
En una voluntad misma
lo trino copia en el suelo
al que es un dibujo suyo
la eternidad cortó el lienzo [1].
Con estos versos comenzamos este post, en el que, con ocasión de la fiesta de hoy de María Madre de Dios y de ayer de la Sagrada Familia, queremos ayudar a contemplar la vida de esta «Trinidad de la tierra» formada por Jesús, María y José.
Para ello nos limitaremos a reproducir unas palabras del mariólogo español Laurentino Mª Herrán, citando al poeta Valdivielso (1565-1638):
De Valdivielso llenaríamos páginas enteras con las detalladas inscripciones de esa vida ordinaria, tan humana -en que los días se sucedían parecidos unos a otros, lo mismo que en cualquier casa de Nazaret-, que interrumpió primero el exilio de Egipto y luego la angustiosa amargura de sentirse como un poco responsables de haber perdido al Niño en el bullicio del gentío que llenaba las calles de Jerusalén por la Pascua.
La vida anterior fue la misma que cuando volvieron del destierro. Por ello copiamos algunos retazos, en los que se extiende Valdivielso, para contar las pequeñeces de una familia piadosa y honrada, vinculada por el amor y el servicio de cada una de las personas hacia las otras, y que han dado motivo de llamar a la Sagrada Familia «la Trinidad de la tierra».
Como a Murillo en su famoso cuadro, pienso que a Valdivielso le podía haber servido de modelo una de tantas familias cristianas, sin ningún relieve e influencia sobre la comunidad de la aldea.
Pero al mismo tiempo encontramos frases, tomadas del Evangelio, que dan a esa vida ordinaria y corriente la dimensión religiosa de hacer lo que se hace pensando en Jesús como centro. Son frases que luego dirá Jesús en su vida pública, o el Padre desde la nube luminosa del Bautismo, iguales a las que enseñaba Jesús a sus discípulos para orar al Padre Dios.
El infinito Niño va creciendo,
y con donaire y gracia sobrehumana
hace pinitos de la mano asiendo
a la que huella a la inmortal Diana;
della al justo Josef parte corriendo,
y de los brazos con que el orbe allana
alas haciendo, vuela al dulce nido
del tierno corazón de su querido…
Cuélgase alegre del amado cuello,
y hallanándose seguro entre sus brazos,
el rostro grave junta al suyo bello,
premiando sus dulcísimos abrazos: …
Tal vez deja los brazos de su madre,
y lleno de amoroso regocijo
por ver que tal favor a Josef cuadre,
gorgeándose con él, ¡padre! le dijo.
Él con afecto y con amor de padre
¡hijo! le llama, siendo de Dios hijo;
llega su rostro al de escarlata y nieve,
y de sus rosas el aliento bebe.
Ya el niño Dios los blancos pechos deja
ricos de su alimento soberano,
y en los pies de oro ya mayor forceja,
y anda sin que le dé nadie la mano;
llora si ve que su Josef se aleja,
y viéndole volver se alegra ufano;
ásele y dice lleno de alegría:
«Padre, dénos el pan de cada día»…
Cógele de la mano, y amoroso
le lleva donde teje su querida;
gózase en verla el virginal Esposo
en su honesto trabajo entretenida;
ella, tendiendo el resplandor hermoso,
vuelve a ver las dos almas de su vida,
al niño Jesús mira y a su amado,
que uno del otro viene enamorado.
Deja el telar la virginal Señora,
y con gracia que enamora al cielo
la limpia mesa pone a los que adora
y le llenan el alma de consuelo;
coge Josef al Dios que le enamora
y le escogió por el mejor del suelo,
y dícele entre gozo que le muestra:
«Hijo querido, siéntate a mi diestra».
Siéntase, y luego pone al Niño a un lado,
y entrando la bellísima Princesa,
el otro toma de su Esposo amado,
que es cabecera en la divina mesa;
La bella Aurora, a quien el sol no iguala,
con mucha gracia y con afable agrado
al Niño hermoso y a Josef regala
dándoles el manjar que ella ha guisado:
Como el Niño a Josef la vida debe,
le regala premiando su pureza;
el vaso toma en que su Josef bebe,
y bebe en él su sin igual grandeza [2].
[1] Hurtado de Mendoza, A. (1586-1644), Vida de Nuestra Señora.
[2] Laurentino Mª Herrán, Mariología Poética Española, pp. 554-556. BAC maior, Madrid, 1988.
Descubre más desde De Arte Sacra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.