
Sanzio, Raffaello – Virgen de la Rosa, 1517, Museo del Prado
En la Biblia hay muchas referencias a la viña o jardín que plantó el Señor. Ese terreno es como una imagen del lugar en el que los hombres pueden entrar en contacto con Dios, es el escenario donde el Creador habla a los hombres. Y por eso es como una imagen de la existencia: los hombres han sido creados por Dios, plantados en una tierra, en una viña. Y hay de todo en la viña del Señor, como se suele decir popularmente: «produzca la tierra hierba verde, plantas con semilla, y árboles frutales sobre la tierra que den fruto según su especie, con semilla dentro. Y así fue. (Génesis 1, 11)». En ese jardín, ya desde el primer libro de la Biblia (el Génesis), cobran gran protagonismo los árboles. A lo largo de toda la Escritura se va desarrollando sutilmente la metáfora del árbol como imagen del ser humano. El profeta Isaías, hablando del día de la salvación, dice: «Todos los árboles del campo aplaudirán. En vez de la zarza se alzará el ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá el arrayán. Servirá de honra para el Señor, de signo eterno que no será quitado (Isaías 55, 12-13)». El profeta Joel describe la desolación de los hombres y anima al pueblo a la esperanza que Dios les ha prometido. Es como una antropologización de la viña y de los árboles: «La viña está seca, la higuera, marchita; el granado, la palmera, el manzano, todos los árboles del campo, se han secado, porque desapareció la alegría de los hijos de Adán (…) »¡No temas, tierra; alégrate y regocíjate, porque el Señor actúa de modo grandioso. No temáis, bestias del campo, que los pastizales del desierto reverdecerán, que los árboles volverán a dar su fruto, la higuera y la viña darán sus riquezas (Joel 1, 12. 2, 21-22)». Los árboles con fruto son, de alguna manera, los hombres alegres, pues viven de la promesa divina, de la esperanza. Los árboles secos son los que han perdido la confianza en el Señor, y se han desesperado. Por eso Isaías grita: «Que no diga el eunuco: “No soy más que un árbol seco”, Porque esto dice el Señor: (…) les daré nombre eterno que no será borrado (Isaías 56, 3-4.5)». El Salmo 92 también recoge esa promesa de esperanza: «El justo florecerá como palmera, crecerá como cedro del Líbano (Salmo 92, 13)». La esposa del Cantar de los Cantares habla así de su amado: «Como manzano entre árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes (Cantar de los Cantares 2, 3)». De todas maneras, el árbol, en su grandeza, corre el peligro de volverse altivo, insoportable. Es lo que describe el profeta Ezequiel, comparando al pueblo de Egipto con un gran árbol que se ensoberbece (ver Ezequiel 31, 1-18). Esto también sucede al rey Nabucodonosor, que en uno de sus sueños tiene la visión de un gran árbol. Para desentrañar el significado de ese sueño, es necesaria la ayuda del profeta Daniel (ver Daniel 4, 1-24). Ya en el Nuevo Testamento, Cristo mismo usa la metáfora del árbol, explicando que el árbol bueno produce frutos buenos; y, que, por tanto, los árboles serán conocidos por sus frutos (cf. Mt 7, 15-20).
