«Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo (Lucas 1, 41)»
La Visitación, Strüb, Jakob y/o Hans, 1505, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
«Hay dos especies de grandeza para el hombre: una, que consiste en dejar pasar a Dios, y otra, en rechazarlo. Grandeza de la transparencia y grandeza de la opacidad» (Gustave Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz, Ediciones Rialp, Madrid 1973, 185).
«La calidad, digamos, de la Virgen María era tal que su voz, en un alma sensible a lo sobrenatural como la de Isabel, bastó para despertar sentimientos profundos y maravillosos. El Señor no sólo no encontró en su Madre obstáculo alguno, sino que, por el contrario, halló como una transparencia tal que a través de Ella se le veía a Él. No hubo en la Virgen nada que obscureciera o desfigurara a su Hijo, nada que impidiese la libre manifestación de la Divinidad que la habitaba. Y solamente la naturaleza humana de Jesucristo, a la que estaba hipostáticamente unido el Verbo, superó en calidad a María.»[1]
La idea de la transparencia de la Virgen María no es solamente una ocurrencia de este biógrafo de María, sino que se hace eco el mismo Catecismo de la Iglesia: «Jesús, el único Mediador, es el Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre es pura transparencia de él: María “muestra el Camino” [“Hodoghitria”], ella es su “signo”, según la iconografía tradicional de Oriente y Occidente.»[2]
El teólogo español Antonio Ducay señala que la transparencia de la Virgen es una de las líneas más claras de la mariología actual[3]. De Fiores también suscribe esa opinión, y señala que «La Vergine diventa —come sottolinea la tradizione ortodossa— «pneumatofora» e «pneumatiforme»: è portatrice dello Spirito e icona che lo rivela, sua «trasparenza personale».»[4]
Por último, una cita de San Juan Pablo II: «Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino.»[5]
Notas
[1] FEDERICO SUÁREZ, La Virgen nuestra Señora, Rialp, Madrid 1956, p. 119.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2674.
[3] Cf. ANTONIO DUCAY, La prediletta di Dio, Aracne, Roma 2013, p. 111.
[4] STEFANO DE FIORES, Maria. Nuovissimo Dizionario, EDB, Bologna 2006, vol. 2, p. 1727.
[5] JUAN PABLO II, Rosarium Virginis Mariae, n. 16.
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