
Magritte, René – El arte de la conversación, 1963, colección particular.
En el año 44 a.C., hace más de 2000 años, el filósofo Cicerón ofrecía en su De Officiis algunas pautas para la conversación virtuosa: «existen (…) muchas conversaciones, bien de cuestiones privadas, o de política, o sobre las artes y el saber. Así que es preciso esforzarse para que, si empieza a deslizarse por malos derroteros, el discurso regrese a estas otras cosas. Pero sea como sea, (pues no todos disfrutamos con lo mismo, ni en todas las ocasiones) se debe estar al tanto de hasta qué punto la conversación resulta agradable, y lo mismo que hay una razón para empezar, haya también medida para dejar de hablar»[1]. En la conversación conviene ser moderados y huir de los excesos, como en la vida. Así, es mejor «que no se manifieste ira ni pasión alguna, ni pereza, ni cobardía ni nada por el estilo»[2]. «La conversación –continua el maestro– , en la que los socráticos destacan sobremanera, sea moderada y en absoluto insistente; que haya en ella ingenio y no excluya a otros, como si estuviese en posesión de la palabra.»[3] Efectivamente, ningún ser humano posee toda la palabra, toda palabra, todo discurso sobre algo: nadie tiene absolutamente razón sobre nada. Es decir, las cosas son tan complejas y tan “otras” que escapan a nuestro intento de abarcarlas con palabras. Las «cosas según su existencia propia resisten a la voluntad de ser englobadas, dominadas o absorbidas por el sujeto que conoce, ya que son reales, o sea tienen una existencia diversa del sujeto que conoce; expresan una alteridad radical e insuperable que separa el sujeto que conoce de la realidad conocida. El hombre puede conocer hasta el fondo un objeto concreto, hipotéticamente podría alcanzar un concepto perfecto, pero entre aquel concepto y el objeto en sí mismo (como realmente existente) habría un abismo. Luego, el hombre no puede nunca ‘comprender’ la cosa en sí, en su individualidad, en su trascendencia y alteridad, en su independencia; en todo caso podría englobarla y dominarla sólo destruyéndolas»[4]. Por ello, no estamos en posesión de la palabra, de toda palabra, de todo el contenido de cualquier conversación. Y por eso, en la conversación nos hemos de mostrar virtuosos, como indica Cicerón.
Por otro lado, quisiera llamar la atención sobre el primer versículo del Evangelio de San Juan: In principio erat Verbum, «Al inicio era el Verbo», la Palabra (Juan 1,1). Al inicio solo existía la Palabra, Dios, que es Palabra creadora. Esa Palabra, por tanto, es la Palabra absoluta, la Palabra cósmica, la Palabra universal, que lo ha dicho todo, y que nos ha sido pronunciada en la Encarnación de Jesucristo, 50 años más tarde que el De Officiis de Cicerón, como enseña la doctrina cristiana. «Así también Dios, queriendo manifestarse a los hombres en el tiempo, revistió de carne su Verbo concebido por él desde toda la eternidad. Y así, nadie puede llegar al conocimiento del Padre sino por el Hijo.»[5] Esa doctrina cristiana también enseña que los amigos de Jesucristo (del Verbo) están en posesión de Él. Están en posesión de esa Palabra Total. Que es Total, sí, pero al mismo se dejó clavar en una Cruz, muriendo por sus oyentes. ¿Cómo sería, pues, la conversación de alguien que posee ese Verbo? ¿Cómo sería la conversación de alguien en posesión de la Palabra creadora? No es una conversación abstracta, ciertamente, pues El Verbo se hizo carne. Es una conversación humana, muy humana, que puede ser surcada por el dolor y lo absurdo. Es una conversación en tensión, entre lo temporal y lo eterno. Entre el límite y lo ilimitado. San Pablo respondió a Cicerón 120 años más tarde: si poseemos el Verbo de Dios, «Nuestra conversación está en los cielos (Filipenses 3, 20)».
[1] Cicerón, Sobre los deberes, Libro I, 10, en Carmen Castillo, Cicerón. Sobre los deberes [Selección], Rialp, Madrid 2022, p. 39.
[2] Íbidem, p.40.
[3] Íbidem, p. 39.
[4] Paul O’Callaghan, en sus apuntes de su curso La metafísica cristiana (Roma, 2000).
[5] Santo Tomás de Aquino, In Ioan. 7, 16 (nº 1037); citado en Gilles Emery, La teología trinitaria de Santo Tomás de Aquino, Ediciones Secretariado Trinitario, Salamanca 2008, p. 289.
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