El loco de Asís

No soy capaz de recordar cuántas veces, desde los inicios de mi adolescencia hasta el día de hoy, algún amigo me ha explicado que estaba enamorado. Por mi parte, en todas las ocasiones en las que se me hacía partícipe de esa noticia —fuera en un primer enamoramiento o en el amor de un joven matrimonio— he buscado que el enamorado puediera dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿qué ves en aquella persona? Es más, me atrevería a decir que cualquier enamorado vive para responder a esa pregunta. Además, habitualmente, si los motivos para el amor son lo suficientemente razonables, los círculos cercanos al enamorado suelen asentir —aun tácitamente— a ese enamoramiento o relación. Con todo, en el caso de que los motivos no sean razonables o no sean comprendidos por la gente más cercana a los implicados, sería raro que el afectado no fuera aconsejado, reprendido, o en el caso de querer persistir en su insensatez, incluso fuera tachado de loco. 

Hoy en día, por desgracia, podemos encontrar no poca gente que persiste en mantener una relación amorosa poco razonable, y seguramente que a la mayoría no nos faltan casos cercanos en los que pensar. Ahora bien, en los últimos meses ha habido una persona cuya insensatez o locura en el amor me ha interpelado profundamente: Giovanni Bernardone, más conocido como san Francisco de Asís.

Un Pobre loco

Dante dice del santo de Asís que fue tras una mujer que, cual la muerte, nadie quiere tener dentro de casa1. Y ese el motivo por el que parece que en cuanto lo vieron quienes lo conocían, al comparar lo presente con lo que había sido, se desataron en insultos, saludándolo como a loco y demente y arrojándole barro y piedras del camino2.  Y de hecho, parece lógico que la gente lo considerara loco y demente por haber desposado una mujer a quien nadie quería. Ahora bien, ¿de qué mujer quedó prendada el santo italiano?, ¿acaso fue su relación con ella tan poco razonable que fuera acusado de locura? Si continuamos con la lectura de Dante, el poeta canta Francisco y la Pobreza son los novios3. Y es aquí —si quedaba alguna esperanza de salvar la relación de san Francisco con su misteriosa esposa— que se nos hace evidente la locura del santo de Asís: efectivamente, quiso escoger aquella de la que todos los hombres huyen. Pero, ¿qué vio en la Pobreza, su Dama, para querer unirse estrechamente a ella?, ¿por qué hubo tantos que quisieron seguirle en su locura?, ¿qué vieron en él?, y ¿por qué hoy en día es venerado como santo por todo el mundo, si fue un hombre que escogió a la siempre repudiada4?, ¿es esta una locura digna de ser vivida, o es tan solo una locura semejante a la de aquellos que viven en relaciones tóxicas? Estas son algunas de las preguntas que desde hace tiempo me ha suscitado la figura del santo de Asís. Muchos han respondido a estas dudas con gran literatura, y seguramente la mejor respuesta se encuentra en la misma vida del santo. No obstante, para intentar responder a estos interrogantes, lo que más me ha ayudado a encontrar respuesta a estas preguntas es un fresco pintado por Giotto.

GiottoSan Francisco renuncia a los bienes terrenales, 1292-1296, Basílica Superior de Asís

Giotto pinta con gran maestría la escena que sucede después de las acusaciones de locura antes mencionadas. En el registro inferior del fresco encontramos, en la parte izquierda, a Pietro Bernardone, padre de san Francisco, que habiéndose enterado de la vida que quiere llevar su hijo, le pide que le devuelva todos sus bienes. Podemos observar cómo en su mano izquierda tiene las vestiduras de su hijo, mientras que su mano derecha está siendo agarrada por otro hombre, seguramente para impedir que agreda al loco de su hijo. Frente al padre encontramos al hijo, Giovanni Bernardone, quien tras haberse despojado de sus ropas, ha quedado completamente desnudo ante el pueblo de Asís. A su lado, el obispo, que está cubriendo al joven santo con su propio manto.

