En su cuadro Cristo bendiciendo, Giovanni Bellini nos ofrece una imagen inusual del Resucitado. No hay gloria dorada ni triunfalismo: lo que vemos es un Cristo marcado, cansado, profundamente humano. Esta figura que levanta la mano en bendición no oculta lo sufrido, sino que lo muestra, incluso parece aferrarse a ello. El agujero en la vestidura —abierto no por violencia, sino por las propias manos— revela una herida que no cicatriza. Es este detalle, aparentemente menor, el que detona en Navid Kermani una de las reflexiones más conmovedoras de su libro «Incrédulo asombro«.

Kermani no observa a un Cristo glorioso, sino a uno que conserva los signos del dolor, los rastros de la pasión, el agotamiento de quien ha atravesado la muerte. Su rostro hundido, la piel reseca, la boca entreabierta: todo dice que la resurrección no borra la historia del cuerpo, que la gloria no significa olvido. Y es ahí, precisamente, donde se enciende la esperanza. La redención no es una amnesia luminosa, sino una transformación que incluye y abraza todo lo vivido. El hecho de que Cristo aún cargue consigo las huellas del sufrimiento, que no las oculte, es lo que permite a cada uno reconocerse en él. Como escribe Kermani: «El resucitado no olvida nada a la vida, nada encubre al acto de morir». Esa fidelidad radical al dolor vivido, lejos de restar poder al milagro, lo hace verdaderamente humano.
En este sentido, la pintura de Bellini no ilustra una victoria abstracta sobre la muerte, sino una redención concreta, cercana: una que no niega el cansancio ni las heridas, sino que las transforma en signo de esperanza para los que aún caminan en medio del sufrimiento. La mano alzada bendice no desde la distancia, sino desde la experiencia compartida.
En el cuadro, sin embargo, todavía hay algo más que a mí me insufla más esperanza que el re-nacimiento prometido por sabios y pintores: «All my changes were there», reza un verso de la canción de Neil Young.
Empezando por la vestimenta. Siempre he pensado y en todos los cuadros he visto que, menos un sudario ceñido a la cadera, Jesús estaba desnudo cuando los siervos de la guerra lo clavaron en la cruz. En el cuadro de Bellini, sin embargo, lleva una vestidura que tiene un agujero justo sobre la herida. Eso significaría que la lanza rasgó la tela cuando traspasó el pecho de Jesús. ¿Es posible? Apenas: la herida discurre horizontal; el roto de la tela, por el contrario, en sentido vertical. Además, la vestidura no tiene manchas de sangre. No la ha desgarrado el cuchillo del esbirro, sino que claramente han sido dos manos, las mismas manos de Jesús, pues, para enseñar la herida que no ha cicatrizado, que quizá nunca llegue a cicatrizar.
También después de resucitar se le nota todo lo vivido, lo padecido. En sus mejillas, completamente hundidas, aún se marcan las privaciones, su piel está lívida de espanto, bajo sus ojos más que solo ojeras, bolsas oscuras de mal aspecto, bolsas de ojos como de un agotamiento excesivo, sus cabellos desgreñados, reseca la piel que el lavado no había conseguido dejar limpia. Su boca está ligeramente abierta, como si respirar todavía le costase esfuerzo: un evadido. Está feliz, sí, pero tan exhausto como alguien que, desahuciado tras una larga enfermedad, reaparece por vez primera en la puerta, o que después de una ardua batalla ganada con las últimas fuerzas levanta la mano en un gesto lacónico de triunfo -¿no están empezando a abrirse en la V de vici los dos dedos estirados?-. Se acabó, parece estar pensando, ya ha pasado todo. El libro de broche cerrado con cerrojo que aprieta contra su cuerpo, como si no estuviera dispuesto a prestarlo jamás, da testimonio de ello. El resucitado no olvida nada a la vida, nada encubre al acto de morir. Tanto más profunda siente la redención de haber vencido a la muerte. Tanto mayor es nuestra esperanza: la muerte puede ser vencida.»1
- Navid Kermani, Incrédulo Asombro, Editorial Trotta, Madrid 2018, pag 58. ↩︎
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