Os he llamado Amigos

«Ya no os llamo siervos… a vosotros os he llamado amigos.» (Juan 15,15)

Cabeza de Cristo, Rembrandt, Gemäldegalerie, Berlin

El Rostro de Cristo que pintó Rembrandt no necesita aureola ni trono. Solo un rostro humano, sereno, iluminado. Un rostro que podría ser el de cualquier hombre, y sin embargo transmite mucho más…

Rembrandt supo captar algo esencial al cristianismo: que Dios no quiso imponerse, sino acercarse, sin estruendo, sin distancia, sin privilegios. El que era eterno se dejó ver en un rostro humano. El que era todo poder, eligió la forma de un amigo.

Mirar este retrato me deja tranquilo. Hay paz en los ojos, comprensión en el gesto. No juzga. No se impone. Está. Y en ese estar, se nos revela quién es Dios: no un dominador lejano, sino un compañero fiel. La Encarnación es el corazón de todo: Dios se ha hecho hombre para que el hombre pueda tratar con Dios como con un igual. No porque seamos iguales, sino porque Él quiso venir a nuestro nivel. Con una humildad total. Y por eso, con una ternura tan inmensa.

¿Alguna vez te has emocionado al oír a alguien llamarte “amigo”? ¿Te das cuenta que Jesús te llama así? En esa palabra sencilla cabe una confianza enorme, la amistad es un vínculo que transforma. Eso mismo quiso Jesús: no ser servido, sino servir. No dominar, sino amar. No tener siervos, sino amigos.

Y ese es el rostro que Rembrandt nos deja: el rostro del Dios que ha querido ser nuestro amigo. No hay otro cristianismo más verdadero que ese. Un Dios con rostro, con voz, con manos. Un Dios que escucha. Que camina con nosotros. Que parte el pan. Que llama por el nombre.

Y que nos mira, como en este cuadro, con una ternura que no se olvida nunca.

Pueden servir las palabras de Benedicto XVI para seguir iluminando esta obra:

“El Señor nos dirige estas admirables palabras: ‘No os llamo ya siervos…, sino que os he llamado amigos’ (Jn 15,15). Muchas veces nos sentimos —y es la verdad— sólo siervos inútiles (cf. Lc 17,10). Y, sin embargo, el Señor nos llama amigos, nos hace amigos suyos, nos da su amistad. El Señor define la amistad de dos modos. No existen secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha del Padre; nos da toda su confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado, que llega hasta la locura de la cruz. Confía en nosotros, nos da el poder de hablar con su yo: ‘Este es mi cuerpo…’, ‘yo te absuelvo…’. Nos encomienda su cuerpo, la Iglesia. Encomienda a nuestras mentes débiles, a nuestras manos débiles, su verdad, el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio de Dios que ‘tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único’ (cf. Jn 3,16). Nos ha hecho amigos suyos, y nosotros, ¿cómo respondemos?

El segundo modo como Jesús define la amistad es la comunión de las voluntades. ‘Idem velle, idem nolle’, era también para los romanos la definición de amistad. ‘Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando’ (Jn 15,14). La amistad con Cristo coincide con lo que expresa la tercera petición del padrenuestro: ‘Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’. En la hora de Getsemaní Jesús transformó nuestra voluntad humana rebelde en voluntad conforme y unida a la voluntad divina. Sufrió todo el drama de nuestra autonomía y, precisamente poniendo nuestra voluntad en las manos de Dios, nos da la verdadera libertad: ‘No como quiero yo, sino como quieres tú’ (Mt 26,39). En esta comunión de voluntades se realiza nuestra redención: ser amigos de Jesús, convertirse en amigos de Jesús. Cuanto más amamos a Jesús, cuanto más lo conocemos, tanto más crece nuestra verdadera libertad, crece la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!”1

  1. Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), Misa «Pro Eligendo Pontifice». Homilía del Cardenal Joseph Ratzinger, Decano del Colegio Cardenalicio lunes 18 de abril de 2005, nn. 8-10. Lunes 18 de abril de 2005 ↩︎

Descubre más desde De Arte Sacra

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario