
Jan Vermeer – Cristo en casa de Marta y María, 1655, National Gallery of Scotland
En el mundo de hoy, la vida transcurre muy deprisa. En muchos casos, somos presa del capitalismo más machacante, que exige de los individuos una incesante producción y que anula, sin que nos demos cuenta, nuestra capacidad de estar en silencio y de contemplar. Hemos preferido alcanzar objetivos a transitar los procesos. Hemos cambiado la vivencia del tiempo por el control del espacio. Ahora somos los hombres grises de Momo.
Frente a este triste panorama, hay voces que hoy en día reclaman los terrenos perdidos de lo contemplativo. Ahí tenemos a Montiel, a Byung-Chul Han o incluso a Rosalía, escapando un poco del reggaeton para llamar la atención sobre lo que de espiritual puede tener lo artístico. Las notas de corte de Filosofía han subido en todas las facultades públicas españolas. Y parece que hay universidades que cada vez dan más importancia a los posgrados que combinan pensamiento crítico, filosofía y antropología.
De todos modos, no se puede vivir solamente de la contemplación (primum vivere, deinde philosophari), y, por eso mismo, el hombre siempre se mueve, inevitablemente, entre dos polos: la acción y la contemplación, lo transeúnte y lo inmanente, lo pragmático y lo lúdico, el sistema nervioso simpático y el parasimpático. Esa tensión también tiene un reflejo en el Evangelio, en la historia de las dos hermanas de Betania, las amigas de Jesús: Marta y María.
En una lectura simbólica, la vida activa queda retratada en Marta, y la vida contemplativa queda retratada en María. A lo largo de la historia de la teología se ha debatido acerca de este simbolismo, del papel que estas dos hermanas deben jugar en cristianismo y en la vida de una persona que busca a Dios. Parte de ese debate lo ha recogido el teólogo español Manuel Belda, profesor en Roma. Explica que la mayoría de autores clásicos dan más peso a María, pues ha escogido la mejor parte (Lc 10, 41): Clemente de Alejandría, Orígenes, Gregorio Magno, Tomás de Aquino, San Buenaventura… Otros autores son más conciliadores, poniendo a las dos hermanas en un nivel parecido (San Jerónimo, San Agustín, San Bernardo, Tissot, Guardini…), subrayando la importancia de encontrar un equilibrio entre acción y contemplación. Incluso los autores que parecen inclinar más la balanza hacia Marta (Alberto Magno, Eckhart, Taulero) dejan claro que el verdadero protagonismo o papel primordial es el de María.
Esta necesidad de lo contemplativo, también como paradigma vital, ya fue señalado por los griegos, que decían que el hombre, en la medida de sus posibilidades, se tiene que liberar de lo pragmático (neg-otium) para llegar al ocio, que es el terreno apto para filosofar y vivir una vida más plena (otium). Por eso mismo, no todo el mundo podía permitirse el lujo de ser filósofo.
Tanto los griegos como muchos autores posteriores, hasta nuestros días, se han dado cuenta de lo importante que es la dimensión contemplativa de la existencia, para llegar a una vida lograda. Y en el campo cristiano sucede lo mismo: María se ha llevado el gato al agua. Lo deseable es escapar de la acción para llegar a vivir en contemplación, en contacto con lo divino. Y, en concreto, en contacto con Jesucristo.
De todos modos, en una lectura atenta del pasaje de Marta y María, podemos descubrir que en realidad es Marta quien sale al encuentro de Jesús (Jn 11, 20) y le fuerza a entrar en su casa (Lc 10, 38). Es ella la que es capaz de plantarle cara (Jn 11, 21). Y es ella la primera persona que realiza una confesión de fe en Jesús, mucho antes de que lo hagan los discípulos (Jn 11, 27). Este último punto es especialmente importante. Marta, la del cortisol elevado, es la que reconoce a Dios en Jesús. Reconoce lo infinito encarnado en lo finito. Y no es casualidad que ella sea la más activa y la más afanada, la más implicada en tareas y cosas concretas. De hecho, en cosas tan concretas como realizar los preparativos para hospedar y acoger a Jesús, es capaz de reconocer a Dios. Marta trasciende lo finito que está ante sus ojos para descubrir el infinito que está al otro lado, y eso ha quedado plasmado en el Evangelio, cuando dice: Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo (Juan 11, 27).
No podemos, pues, subestimar a Marta. Está claro que la contemplación es imprescindible para tocar a Dios, y el mismo Jesús se retiraba para orar a solas en ciertos momentos, como relatan los Evangelios (Cfr. Lc 5, 6). Pero en la acción y en el desplegarse de las tareas y las cosas concretas de la vida, es posible encontrar a Dios. De hecho, Jesús estuvo treinta años ejerciendo un oficio manual, y otros tres predicando sin parar, en eminente acción. Lo divino se puede tocar en lo concreto porque eso mismo es la Encarnación: Dios asume la naturaleza humana, bien concreta, limitada e imperfecta, asumiendo al mismo tiempo todas sus exigencias. Marta entiende esa lógica, descubre que lo infinito se esconde en lo finito, y acepta jugar a ese «escondite»: eso es la fe. Y la lección que Marta nos deja, es, precisamente, de fe: Yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo (Juan 11, 27).
Thomas Keating no duda en afirmar lo siguiente: Descansar en el pecho de Jesús no es perder el tiempo. Porque, como Jesús dice, “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”. Es un descanso un poco especial; no es un sueñecito. Es diferente del ocio, por muy santo que sea, del que María disfrutaba a los pies de Cristo. Es más bien la gracia de descansar en Dios independientemente de lo que uno haga. Es la gracia mayor, porque une la acción y la contemplación. Esta gracia de Juan, que es la gracia de Marta y María juntas, exige una mayor madurez espiritual. Una cosa es ser capaz de rezar y de descansar en Dios cuando todo está en silencio y en paz. Otra es serlo cuando vamos corriendo para coger el tren de cercanías, o recogemos productos manufacturados en el extremo de una cadena de montaje. Es mayor gracia ser capaz de hablar como los demás y seguir descansando en Dios, que tener que parar de hablar con alguien para poderlo hacer con Dios. Es una gracia mayor que la de María, porque implica una mayor libertad de espíritu, una mayor intimidad con Dios (Thomas Keating, Crisis de fe, crisis de amor).
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