
Eugène Delacroix –Christ on the Sea of Galilee, 1854, The Metropolitan Museum of Art (New York)
Después Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía (Mt 8, 23-24).
La experiencia de estar junto a un Dios dormido en la barca ha sido vivida también por otros seguidores de Jesús a lo largo de la historia.
Así, María Maravillas Pidal aconsejaba en una carta a una hermana: Viva siempre llena de fe, de confianza, dejando que el Señor guíe su barquilla y duerma si quiere en ella[1].
Teresa de Lisieux, hablando de los ejercicios espirituales que precedieron a su profesión, cuenta que no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros. Jesús dormía, como siempre, en mi navecilla. ¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría[2].
Lo que tienen en común los apóstoles de la escena evangélica y las dos mujeres citadas es que ya llevaban un buen tiempo conociendo y compartiendo su tiempo con Jesús de Nazaret, y en un momento tan inesperado como impredecible, el Maestro se duerme en su navecilla. Como se deduce de cada una de las tres citas, esta percepción del sueño de Dios no es vivida, ciertamente, como algo agradable o placentero al alma. Más bien se trata de una experiencia de silencio tan fuerte, que se hace insufrible, y en realidad tiene más de sepulcral que de silencio plácido. Benedicto XVI, de hecho, dice que la escena evangélica de Cristo dormido en la barca anticipa de un modo extraordinario el silencio del Sábado Santo y aparece una vez más, por tanto, como el retrato de nuestro momento histórico. Cristo duerme en una barca que, zarandeada por la tempestad, parece naufragar. (…) Dios duerme mientras sus cosas parecen naufragar, ¿no es ésta la experiencia de nuestra vida? La Iglesia, la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que parece naufragar, que lucha inútilmente contra las olas y el viento, mientras Dios está ausente?[3]
Una mística italiana, Santa Maria Maddalena de’ Pazzi, pedía a Cristo: eleggi il mio cuore per tua sepoltura (“elige mi corazón para tu sepultura”)[4]. Los sepulcros no están en mitad de las plazas de las ciudades, sino más bien en lugares apartados y alejados del ruido. La petición de la santa de Florencia expresa el deseo de que Cristo descanse en paz en ella, en cerrado huerto, en un lugar escondido, en algún sitio donde no haya nada más que ella y Dios. Esta petición, por tanto, entraña igualmente el deseo de vivir apartado en Dios, fuera del bullicio.
Otra mística, Santa Faustina Kowalska, lo expresaba así: Oh Jesús, Tú sabes cuán ardiente es mi deseo de esconderme para que nadie más me conozca, excepto Tu dulcísimo Corazón. Deseo ser una violeta pequeñita escondida entre las hierbas, desconocida en un magnífico jardín cerrado (…). Oh, cuánto me alegro de poder esconderme así[5].
La aspiración a una vida escondida en Dios, en la que Dios pueda dormir en el alma, es expresada igualmente en la Escritura. San Pablo escribe en una de sus cartas: Sentid las cosas de arriba, no las de la tierra. Pues habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Colosenses 3, 2-4). El seguidor de Cristo vive una vida “de arriba” por la gracia, y de alguna manera muere, en cierto sentido, a la vida “de la tierra” (es la lucha del hombre nuevo contra el hombre viejo, también descrito por San Pablo). La vida de arriba provoca el deseo de esconderse con Cristo, en jardín cerrado, y vivir sólo para Él. La verdadera vida del cristiano es Cristo (Cfr. Gal 2, 20), es decir, la vida de arriba, pero Cristo, tan cerca de sus seguidores, permanece en silencio, y por eso el alma lo experimenta con dolor, esperando el “tercer día” con ansia. El cristiano que vive esta experiencia no sabe cuándo despertará su Maestro, cuando se manifestará con claridad. Como diría la santa de Lisieux, Cristo dormido no se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría. La Biblia también advierte al cristiano para que no intente acortar forzadamente el tiempo de espera: No despertéis, no desveléis al amor, hasta que él quiera (Cantar de los Cantares 8, 4).
Mi sepulcro antes vivo
pobre pecho sepultado.
Gélido de esperanzas
y tumba de los afectos.
De la tierra sale un grito,
verso seco, limpia sábana:
¡Pasad dentro y descansad!
La respuesta: ¡Esperadme!
Bajo tierra, larga noche.
No despertéis al amor.
Esperadme hasta que quiera.
[1] Santa Maravillas de Jesús, Pensamientos, ed. Carmelitas Descalzas La Aldehuela, Getafe (Madrid), 2021, p. 23
[2] Santa Santa Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos. Manuscrito dedicado a la Reverenda Madre Inés de Jesús. Manuscrito A. Capítulo VIII
[3] Joseph Ratzinger/ Benedicto XVI, La muerte de Cristo. Meditaciones sobre la Semana Santa, Encuentro, Madrid 2013, p. 15
[4] Santa Maria Maddalena de’ Pazzi, I quaranta giorni, a cura di Maurizia Rolfo, Sellerio editore Palermo, Palermo 1996, p. 124
[5] Santa Faustina Kowalska, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Padres Marianos de la ICSVM, Stockbridge, 2001, párrafo 591; citado en P. Henoc Tailleau, Mi doctorcito. Una Teresita aún por descubrir, Doux Jésus (edición española Asociación Mi Doctorcito), 2018, p. 277
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Espléndido, sublime…
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