Buscando el silencio

Cuando hablamos, producimos ruido, emitimos fonemas, chorreamos conceptos… y no estamos callados. Cuando se habla no se está en silencio. De alguna manera, la palabra es incompatible con el silencio. La palabra rompe el silencio. Y parece que si se está en silencio no hay comunicación, pues precisamente no hay palabras, no hay vehículo comunicativo. A priori, el silencio es incompatible con la comunicación.

De todas maneras, resulta más o menos evidente que las personas que se han hablado mucho, necesitan poco para comunicarse entre ellos. Para dos personas que llevan viviendo mucho tiempo una relación intensa, llega un momento en que necesitan pocas palabras. Y en ocasiones ninguna. Quizá porque ya se han intercambiado muchas, y muy variadas: palabras agudas, llanas e incluso esdrújulas, palabras rápidas o fugaces, palabras calmadas, palabras lentas, palabras susurradas, palabras gritadas, palabras suaves, palabras de acogida, de alegría o de enfado, palabras ásperas, de corrección, de perdón, de rectificación, de amor, de agradecimiento… Es probable que a medida que pasa el tiempo, las personas que se han hablado mucho, van gastando poco a poco su depósito de palabras, hasta que se quedan como secas de vocablos y términos, y sólo les queda la mirada. O sólo les basta, mejor dicho, esa mirada, los ojos. Ah, esa mirada lo decía todo: es un trending topic de la literatura, de la poesía, del cine, y de nuestra vida cotidiana. Hay miradas que matan, hay miradas que roban, hay miradas que enamoran, que perdonan, que odian, que alegran, que acercan. Hay miradas que dicen poco. Hay miradas que dicen mucho. Y hay miradas que lo dicen todo. ¿Pero cómo puede una mirada decir, estando callada? ¿Qué es la mirada? ¿Cuál es su contenido, si está callada? Mirarse, en definitiva, sería caer en la cuenta de la presencia del otro, y de que el otro también ha caído en la cuenta de que lo estamos mirando, de que somos una presencia para él. Es como un juego de presencias. Que el yo sea presente al tú, y que el tú sea presente al yo, y que ambos lo sepan. ¡Qué pareja tan hermosa / esta nuestra, Contemplado! / La mirada de mis ojos, / y tú, que te estoy mirando[1].

Retomando el hilo: podríamos decir que al inicio y al final de una relación entre dos personas hay mirada sin palabras. Antes hemos hablado del final, cuando ya se han gastado las palabras. Pero tampoco las hay al inicio. El bebé que ha sido amamantado tiene una cierta conciencia de la intimidad con su madre, pero aún no ha empezado a hablar. No necesita las palabras, aún no las ha aprendido. Está en silencio. Sin embargo, hay una cierta conciencia, un caer en la cuenta de ese juego de presencias: Tengo mi interior en paz y en silencio, como un niño destetado en el regazo de su madre (Salmo 131,2).

Resumiendo, podemos decir que al inicio y al final hay silencio, y en medio se despliega el enorme abanico de palabras. Pero al inicio y al final, hay silencio. Es probable que esos momentos de inicio y de final sean, por tanto, irrelevantes comunicativamente, pues transcurren precisamente en silencio. Pero también cabe la posibilidad de que sean momentos muy elocuentes, momentos en que la mirada lo dice todo. Quién sabe si el inicio y el final son los momentos más rudos comunicativamente… o los más sublimes.

