El Damasco de San Pablo

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Conversión de Saulo (ca.1615-1620) de Guido Reni, Monasterio del Escorial (España)

Damasco fue sin duda para san Pablo un cambio radical en su vida, pero no sólo eso: Dios le concedió la gracia de revelarle su vocación -el camino que tenía pensado para él desde antes de la creación del mundo- de una manera muy especial (Hch 9,1-9):

1Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el sumo sacerdote 2y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres y mujeres, seguidores del Camino. 3Pero mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. 4Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: —Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
5Respondió: —¿Quién eres tú, Señor?
Y él: —Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 6Levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer.
7Los hombres que le acompañaban se detuvieron estupefactos, puesto que oían la voz pero no veían a nadie. 8Se levantó Saulo del suelo y, aunque tenía abiertos los ojos, no veía nada. Le condujeron de la mano a Damasco, 9donde estuvo tres días sin vista y sin comer ni beber.

Dios encuentra a Saulo precisamente realizando el trabajo, la misión, que -pese a ir contra Él mismo- Pablo considera correcta.

El kairós de Damasco quedó tan grabado a fuego en su persona, que Pablo se referirá a ello en 5 ocasiones distintas a lo largo de los escritos del Nuevo Testamento.

Discurso ante el pueblo judío en el Templo (Hch 22,3-11):
3—Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, educado en esta ciudad e instruido a los pies de Gamaliel según la observancia de la Ley patria, y estoy lleno de celo de Dios como lo estáis vosotros en el día de hoy. 4Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y encarcelando a hombres y mujeres, 5como me lo puede atestiguar el sumo sacerdote y todo el Sanedrín. De ellos recibí cartas para los hermanos y me encaminé a Damasco para traer aherrojados a Jerusalén a quienes allí hubiera, con el fin de castigarlos.
6»Pero cuando iba de camino, cerca de Damasco, hacia el mediodía, me envolvió de repente una gran luz venida del cielo, 7caí al suelo y oí una voz que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». 8Yo respondí: «¿Quién eres, Señor?». Y me contestó: «Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues». 9Los que estaban conmigo vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. 10Yo dije: «¿Qué tengo que hacer, Señor?». Y el Señor me respondió: «Levántate y entra en Damasco: allí se te dirá todo lo que debes hacer». 11Como yo no veía a causa del resplandor de aquella luz, tuve que entrar en Damasco conducido de la mano de mis acompañantes.

Discurso ante el rey Agripa (Hch 26,9-18):
9»Yo me creí en el deber de actuar enérgicamente contra el nombre de Jesús Nazareno. 10Lo hice en Jerusalén y encarcelé a muchos santos con potestad recibida de los príncipes de los sacerdotes. Y cuando se les mataba yo aportaba mi voto. 11Les castigaba frecuentemente por todas la sinagogas, para obligarles a blasfemar y, enfurecido contra ellos, llegaba hasta perseguirles en ciudades extranjeras.
12»Con este fin iba a Damasco, con la potestad y autorización de los príncipes de los sacerdotes, 13y al mediodía vi en el camino, rey, una luz del cielo, más brillante que el sol, que me envolvió a mí y a los que me acompañaban. 14Caímos todos a tierra y escuché una voz que me decía en hebreo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dura cosa es para ti dar coces contra el aguijón». 15Yo contesté: «¿Quién eres, Señor?». Y el Señor me dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. 16Pero levántate y ponte en pie, porque me he dejado ver por ti para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de lo que todavía te mostraré. 17Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles a los que te envío, 18para que abras sus ojos y así se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados por la fe en mí».

Dos veces a los Corintios (1Cor 9,1; 1Cor 15,3-9)
1¿No soy yo libre? ¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús, Señor nuestro? (…)

3Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; 4que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5y que se apareció a Cefas, y después a los doce. 6Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía y algunos ya han muerto. 7Luego se apareció a Santiago, y después a todos los apóstoles. 8Y en último lugar, como a un abortivo, se me apareció también a mí. 9Porque soy el menor de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, ya que perseguí a la Iglesia de Dios.

Y en la Carta a los Gálatas (Gal 1,11-17):
11Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio que yo os he anunciado no es algo humano; 12pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. 13Porque habéis oído de mi conducta anterior en el judaísmo: cómo perseguía con saña a la Iglesia de Dios y la combatía, 14y aventajaba en el judaísmo a muchos contemporáneos de mi raza, por ser extremadamente celoso de las tradiciones de mis padres. 15Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien 16revelar en mí a su Hijo para que le anunciara entre los gentiles, enseguida, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre, 17y sin subir a Jerusalén a ver a los apóstoles, mis predecesores, me retiré a Arabia, y de nuevo volví a Damasco.

En esas narraciones se ve con claridad la relación entre la vocación de Pablo, el encuentro personal con Cristo y la llamada a extender el Evangelio. Por eso se puede afirmar que el Damasco de Pablo es un buen ejemplo de la llamada de Dios a cualquier hombre.


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2 comentarios en “El Damasco de San Pablo

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