Ver el rostro de Dios

«Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo.
¿Cuándo podré ver el rostro de Dios?»

Salmo 41,3

El rostro de Jesús ha sido, sin duda, el más representado en la historia del arte. Ninguna otra figura ha captado tanto la atención, la devoción y el anhelo del ser humano a lo largo de los siglos. Entre todos esos rostros que emergen de lienzos, frescos y esculturas, el que se nos presenta en la Sábana Santa de Turín sobresale de manera única.

Ya sea que lo consideremos un «autorretrato» divino, el resultado de un proceso natural inexplicable o una obra maestra de un artista medieval, este rostro nos invita a detenernos y ceder al asombro. Ante esta imagen, la mera observación se transforma en una experiencia que trasciende lo material; se convierte en una llamada a despertar nuestra capacidad de ver con los ojos del alma.

En el ámbito del arte, existe una profunda necesidad de recuperar esa visión interior, una percepción que va más allá de la simple captación de fotones. Esta invitación a ver con los ojos del espíritu es un desafío a trascender la superficie y descubrir lo que se esconde detrás de lo visible. ¿Qué es lo que realmente «vemos» cuando miramos el rostro de Cristo en la Sábana Santa?

Dejamos a continuación para contemplar tranquilamente el anverso y reverso de la Sabana de Turín, tanto en positivo como en negativo.

Erik Varden nos recuerda la sabiduría del desierto, mencionando a Abba Apolo, de quien se decía que «tenía ojos para ver». Esta afirmación, aunque aparentemente simple, encierra una verdad profunda. Una cámara puede captar con precisión la realidad, pero nunca verá más allá de ella. La visión humana está destinada a algo mucho más trascendental que la mera observación material; es un medio para acceder a una verdad más elevada.

Un hombre puede estar ciego a pesar de tener los ojos abiertos, incapaz de ver la Verdad que se le presenta constantemente ante sus ojos. Esta ceguera espiritual es una condición que nos separa de la experiencia plena de la realidad.

Las Bienaventuranzas nos prometen que Dios es visible para los puros de corazón: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). La sabiduría monástica toma en serio esta promesa, reconociendo que la verdadera visión no es meramente física, sino espiritual. Es el tipo de visión que se abre en respuesta a una oración humilde, como la del ciego Bartimeo: «¡Señor, que yo pueda ver!» (Mc 10, 51). La verdadera visión comienza con el deseo de ver el mundo tal cual es, con reverencia y pureza, deseando encontrar en lo visible una conexión con lo eterno, pero liberado de la necesidad de poseerlo.

Este desapego es esencial para la visión espiritual. «No busques poseer, solo ver», nos aconsejan los místicos. El verdadero acto de ver requiere un despojo de los hábitos que oscurecen nuestra naturaleza, que está creada para ser luz. Ver de verdad es ser transformado por lo que se contempla, una transformación que va más allá de la simple adaptación de la realidad a nuestros deseos. Es un llamado a conformar nuestra vida a la realidad divina que se nos revela. 1

  1. Cfr. Erik Varden, Castidad: La reconciliación de los sentidos, Ver con claridad. ↩︎


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