
Salomé (1630-1635), Guido Reni, Galleria Nazionale d’Arte Antica (Roma)
Conocemos la historia de Herodes, Juan el Bautista y la bandeja de plata (Mc 6,17-29). Se puede decir que Juan el Bautista fue el primer mártir cristiano (sin contar quizás los santos inocentes), pero… ¿Fue sólo la insistencia en vivir una vida recta la que le llevó a morir decapitado?
You know, the only thing I remember from Sunday school is the martyrs…the saints, the saviors…they all end up the same way. Bloody and alone.
Sabes, lo único que recuerdo de la catequesis son los mártires…los santos, los salvadores…todos ellos acaban del mismo modo. Ensangrentados y solos.—Claire.
En estos días festivos he estado viendo la serie Daredevil (2015). Aunque no sea a primera vista un incentivo para reflexionar y pensar intelectualmente hablando (aclaro que Marvel tiene su función en la vida, por lo menos en la m´ía, y le estoy por ello agradecido), tiene durante toda la serie un hilo conductor que va lanzando una serie de preguntas, menciono sólo algunas: ¿Qué es el mal? ¿Qué es el bien? ¿En qué bando estoy yo? ¿Qué estoy dispuesto a hacer para cambiar el mundo? ¿A qué precio? ¿Qué es realmente un héroe…un mártir?
Me centro en la última. Todos nos hemos preguntado alguna vez por ello. Y nos imaginamos -a veces con cierto sentimiento de culpabilidad- siendo un espectador más de entre la muchedumbre, viendo como los verdugos acaban cruelmente con la vida de un hombre ¿De un hombre sólo? Veamos esto con más detenimiento. (Si uno no se ubica en la escena, recomiendo ver la última escena de Braveheart).
Hace unos años me preguntó un amigo, perplejo ante la fe cristiana (no es literal):
No entiendo a los mártires. ¿Porqué se dejan matar? ¿Qué sentido tiene que mueran por un hombre que ya está muerto y que sufrió su misma suerte? ¿No es una especie de suicidio?
Estas preguntas se las puede hacer cualquiera, y en el fondo no es el hecho de dejarse matar, de entregarse a la muerte. El quid de la cuestión va más allá…se trata de porqué se muere, Sí, suele haber una correspondencia entre la comprensión de la causa, la fe, y comprender e identificarse con el mártir sin sentir repulsión ante una especie de decisión débil, porque así veían los romanos a los cristianos: eran unos débiles al renunciar a la vida por un crucificado.
Romanos…los cristianos no inventaron morir por grandes ideales, y eso nos muestra que el martirio tampoco se identifica completamente con esta especie de sacrificio por un ideal. En la antigua Roma, los orígenes de un pueblo, de una cultura, eran sumamente importantes: nos decían quiénes éramos, el legado de nuestros mayores que nosotros debíamos actualizar, la traditio. Por eso, irse a los albores de la fundación de Roma, a sus primeras historias y narraciones mitológicas, nos da una idea precisa de su pensamiento, del espíritu romano que recorría sus venas, y de la que los occidentales somos partícipes. A este propósito nos encontramos con El suicidio de Lucrecia:

Le serment de Brutus (El juramento de Bruto, 1884), Henri Pinta, Escuela Nacional de Bellas Artes (París).
El hecho nos lo relata Tito Livio: durante el reinado del último rey romano, Tarquinio el Soberbio (s.VI a,C.), Lucrecia, mujer del prefecto de la urbs, es deshonrada por el hijo del rey, Sexto Tarquinio. Lucrecia, desesperada, sabiendo que no será escuchada por su marido y que no podrá recuperar la honra, decide suicidarse. El efecto de tal sacrificio es fulminante: su marido Lucio Tarquino Colatino descubre la afrenta y junto con Lucio Bruto desencadenan una revuelta contra las arbitrariedades del rey, poniendo fin a la monarquía e iniciando la república. Lucrecia había muerto por un ideal: el de la libertad.
Los romanos ven en Lucrecia precisamente ese sacrificio del que hablábamos antes: Lucrecia es el símbolo del ideal por el que muere, veían en el suicidio por honor una vía más que honrosa. Pero, ¿es este el martirio al que nos referíamos anteriormente? Los romanos necesitaban morir por algo grande, ese era el porqué de su inmolación. Y precisamente era ése el escándalo de mi amigo: no comprendía qué grandeza tenía morir por un hombre tratado a palos y muerto de la manera más deshonrosa, como un criminal: clavado en la cruz. Orígenes, respondiendo a la misma pregunta hecha por Celso (s.II-III d.C.), que es como un eco de la cultura romana, nos responde:
(…) las almas de los que mueren por causa del cristianismo y salen gloriosamente del cuerpo por amor de la religión destruían el poder de los démones y debilitaban su conjura contra los hombres (…) (Contra Celso, Libro VIII, 44).
La respuesta está en la doctrina de la salvación. Destruir el poder de los démones: el martirio va más allá de un simple sacrificio por una bella causa, se trata de añadirse a la acción redentora de Jesús, Dios, que se ha entregado por los hombres para salvarlos de los démones, en definitiva, del Pecado. Por eso los mártires son como luceros en medio de la oscuridad en la historia de la humanidad: no sólo son ejemplo y marcan un camino, como hizo Lucrecia, sino que efectivamente cooperan materialmente con la salvación de Jesús a toda la humanidad al morir de la misma forma que Él, La corona del martirio es un anticipo de la resurrección:
Celso nos reprocha también que deseamos el cuerpo; pues sepa que si el desear es cosa mala, nada deseamos; mas si es indiferente, deseamos todo lo que Dios promete a los justos. Y así deseamos, lógicamente, y esperamos la resurrección de los justos. (Contra Celso, Libro VIII, 50).
De la que se habla también en el Apocalipsis de san Juan (7,13-17):
13Entonces uno de los ancianos intervino y me dijo: —Éstos que están vestidos con túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?
14—Señor mío, tú lo sabes —le respondí yo.
Y me dijo: —Éstos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado sus túnicas y las han blanqueado con la sangre del Cordero. 15Por eso están ante el trono de Dios y le sirven día y noche en su templo, y el que se sienta en el trono habitará en medio de ellos. 16Ya no pasarán hambre, ni tendrán sed, no les agobiará el sol, ni calor alguno, 17pues el Cordero, que está en medio del trono, será su pastor, que los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.
Y volviendo al principio, todo este largo camino es necesario para entender hasta qué punto tiene sentido la muerte de Juan el Bautista, el precursor de Cristo.
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Un comentario en “El martirio”