
David La Chapelle – Last Supper, 2003. Moco Museum (Barcelona)
¿Quién puede imaginar un instante que unos pobres aventureros judíos, venidos para enseñar absurdidades en países lejanos y hostiles, hayan podido sin espada, sin dinero, sin instrucción, cambiar pacíficamente la faz del mundo antiguo? ¡Es imposible! ¿De dónde sacaron la idea absurda de sostener hasta una muerte violenta una superchería inventada por ellos? ¿Y de dónde sacan el coraje y la obstinación para llevar a cabo ese proyecto?[1]
Es ciertamente inexplicable que unos hombres tan simples como los Doce Apóstoles pudieran cambiar el panorama religioso del mediterráneo en pocos años. Efectivamente, los Doce de Cristo no eran la élite social del momento: más bien eran un grupo de pescadores ignorantes y sin cultura. En la misma Biblia se dice que homines essent sine litteris et idiotae (en palabras más elegantes, eran hombres sin letras y sin cultura, Hechos 4, 13). No estaban en el top cultural, ni social, ni económico del momento. Habían sido arrancados del mar, y al mar volvieron cuando murió su Maestro (Cfr. Juan 21, 1-3). Es decir, cuando Cristo falleció, se apagaron todas sus esperanzas, y volvieron a su comfort zone, a lo que sabían hacer: volvieron a pescar igual que antes, como si nada hubiera pasado en los últimos tres años: hasta en eso demostraron ser muy cortos de miras, muy pueblerinos, muy humildes.
Los relatos de la Biblia también los describen como cobardes: Entonces, lo abandonaron [¡al Maestro!], y huyeron todos (Marcos 14, 50). El mismo Cristo profetizó la traición del más prestigioso de ellos: ¿Tú darás la vida por mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces (Juan 13, 38). Eran mezquinos, discutiendo más de una vez sobre quién sería el mayor (Marcos 10, 34), el mejor entre ellos (Cfr. Lucas 9, 46). Seguían a un Maestro que no entendían: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y aún no me has conocido, Felipe? (Juan 14, 9). Y en el momento más crucial, cuando tenían que sostener al Maestro en su agonía, se quedaron dormidos (Cfr. Mateo 26, 40-43).
Romano Guardini señala algunos defectos de los Doce: Pedro (…) era precipitado. El corazón y las palabras escapaban a su control tanto para lo bueno como para lo malo. Era muy fácil de influir, tal vez tengamos que llamarle inconstante. Se anuncia un verdadero milagro del poder divino cuando se nos dice que va a ser Pedro la “piedra” (Mt., XVI, 18), por su temperamento lo era todo, menos eso… También Juan tenía sus defectos. La leyenda y el arte ha desdibujado su imagen. No era en absoluto el discípulo delicado y afectuoso naturalmente inclinado al amor. Su pensamiento volaba más alto que el de los demás apóstoles; pero también era apasionado y llevaba en sí el germen de la intransigencia y dureza. Claramente lo vemos cuando pide que Samaría corra la misma suerte que Sodoma y Gomorra. También en sus escritos hay pasajes que rezuman dureza extrema. Si habla tan a menudo de la caridad y la comprende tan bien, puede ser que sea precisamente porque en un principio fue ajena a su naturaleza, sobre todo la caridad bondadosa, porque hay amor que tiene otro carácter… Tampoco Tomás era perfecto. Era desconfiado: sólo creía lo que veía; y las palabras de «bienaventurados los que no ven y no obstante creen» vienen a decir que estuvo muy en peligro de no ser bienaventurado… Judas tenía asimismo sus defectos. San Juan, el Evangelista, subraya con especial dureza uno de ellos, el que más salta a la vista: era avariento[2].
En fin, es un misterio el cómo unos hombres tan poco elevados, pudieran adherirse (y morir) por un ideal tan alto como el que proponía Cristo. Se adhirieron, en efecto, hasta dar la vida por ello, y esa coherencia es lo que les hizo creíbles. Triunfaron por ser coherentemente perdedores, hasta el final, como su Maestro, fiados en que es la Otra Vida la que cuenta, la que queda para la eternidad.
Se fueron lejos, solos, sin dinero, sin espadas, sin instrucción, es cierto, pero tienen al Espíritu Santo que Jesús les envió después de subir al cielo. Realizan milagros espectaculares, como Pedro resucitando a la viuda Tabita en Jafa. Viven en conformidad con lo que predican, la pobreza, el desinterés, la puesta en común, el perdón, el amor. La coherencia de su vida, los milagros que realizan y los sufrimientos que padecen tienen un extraordinario efecto estimulante. Los apóstoles no se contentan con palabras. Viven su fe, una fe que aman más que a sus vidas. Blaise Pascal escribe: «Creo en los testigos que se hacen degollar». Es el argumento decisivo que convenció a las multitudes en los inicios del cristianismo. Así, el destino de los cristianos perseguidos bajo Nerón no frenó la ola de conversiones. Al contrario, el testimonio de los mártires fue más fuerte que la persecución.[3]
[1] Michel-Yves Bolloré, Olivier Bonnassies, Dios. La ciencia. Las pruebas, Funambulista, Madrid 2023, p. 381
[2] Romano Guardini, El Señor (vol. II), Rialp, Madrid 1958, pp. 84-85
[3] Michel-Yves Bolloré, Olivier Bonnassies, op. cit., p. 391
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