. Y como no le falta nada, yo no puedo entrar allí. Yo tampoco le falto, digamos. Ante lo perfecto me quedo fuera; dentro no hay espacio para mí. Sin embargo, continuaba, me siento mejor ante una obra contemporánea, que resalte lo imperfecto. No sé, algo así como una rotura, un agujero negro en el que yo sí pueda entrar. Y de alguna manera, formar parte de la obra. Entrar y salir de la obra a través de ese agujero, y así enriquecerme, dialogar con ella. Él no creía en Dios, y como estábamos a pocas semanas de Navidad, se me ocurrió decirle que, efectivamente, ese “agujero negro” por el que se puede entrar y salir de la obra de arte es la Navidad. Es decir, que Dios ha querido asumir una vulnerabilidad con la que nos podemos identificar y a través de la cual podemos entrar en Él. Ahí quedó la conversación, y creo que no le convencí de nada, pero he vuelto muchas veces con el pensamiento a ese diálogo. El nacimiento y la muerte de Cristo son los dos momentos de su vida en los que se muestra más vulnerable y necesitado de cariño, de consuelo. Así lo ha captado la piedad popular, y así nos lo ha transmitido la experiencia de algunos místicos, desde Santa Teresa de Ávila a Gabrielle Bossis. Y es en esos momentos que nace el deseo de aportarle algo, de consolarle, de reparar algo las atrocidades que sobre Él se han abalanzado: En gerundio, como si nunca terminara de morir. Estaré en agonía hasta el fin del mundo. Muriendo en cada pecado, muriendo de dolor de amor en cada olvido, en cada rutina, en cada abandono de corazones fríos. Los espectadores convertidos en Cirineos, los Cirineos en Verónicas, y las Verónicas en Marías. Entonces mi agonía se volverá descanso; y el descanso, consuelo.[8]
[1] Gustave Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz, Ediciones Rialp, Madrid 1973, 167
[2] Pierre Descouvemont, La joie de consoler Jésus, Salvator, Paris 2021
[3] Gabrielle Bossis, Él y yo, Balmes 1999, p. 222
[4] Ídem, p. 203
[5] Santa Teresa, Camino de perfección, Códice de Valladolid, Capítulo 26, n. 5
[6] San Juan de la Cruz, Noche oscura, Libro segundo (Noche pasiva del espíritu), capítulo 19, n. 4, citado en Obras Completas, ed. Lucinio Ruano de la Iglesia, BAC, Madrid 1982, p. 405
[7] Oración a Jesús crucificado para después de la comunión (El papa Pío IX concedió indulgencia plenaria en las condiciones de costumbre para quien reza esta oración frente a la imagen del Crucificado después de la comunión)
[8] Ricardo Sada Fernández, Cinco Via Crucispara rezar en silencio, Palabra, Madrid 2020, p. 78
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