Probablemente hoy en día nos escandalizaría ver a un joven desnudo en una plaza de pueblo, y seguramente quedaríamos más escandalizados al ver que un obispo lo cubre con su propio manto. Es en ese gesto del obispo donde no puedo evitar plantearme qué vio el obispo en Francisco para cubrirle con su manto, por qué no vio su locura, y en qué vio la razonabilidad de su apuesta.

un loco razonable

Miremos también cómo entre padre e hijo no hay nada, solo un gran espacio, como si Giotto quisiera representar con él el abismo que hay entre Pietro y Giovanni, entre razonabilidad y locura, un abismo del que parece que el padre se aleje y el hijo se adentre, como si tendiera sus manos a cualquiera que quiera superar ese abismo (de la razonabilidad a la locura), un abismo que solamente se puede superar gracias a un tercer elemento: la mano de Dios que aparece en el cielo. Francisco tiene la mirada fija en ella, puesto que aquí, en la Tierra, ya no tiene nada en qué fijarse. Despojado de todos sus bienes, sólo le queda un bien, el mayor de todos: el Bien, que es Dios. En el fresco, es esa diagonal que sube desde su mirada y sus brazos extendidos hacia Dios, una imagen de la religión, de la relación dependiente del hombre humilde y despojado para con el Omnipotente. Creo que es desde aquí que podemos responder a las preguntas planteadas anteriormente: Francisco tiene razones suficientes para vivir en esa locura —desposarse con esa mujer repudiada— su razón es una y fundante; Dios mismo. Así, podemos entender qué vio en la Pobreza, y vemos que es una vida digna de ser vivida. Y no solo eso, sino que sólo desde Dios puede tener sentido esa pobreza. La pobreza con la que se desposa Francisco no es una pobreza altruista o masoquista, tampoco una pobreza autorreferencial o que busque el sentirse bien, y menos aún (si cabe) una pobreza que nazca del desprecio a las cosas. La esposa de san Francsico no es más que una locura que lleva a la razonabilidad.

GiottoSan Francisco renuncia a los bienes terrenales (detalles), 1292-1296, Basílica Superior de Asís

Y es que Dios es Logos (Cfr. Jn 1, 1), razonabilidad, sabiduría, pero no según este mundo. Cuando esta sabiduría divina entra en conflicto con el mundo estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 53). Esto es porque querer alcanzar esa mano de Dios es lo más razonable, al mismo tiempo que la mayor locura (según el mundo). San Francisco quiso aferrarse a la mano de Dios porque allí descubrió la verdadera vida, una vida que pudo fecundar el mundo, aunque el mundo no la vio como vida, sino como muerte. Y precisamente esta es la lógica del Evangelio: porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará (Mt 16, 25). Esta es la paradoja cristiana, la kenosis que vivió Jesús, el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2, 6-8).

Esta constraposición entre la lógica divina y la del mundo la podemos ver de manera muy clara en la manera de vivir uno de los misterios más grandes de Jesucristo: su natividad. Es fácil ver cómo hoy en día, en una sociedad mayormente desprovista del sentido cristiano de las celebraciones, la Navidad se ha convertido en un tiempo de gran consumo y exuberancia. Claro está que los misterios de Cristo tienen que ser celebrados, pero desgraciadamente hoy en día muchas veces la Navidad se convierte en un tiempo de vacaciones, desprovisto de esa lógica divina, y que sobre todo destaca por los alumbrados urbanos, los regalos y las comidas familiares, ocultando el motivo y carácter originario de las fiestas navideñas. En cambio, si miramos el tiempo de Navidad desde la lógica divina —y no desde la razonabilidad que propone el mundo— podemos ver cómo la pobreza juega un papel clave en el misterio de la Natividad, y cómo contrasta la pobreza con la que nació Cristo con el lujo que suele envolver el tiempo navideño. San Antonio de Padua, uno de los «locos» seguidores del santo de Asís, expresa así su maravilla por la pobreza de Jesús:

“Y envolvió al Niño en pañales y lo recostó en el pesebre” (Lc 2, 7). ¡Oh, qué pobreza! ¡oh, qué humildad! El Señor de todas las cosas es envuelto en pañales, y el rey de los ángeles es recostado en un establo. ¡Avergüénzate, oh insaciable avaricia! ¡Desplómate, oh soberbia humana! “Lo envolvió en pañales”. Observa que Cristo, tanto al principio como al fin de su vida, fue envuelto en pañales. “José de Arimatea -dice Marcos- compró un lienzo y, después de haber bajado a Jesús de la cruz, lo envolvió en él” (Mc 15, 46)5.

Para acabar con esta contraposición entre la lógica del mundo y la lógica divina, observemos la diferencia entre la estética y sentido de algunas decoraciones navideñas actuales, lejanas de la primigenia pobreza de la Navidad, y la austeridad que acompaña a la celebración del misterio de la Natividad en el primer belén escultórico de la historia del arte, esculpido pocas décadas después de que San Francisco realizara la famosa representación del nacimiento de Jesús en Greccio.

