Edén Sepulcro

Giotto Compianto sul Cristo morto, 1303-1305, Cappella degli Scrovegni a Padova

Jesús falleció en la Cruz, condenado por su propio pueblo, con el visto bueno de los romanos. Nicodemo, el que había ido antes a Jesús de noche, fue también llevando una mixtura de mirra y áloe, de unas cien libras (Jn 19, 39). Nicodemo conoció a Jesús en la noche, y se despidió de Él en la noche, llevando los ungüentos típicos para embalsamar el cadáver del difunto Maestro[1].

En el Cantar de los Cantares se describe a la esposa como huerto cerrado. El huerto cerrado es también imagen del lugar del encuentro entre el amado y la amada, y por ello mismo, en una lectura espiritual y más holística, es una reminiscencia del huerto o jardín del Edén: Dios quiere recuperar la unión que tenía con el hombre, pero ahora en un nuevo Edén, que es el alma o el corazón de la amada, huerto cerrado. Dios quiere volver a unirse al hombre, espiritualmente, en un nuevo jardín, que es el alma misma del hombre. Lo más sorprendente es descubrir que en ese nuevo jardín, tan bellamente descrito por el Cantar de los Cantares, hay ungüentos de muerte: más concretamente, aquellos que Nicodemo usó para embalsamar el cuerpo muerto de Jesús.

Huerto cerrado eres, hermana mía, esposa, huerto cerrado, fuente sellada. Tus retoños son un paraíso de granados con deliciosos frutos, alheñas y nardos. Nardo y azafrán, canela y cinamomo, con todo árbol de incienso, mirra y áloe, con los mejores aromas. ¡Oh fuente de los huertos, manantial de aguas vivas, arroyos que bajan del Líbano! (Ct 4, 12-14).

Podríamos llegar a afirmar, simbólicamente, que el amoroso lugar de la unión del alma con Dios, huerto cerrado, es también un lugar sepulcral. El lugar donde Cristo reposa muerto. Es lo que expresaron algunos místicos como Santa Maria Maddalena de Pazzi, San Josemaría, Santa Teresa de Lisieux, o Gabrielle Bossis:

Era el momento de comulgar. Al acercarme, Le dije: «Señor, yo soy tu sepulcro. ¿Te quedarás en mí más de tres días?» Me dijo: «Por supuesto que estaré en ti más de tres días. Estaré todos los días.» Aludía a mis comuniones cotidianas»[2]

El Catecismo de la Iglesia Católica, haciéndose eco de esta intuición de la mística cristiana, lo expresa del siguiente modo: 

Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro.[3]

El sepulcro de Cristo es lugar de encuentro con Él, aunque Él esté dormido. Es más, el alma cristiana está llamada, especialmente en los momentos de más sequedad o hastío, a ofrecerse como sepulcro para Cristo muerto, como lugar de descanso para Cristo dormido.

¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría…[4]


[1] Los dos ungüentos, la mirra y el áloe, aparecen en otros textos de la Escritura. Si bien su uso eminente estaba ligado al embalsamiento, en el Salmo 45, 9, aparecen ligados a la pureza y al lujo. En Proverbios 7, 17, ligados al amor y al deleite.

[2] Gabrielle Bossis, Él y yo, 376

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2731

[4] Santa Santa Teresa de Lisieux, Manuscritos autobiográficos. Manuscrito dedicado a la Reverenda Madre Inés de Jesús. Manuscrito A. Capítulo VIII


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