Se podría decir que la búsqueda del “rostro de Dios» es una de las constantes de la espiritualidad del Antiguo Testamento: la Escritura está impregnada de situaciones y personajes que buscan con auténtica sed ese “Rostro», una ansia que queda plasmada en diversas formas de súplica al Altísimo, especialmente en los Salmos: «No apartes de mí tu rostro, Señor»[1]; «Alza sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro»[2]; «Contemplaré tu rostro»[3]; «Tu rostro, Señor, buscaré»[4]; etc[5]. En definitiva, el pueblo de Israel se presenta como la generación de los que buscan el Rostro del Señor («Hæc est generátio quæréntium fáciem tuam, Dómine»[6]).
Fra Angelico, Transfiguración (detalle), 1439-42, convento de San Marcos (Florencia)
Por contraste, el mismo Antiguo Testamento deja también muy claro que para un simple ser humano —tan finito y tan limitado[7]— es imposible alcanzar al Dios Infinito y Trascendente, pues Dios se envolvió de tinieblas[8], y es tan temible que ante Él se licuaron los montes[9]. El mismo Dios advierte a Moisés: «No podrás ver mi rostro, pues ningún ser humano puede verlo y seguir viviendo.»[10]
Se da, entonces, un fuerte contraste entre las aspiraciones del hombre y lo que realmente éste puede alcanzar. El hombre desea ver a Dios, pero esta esperanza se le presenta como un proyecto inalcanzable, como un sueño truncado. Entre los hombres y Dios existe una distancia infinita: «Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos»[11], dice el Señor. El hombre, al menos en esta vida, no podrá ver nunca el Rostro de Dios.
¿Pero cómo superar esta gran contradicción? ¿Cómo unir al hombre que busca con el Rostro del Altísimo? ¿Es posible o no es más que una quimera irrealizable? C. S. Lewis (¡dos mil años más tarde!) encontró una solución, yéndose un poco por la tangente: en uno de sus libros afirma que «cuando veamos el rostro de Dios [después de la muerte] sabremos que siempre lo hemos conocido». Y desarrolla la idea afirmando que en todas las experiencias terrenas de amor, ha sido el mismo Dios quien ha estado presente, quien las «ha hecho, sostenido y movido, momento a momento, desde dentro»[12]. Una idea parecida la expresa Jean Valjean en la adaptación musical de Los miserables, cuando canta, en uno de los últimos actos: To love another person is to see the face of God.
El concepto de “amor» —también llamado «caritas» en la tradición cristiana— parece que nos pueda dar la clave para el tema del «Rostro de Dios». En efecto, una mirada más atenta a la Escritura, y en particular al Nuevo Testamento, puede arrojar luz sobre la relación entre el Amor y el Rostro de Dios. Para ello vamos a fijarnos en San Pablo y en San Juan.
En primer lugar, San Pablo. En la primera carta que escribe a los corintios San Pablo compone un himno a la caridad[13], un elogio, que tiene reminiscencias de los viejos himnos del Antiguo Testamento, en los que se personificaba un cierto valor o un rasgo de la divinidad, como la Sabiduría[14]. La novedad de este escrito radica en ser el primero en el que viene personificada la caridad, el amor. El núcleo del poema son los siguientes versos:
«La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.»[15]
San Pablo, mediante esa personificación, ha desvelado el rostro del amor, lo ha dado a conocer. San Juan afirmará claramente que ese rostro descrito por San Pablo es el mismo Rostro de Dios, tan buscado por los israelitas: «Dios es amor (Deus caritas est)»[16]. Entonces, podemos concluir, encontrar el Amor es ver a Dios.
Pero mucho antes que San Pablo y San Juan, Moisés y Elías (¡dos personajes del Antiguo Testamento!) ya “vieron” de alguna forma el Rostro de Dios, aunque imperfectamente. Estos dos hombres tuvieron un encuentro con Yahvé en la misma montaña[17], en dos momentos diversos. Lo que Moisés y Elías tienen en común es que se recogieron en la hendidura de la roca, y que pasó ante ellos la presencia misteriosa de Dios, y entablaron un diálogo con Él, que dejó entrever (¿misteriosamente? ¿parcialmente? ¿veladamente?) su Rostro: «El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como se habla con un amigo.»[18] Pero solamente –señala el Catecismo– en el monte de la Transfiguración se dará a conocer Aquél cuyo Rostro buscan[19]:
«Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él.»[20]
Fra Angelico, Transfiguración: Moisés (izquierda) y Elías (derecha)
Es decir, cuando los hombres pudieron al fin ver el Rostro de Yahvé, tan anhelado, fue cuando vieron a Jesucristo hecho hombre. Muchos lo tomaron por loco o iluminado, pero otros reconocieron en Él al Amor, a la Divinidad, al Rostro de Dios encarnado. Las aspiraciones de Moisés y Elías se vieron cumplidas. En la Transfiguración hablaban con Jesucristo, veían a Dios, y con los discípulos entendieron perfectamente aquello que dijo Jesucristo a Felipe: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre.»[21]
Fra Angelico, Transfiguración, 1439-42, convento de San Marcos (Florencia)
Me gustaría concluir señalando que no es casualidad que aquél mismo que recogió las palabras de Jesús (El que me ha visto a mí ha visto al Padre) y afirmó que Dios es Amor, es el mismo que mereció el título de “Discípulo amado”[22], y el mismo que recostó su cabeza en el pecho del Maestro[23], en la última cena, cuando Cristo les prometió a los discípulos su Amor Eterno[24] (es decir, Él mismo[25]).
Notas
[1] Tobías 3, 6
[2] Salmo 4, 7
[3] Salmo 17, 15
[4] Salmo 27, 8
[5] Salmo 13, 2; Salmo 31, 17; Salmo 44, 4. 25; Salmo 69, 18; Salmo 80, 4. 8. 17; Salmo 88, 15
[6] Del Salmo 24.
[7] «¡El hombre! Como el heno son sus días: florece como flor silvestre. Sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se reconoce más su sitio (Salmo 103, 15-16)»
[8] Salmo 18, 12
[9] Cfr. Jueces 5, 4-5
[10] Éxodo 33, 20
[11] Is 55, 9
[12] La cita completa, que merece copiar, dice así: «Cuando veamos el rostro de Dios sabremos que siempre lo hemos conocido. Ha formado parte, ha hecho, sostenido y movido, momento a momento, desde dentro, todas nuestras experiencias terrenas de amor puro. Todo lo que era en ellas amor verdadero, aun en la tierra era mucho más Suyo que nuestro, y sólo era nuestro por ser Suyo. En el Cielo no habrá angustia ni el deber de dejar a nuestros seres queridos de la tierra. Primero, porque ya los habremos dejado: los retratos por el Original, los riachuelos por la Fuente: las criaturas que Él hizo amables por el Amor en sí mismo. Pero, en segundo lugar, porque los encontraremos a todos en Él. Al amarlo a Él más que a ellos, los amaremos más de lo que ahora los amamos (C.S. LEWIS, Los cuatro amores, Rialp, Madrid 1991, p. 153)»
[13] 1Corintios 13, 1-13
[14] Cfr. Sabiduría 7, 22-30; 8, 1
[15] 1Corintios 13, 4-7
[16] 1Juan 4, 16
[17] «Horeb, el monte de Dios» (Éxodo 3, 1; cfr. también Éxodo 33, 6ss y 1Reyes 19, 8ss)
[18] Éxodo 33, 11
[19] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2583
[20] Mt 17, 2-3
[21] Juan 14, 9
[22] Juan 19, 26
[23] Juan 13, 23
[24] Juan 14, 1-4. 15-21ss; Juan 15, 9-17
[25] Mateo 26, 26-28 y paralelos
Descubre más desde De Arte Sacra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
sempre stupende le immagini che proponi!
Me gustaMe gusta