Decoración navideña actual vs Arnolfo di CambioPesebre (detalle), 1291, Roma

La libertad de la locura

De todo esto se deriva un aspecto de la vida de Francisco que destaca especialmente: cómo el santo de Asís logró vivir con total libertad. Y es que, ¿quién es capaz de dejarlo todo sin mirar atrás?, ¿quién es capaz de desnudarse ante todos sus conocidos? Él pudo vivir con total libertad porque uno de los frutos de vivir la pobreza es la libertad:

No eres esclavo de nada, no estás atado a nada, no estás encadenado a nada, no dependes de nada: eres libre […]. No eres esclavo de lo que usas porque solo eres esclavo de Aquel que te da la certeza de tu felicidad. La pobreza se nos revela como libertad frente a las cosas porque es Dios quien cumple nuestros deseos y no algo determinado en lo que te fijas6.

Francisco llegó a tocar aquella mano de Dios gracias a su locura, y eso fue lo que le hizo libre. No como el joven rico —que bajo una aparente búsqueda de la razonabilidad, sumada a un escándalo por la propuesta que le hace Jesús— por causa de sus riquezas no fue libre para seguir a Cristo (Cfr. Mc 10, 17-22). También podemos comparar a Francisco con el Adán de la Capilla Sixtina, a quién solo le faltó alargar un poco el dedo —poner en juego su libertad, apostando por la locura de la obediencia, en su caso— para llegar a tocar la mano de Dios. Así, Francisco, al desposarse con la Pobreza, alargó el dedó y tocó a Dios.

Miguel Ángel BuonarrottiCreación de Adán (detalle), 1511, Capilla Sixtina, Roma

de la nada al todo

Ahora bien, ¿cómo es posible enamorarse de la Pobreza, que es una negación, un no-ser, un no-tener, si el amor busca precisamente tener al amado y no busca una ausencia? El santo de Asís, como cualquier santo, se enamoró de Dios: ése era su Amado. Y tal era el amor que San Francisco tenía por el Dios vivo, que quiso dejar todo obstáculo que le impidiera llegar a su Amado. Así, su locura —el desposorio con la Pobreza— no era más que una mediación para llegar a su verdadero Esposo: Cristo. En otras palabras: decir que Francisco amó la Pobreza sería decir que Francisco amaba a Dios, el no-tener sino a Dios. 

San Pedro Crisólogo ilustra muy bien esta dinámica del amor en la que se enmarca la locura razonable del desposorio de Francisco con la Pobreza:

El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se aquieta ante lo imposible, no se remedia con la dificultad. El amor es capaz de matar al amante si no puede alcanzar lo deseado; va a donde se siente arrastrado, no a donde debe ir. El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más? El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos, si no iban a poder ver a Dios7.

Así, san Francisco, vivió como un loco (careció de razón para el mundo al desposarse con una ausencia) para alcanzar la razonabilidad inalcanzable (Dios). En el s. XVI apareció otro loco, San Juan de la Cruz, quien también vivió con gran pasión su amor por la pobreza y el anonadamiento como medio para llegar a ser libre, y así dejarse alcanzar por Dios. Para cerrar esta reflexión, los siguientes versos de Subida al Monte Carmelo del santo carmelita nos pueden ayudar a adentrarnos un poco más en el misterio de la razonabilidad de la locura:

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.


Cuando reparas en algo,
dejas de arrojarte al todo.
Porque, para venir del todo al todo,
has de negarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.
Porque, si quieres tener algo en todo,
no tienes puro en Dios tu tesoro
8.


  1.  Dante Alighieri, Divina Comedia. Paradíso, trad. José María Micó, Barcelona, Acantilado, 2018, Canto XI, vv. 59-60. ↩︎
  2. Tomás de Celano, Vita Prima, 1, 11. ↩︎
  3. Dante Alighieri, Idem, Canto XI, v. 75. ↩︎
  4. Cfr. Ibidem, Canto XI, vv. 64-66 ↩︎
  5. San Antonio de Padua, Sermón de la Natividad del Señor, 7. ↩︎
  6. L. Giussani, ¿Se puede vivir así? Un acercamiento extraño a la existencia cristiana, Encuentro, 2007, Madrid, p. 189-190 ↩︎
  7.  San Pedro Crisólogo, Sermón 147: PL 52; 595 ↩︎
  8. 1S 13, 11-12,  en San Juan de la Cruz, Obras completas, 7a ed. crítica, Fonte, Burgos, 2019, p. 213-214.
    ↩︎


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