Veamos la cuestión desde otro punto de vista. Dice la Biblia que en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios (Juan 1, 1): es el inicio del Evangelio de San Juan. Dios tiene una Palabra. En Dios hay Palabra, hay diálogo, comunicación. En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo (1 Hb 1-2). Dios ha hablado mucho a lo largo del Antiguo Testamento, a través de su Palabra, hasta que esa misma Palabra, al fin, se ha hecho presencia. Esa presencia de la Palabra es la Encarnación, es la venida de Jesucristo a la tierra. A lo largo de esa vida terrena, Jesucristo habló mucho: discursos, ejemplos, parábolas, oraciones y plegarias, profecías, diálogos con todo tipo de personas. Pero Cristo tampoco habló ni al inicio ni al final. En el momento inicial y en el momento final de la vida de Cristo reina el silencio. No hay palabras. En la Antífona de entrada del Día VI de la Octava de Navidad se recuerda ese momento inicial: Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos (Cf. Sb 18, 14). Ese es el primer momento de la vida de Cristo: la noche de Belén. Y el momento final es la Pasión y la muerte, en las que Jesús permanecía en silencio (Mt 26, 63). Al inicio y al final, reina el silencio. Lo más curioso es que, para la historia del arte, esos dos momentos han sido los más elocuentes: la mayor parte de los cuadros de temática cristiana son el nacimiento y la Cruz. El cristianismo, digamos, se resume en esas dos imágenes, en esos dos tags, que son dos momentos de silencio. La Palabra, en esos instantes, no puede hablar, permanece callada, no emite fonemas. Sin embargo, no deja de ser La Palabra. Es decir, de alguna manera sigue hablando, aunque sea en silencio. Sin palabras. Dos momentos de silencio en que la Palabra no deja de ser Palabra. Paradoja. ¿Y qué tienen en común esos dos momentos de silencio? Lo que tienen en común, si fijamos bien la atención, es la presencia de la Virgen María. La Virgen María aparecerá en otros momentos del Evangelio, pero de alguna manera su papel está siempre asociado al silencio:  María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón (Lc 2, 19; 2, 51). Al inicio y al final también se encuentra la Madre, guardando y ponderando, igualmente silenciosa. Inicio y final son dos momentos en que la Palabra está en silencio, pero también su Madre. No es que la Palabra esté en silencio, e igualmente su Madre, sino que la Palabra está en silencio con su Madre, y la Madre se encuentra en silencio con su Hijo. Madre e Hijo en silencio, juntos. Esto nos lleva a pensar que el silencio, entonces, puede llegar a ser muy comunicativo, especialmente en un momento de dolor como la crucifixión. En esos momentos sobran las palabras y basta la presencia. Copio una frase de la carta que el Papa Francisco ha mandado a los habitantes de Génova, un año después del accidente del Ponte Morandi: Oggi voglio dirvi una cosa innanzitutto: sappiate che non siete soli. Sappiate che non siete mai soli. Sappiate che Dio nostro Padre ha risposto al nostro grido e alla nostra domanda non con parole, ma con una presenza che ci accompagna, quella di Suo Figlio[2]. Madre e Hijo comunican estando en silencio, en la medida en que ese silencio es un estar juntos, un mirarse, un decirlo todo con los ojos. Stabat Mater. Que una mirada lo diga todo significa que, en el fondo, cuando miramos al otro, especialmente a la persona que amamos, nos comunicamos nosotros mismos. No comunicamos palabras (ya lo hemos dicho, estamos en silencio), sino que comunicamos nuestro yo entero. Por eso las miradas sinceras pueden ser tan vergonzosas… o tan pacificadoras. La mirada exige ser acogida en silencio, y es lo que hace María. En otras palabras: la persona sólo puede ser acogida de verdad por otra persona que la ame. Y esa acogida tiene lugar en el silencio, a través de la mirada. La mirada necesita ese silencio. Es entonces cuando esas miradas pueden llegar al corazón, y cuando el corazón se puede entregar a la otra persona en una sola mirada. Estamos, por tanto, ante el momento comunicativo por excelencia: no se comunican palabras, se comunica la persona entera. Se comunica su corazón. Es lo que subraya el libro de los Proverbios: Dame, hijo tu corazón, y que tus ojos guarden mis caminos (Proverbios 23, 26). Si me miras, me das el corazón. Mírame y tu corazón estará dentro de Mí. Mírame y te salvarás, pues estarás mirando a Dios, estarás poniendo tu corazón dentro del Suyo. Es exactamente lo que Pedro Salinas le dijo al mar, quizá pensando que era Dios: Tal vez tu eternidad,/ vuelta luz, por los ojos se nos entre./ Y de tanto mirarte, nos salvemos[3]. Volviendo a las palabras del Papa: la Palabra se ha hecho presencia, se ha encarnado, y nos ha dirigido muchas palabras. Pero en el momento comunicativo por excelencia, cuando ha querido dársenos Él mismo, se ha callado, y ha mirado a su Madre. Y en esa mirada todo Él se ha volcado. Y gracias a la acogida de María, todos nos hemos beneficiado.