Volviendo al dicho popular, decíamos que en la viña del Señor hay de todo. Dios ha pensado hasta en la hierba: «La gente de la ciudad florecerá como hierba del campo (Salmo 72, 16)».Y, sin lugar a dudas, Dios también ha pensado en las flores. El lugar que ocupan las flores en la descripción de la viña o del jardín del Señor es mucho menor. Es un papel como más humilde o discreto, quizá en la misma medida en la que las flores, comparadas con los árboles, son mucho más pequeñas, más frágiles, más insignificantes. La misma esposa del Cantar de los Cantares se ve como una flor ante su amado: «Soy un narciso de Sarón, una azucena de los valles». Y así también la ve el amado: «Como azucena entre espinas así es mi amada entre las muchachas (Cantar de los Cantares 2, 1.2)». Cristo también usa la metáfora de la flor, como personificando los lirios del campo: «Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos (Mateo 6, 28-29)». Y es cierto que el hombre, en su condición de fragilidad, también puede verse como una flor en la viña del Señor: «¡El hombre! Como el heno son sus días: florece como flor silvestre; sobre él pasa el viento y no subsiste, ni se reconoce más su sitio (Salmo 103, 15-16)». Supongo que la tentación de la flor podría consistir, muy probablemente, en dejarse llevar por la envidia de los árboles grandes: más fuertes, más altos, más firmes, más seguros. Pero Dios cuenta con una variedad grande en su viña, y no pide que las flores sueñen con ser árboles. De hecho, Ben Sirac, uno de los escritores del Antiguo Testamento, anima a las flores: «Hijos piadosos, escuchadme y creced como rosal a la orilla de una corriente de agua. Como incienso esparcid buen perfume, echad flores como el lirio (Eclesiástico 39, 17-19)». En estas palabras maternales, por cierto, la liturgia ha entrevisto la actitud de la Virgen María hacia sus hijos. Santa Teresa del Niño Jesús, en el siglo XIX, también se sentía muy orgullosa de ser una flor en la viña del Señor. Basta leer el primer capítulo de su autobiografía, del que copiamos sólo la primera frase: «Historia primaveral de una Florecita blanca, escrita por ella misma y dedicada a la Reverenda Madre Inés de Jesús (Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma)». Esa tentación de ahogar a las flores es descrita en el Cantar de los Cantares como una invasión de raposas, que conviene evitar, pues podría impedir la unión de los dos amados, del alma y Dios, que tiene lugar en la viña. El Cantar de los Cantares lo materializa en una súplica: «Cazadnos las raposas, las pequeñas raposas que destrozan las viñas, nuestras viñas en flor (Cantar de los Cantares 2, 15)». De alguna manera, a las flores conviene protegerlas del deseo sofocante de ser árboles. No serían capaces, no podrían asumir tanto peso. Y perderían el papel que desempeñan en el jardín. Esta actitud de enseñar a asumir la propia condición débil es lo que, en el fondo, Cristo hace con muchos enfermos del Evangelio. Por ejemplo, con el paralítico de Betzata (Juan 5, 1-18). Cristo le dice: «Toma tu camilla y anda». No le pide que deje la camilla, sino que la lleve a cuestas. Esa camilla será para él como un recuerdo de su debilidad, de su enfermedad. Leyendo así el Evangelio, es evidente que Cristo (el Dios encarnado) despliega una gran predilección por lo débil, que, en lugar de ser destruido, viene fortificado. Así Cristo se presenta como el Siervo profetizado por Isaías, que «no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo vacilante (Isaías 42, 3)». Él es quien caza las raposas de la viña para que no se ahoguen las flores.
Ese Cristo Médico es el mismo Dios, el Dios Fuerte, que en el Antiguo Testamento es presentado como Roca. Cristo es la Roca que soporta el peso de la redención, ante quién se deben alzar los dinteles (cf. Salmo 24, 7). Esa imagen del Cristo poderoso, Pantocrátor, Salvador, Roca… es indudablemente más cercana al árbol que a la flor. La tradición, de hecho, la visto la Cruz redentora como árbol frondoso, «arbor una nobilis«; como árbol del que pende la redención, ya que «tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros dolores (Isaías 53, 4)». Es un Dios en el que se puede confiar… ¿pero es un Dios con el que las flores se podrían identificar? En la Carta a los hebreos podemos encontrar alguna pista, «porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino que, de manera semejante a nosotros, ha sido probado en todo, excepto en el pecado (Carta a los hebreos 4, 15)». De manera semejante a nosotros, dice el texto bíblico. Por lo tanto, ¿de manera también semejante a las flores? Pienso que la Escritura no deja pistas para poder entrever un claro paralelismo entre el Cristo redentor y la flor. La Escritura no…pero sí algunos grandes escritores cristianos:
«María es «el parterre de aromas santos, cultivado por el jardinero celeste, deleitablemente verdoso de bellísimas flores de todas las virtudes… de estas flores ha salido aquella flor, la más bella del paraíso, sobre la que reposó el Espíritu del Señor (EGBERTO DE SCHÖNAU, In nativitate Beatae Mariae Virginis, PL 95, 1514, citado en JUAN LUIS BASTERO DE ELEIZALDE, El Espíritu Santo y María, EUNSA, Navarra 2010, p. 147.)»
