Existen muchas obras de arte que retratan la pietà, ese abrazo con el que la Virgen acogió a su Hijo muerto. Ese abrazo entrañable y doloroso en el que descansó el Cuerpo del Hijo cuando fue desclavado de la Cruz. Ese abrazo en el que queda retratada la vida de ambos, Madre e Hijo. ¿Pero qué sucedió cuando falleció la Virgen? Su Hijo ya no vivía en la tierra desde hacía un montón de años, pero es absurdo pensar que la Madre de Dios muriera desamparada de su Creador, del Hijo al que Ella había abrazado siempre. Muchos artistas han retratado ese momento, el momento del tránsito de la Virgen, de su muerte, de su paso de la tierra al Cielo. Y en esas imágenes han plasmado al Hijo recibiendo el alma de la Virgen, acogiéndola, devolviéndole el abrazo de la Cruz. Es un trending topic de las pinturas y miniaturas medievales. Pero hay un pintor que quizá es un poco más explícito en esto: Neri di Bicci. La Virgen, recién fallecida, en el momento en que es recibida por su Hijo, en el que es abrazada en el seno de Dios, y coronada por Él. Es el entrañable momento en el que, con todo el Cielo expectante, el Hijo corona y recibe a su Madre, devolviéndole el viejo abrazo del Calvario. La Virgen, apoyada en el regazo del Hijo, mira hacia abajo, hacia la Cruz, recordando el antiguo abrazo. El que fue un abrazo lleno de dolor, ahora es un abrazo lleno de gozo. La que ofreció el regazo a su Hijo, ahora es acogida en el regazo de Éste. San Juan Damasceno también plasmó este paralelismo en uno de sus escritos. Abrazo por abrazo, llanto por gozo, regazo por regazo, Cruz por Victoria.
Neri di Bicci – L’Incoronazione della Vergine con angeli e santi, 1470-1475, Walters Art Museum (USA)
Entiendo que a continuación ocurrieron unos hechos que fueron como el coronamiento de los anteriores. Me refiero a la llegada del Rey celestial junto a su propia Madre, para recibir en sus divinas y purísimas manos el alma santa e incólume de toda mancha, de la Virgen. Ella pronunció entonces estas oportunas y apropiadas palabras: «A tus manos, Hijo mío, encomiendo mi espíritu. Recibe, pues, mi alma que tanto amas y que preservaste de toda culpa. A ti y no a la tierra entrego mi cuerpo. Guarda sano y salvo este cuerpo en el que te dignaste habitar y cuya virginidad preservaste cuando naciste. Llévame contigo para que donde tú estás, esté también yo, habitando en tu compañía. Voy presurosa hacia ti, que bajaste a mi seno sin causar detrimento alguno. Al producirse mi tránsito, consuela a estos amadísimos hijos míos, a quienes te dignaste llamar hermanos tuyos. Cuando yo extienda sobre ellos mis manos para bendecirles, otórgales también tu bendición». Seguidamente, alzando ella las manos, bendijo a los que estaban reunidos. Entonces el Señor dirigió a la Virgen estas palabras: «Ven a mi descanso, oh bendita Madre mía. Levántate, ven, amiga mía, la más hermosa entre las mujeres. Ha pasado el invierno y llega el tiempo de la poda (Ct 2, 10-11). Eres toda hermosa, amiga mía y no hay en ti mancha alguna (Ct 4, 7). El aroma de tus perfumes sobrepuja toda fragancia (Ct 4, 10)». Después de haber escuchado estas cosas, la Virgen santa entregó su espíritu en las manos de su Hijo (San Juan Damasceno, II homilía sobre la Dormición, en Guillermo Pons Pons (ed.), Juan Damasceno. Homilías cristológicas y marianas, Ciudad Nueva, Madrid 1996, p. 184)
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