El encuentro de Cristo con su madre
la mirada que cruzaron durante un segundo
es el episodio de la pasión que ha consumido más ángeles en
     /su llamarada
es la comunicación más secreta que el otro mundo haya hecho
     /a éste
es la teología de la historia en estado de trasparencia
es la santidad del sufrimiento que se miró al espejo y se
     /encontró igual
es el amor a primera vista más doloroso que haya
     /experimentado Dios
es el segundo que ha durado más siglos de transfixión
es la mirada más completa que Dios ha lanzado al mundo
que Dios ha dejado al mundo como reliquia la más completa
     /de sus propios ojos
y que la santa madre Iglesia guarda casi intacta en su corazón.[4]

eres diez siglos de arteEres diez siglos de Arte. Publicidad del Museo de Bellas Artes de Bilbao. 2010

 

Hay quien dice que hoy en día están más llenos los museos que las iglesias, y que ahora los museos son como las iglesias de otras épocas. Es decir: la función que en otros tiempos desempeñaban las iglesias, ahora la desempeñan los museos. En una palabra: los museos han sustituido a las iglesias, y éstas han quedado obsoletas. Y no les falta razón, pues lo que en las iglesias y en los museos se busca, es, invariablemente, lo mismo: un refugio, un espacio de silencio. Un recinto en el que encontrar presencias reales (Steiner). Un lugar silencioso en el que poder desplegar la mirada para descubrir la presencia de otras cosas. Y quizá fantasear con la ilusión de que también nosotros podamos ser una presencia para esas obras, para esas formas, para esos personajes creados por el talento humano. Incluso… (y quizá ese es el quid), ansiar que podamos ser una presencia para ese más o menos vaporoso genio artístico que ha generado esas obras y que revolotea fantasmagóricamente por las salas de exposición. Una presencia para ese logos, para ese silencio, para ese genius loci, para ese diosecillo. Para ese no-se-sabe-qué. En definitiva, pienso que cuando vamos a un museo o a una iglesia, buscamos esa mirada, una mirada que esperamos sea capaz de acogernos, en silencio. Que pueda asumirnos, también cuando tenemos dolores de cabeza. Es una mirada necesariamente maternal, pues es de acogida. ¡Ojalá encontráramos esa mirada! ¿Y qué mirada nos daría la mayor garantía de ello, sino la de quien fue capaz de acoger en silencio a la misma Palabra que lo había creado todo, incluso a Ella misma? Es la mirada más segura. La mirada de la persona más experta en silencio a nivel mundial. La mirada de la Madre del Creador, la Madre de todos los posibles genius loci. De todos los posibles no-se-sabe-qué. De todos los posibles logos. De todos los artistas del mundo. La mirada de la Madre de Dios.

 

Notas


[1] Pedro Salinas, El Contemplado, en Poesías completas, Alianza Editorial, Madrid 1993, vol. V, p. 158.

[2] Carta del Papa Francisco, publicada en el diario Il XIX Secolo, 13 agosto 2019.

[3] Pedro Salinas, El Contemplado, en Poesías completas, Alianza Editorial, Madrid 1993, vol. V, p. 185.

[4] José Miguel Ibáñez Langlois, El libro de la Pasión, VI. El Via Crucis, 3.

 

 

 


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2 comentarios en “Buscando el silencio

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