«¡Oh, María! Virgen admirable más que toda otra criatura nobilísima: tú eres el campo elegido, tú la tierra bendita que ningún hombre, ni siquiera Adán debía trabajar. Por eso ninguna espina ni abrojo podían germinar en ella, sino regada por el rocío del Espíritu Santo debía germinar una sola bellísima flor, tu Hijo Unigénito. (SAN FRANCISCO MARÍA FASANI, Mariale. Introduzione allegorico-spirituale del Cantico dei Cantici (Francesco Costa curavit), Padua 1986, cap. II, n. 21, p. 67; citado en JUAN LUIS BASTERO DE ELEIZALDE, El Espíritu Santo y María, EUNSA, Navarra 2010, p. 253)».
«Debes temer, pecador, si separas a Cristo de María, pero en los brazos de esta amable Reina ruégale sin desconfianza, porque es la misericordia sobre su pedestal, la flor sobre su tallo, el agua en su océano (J. TISSOT, El arte de aprovechar nuestras faltas, Palabra, Madrid 1972, p. 156)».
«Flos de radice Jesse | est natus hodie. | Quem nobis jam adesse | laetamur unice. | Flos ille Jesus est. | Maria Virgo radix de qua flos ortus est. (Fragmento del himno latino Flos de radice Jesse est natus hodie, que, según parece, está basado en una canción alemana de Navidad del s.XV, titulada Es ist ein Ros entsprungen)».
«Esta es la Virgen María, Madre de Dios, la mística vara que, brotada de estirpe real, alumbró al almendro de la flor divina, Jesucristo, Rey y Salvador de todos, al que debemos tributar honor y gloria por los siglos (Tomás de Kempis, La imitación de María, Libro IV: Rogar y cantar a María)».
Si Cristo, nacido de María, es como la flor de la redención, queda como evidente que Cristo ha asumido, ciertamente, nuestra misma debilidad, hasta identificarse con ella. Y nosotros, en nuestra debilidad, podemos identificarnos con el Cristo crucificado, pues «con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gálatas 2, 20)». Cristo es la Flor de la redención: es la Rosa coronada de espinas, que ha subido a una Cruz asumiendo nuestras debilidades. Él es el verdadero “hijo piadoso que ha crecido como rosal (cf. Eclesiástico 39, 17-19)”: por eso lo encontramos entre espinas. Él es el hijo de María, el Niño del cuadro de Rafael al que San Juan, también niño, llama “Agnus Dei”, en premonición de su Pasión, y en presencia de María. Es el Niño y es también la Rosa a los pies del Niño. La Rosa depositada encima de la madera. La Rosa que será depositada en la Cruz de madera. La Rosa que será coronada de espinas, al mismo tiempo que será reconocida como Agnus Dei. Sangre derramada. Rosa entre espinas. Cruz y Crucificado. Leño y flor.
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¡Muchas gracias! Es una preciosidad que da mucho que pensar y asumir en la propia vida
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Gracias por leernos @Laura! Es muy gratificante poder recibir este tipo de feedback! …Gracias! … y no te olvides de leer otros posts!
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Muchas gracias amigos! Muy bonito!
Me ha recordado una oración que decía de pequeño con toda mi familia durante el mes de mayo:
¡Oh Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra!, siempre te amamos, siempre te invocamos, siempre nos consagramos a Ti. Pero especialmente queremos hacerlo en este mes de las flores, que los cristianos dedican a tu amor. ¡Oh flor de todas las virtudes y árbol de todas las gracias, cuyo fruto es Nuestro Señor Jesucristo! Haz que en nuestras almas florezcan todas las virtudes y gracias de Dios, y fructifique Nuestro Señor Jesucristo en santidad y gracia. Y, pues eres fuente sellada y pura, no permitas que se sequen jamás en nuestras almas la flor de tu devoción y el fruto del amor a Jesucristo, tu Hijo.
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Gracias @Víctor! Me guardo la oración! Nos vemos pronto!
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