« Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.» (Jn 12, 32)

Gaudí usó la gravedad para diseñar y con ello consiguió un gran avance técnico. Su maqueta funicular le permitió encontrar, mediante un procedimiento experimental, las formas que mejor podían trabajar estructuralmente bajo su propio peso. En lugar de dibujar primero una forma y comprobar después si podía sostenerse, Gaudí hizo algo mucho más directo: dejó que la gravedad le mostrara cuál era la forma adecuada.
Colgando cuerdas y pequeños pesos, observaba cómo cada elemento encontraba su posición natural bajo la acción de la gravedad. La maqueta le mostraba así una estructura estable a tracción. Al invertirla, aquellas curvas se convertían en una propuesta para los arcos, las columnas y las bóvedas de la construcción real, donde la geometría resultante podía trabajar fundamentalmente a compresión.
Esto supone un paso adelante extraordinario en una búsqueda que la arquitectura románica y gótica ya llevaba siglos realizando. También aquellos grandes estilos buscaban conducir de la manera más eficaz posible las cargas hacia el suelo, reduciendo los empujes y permitiendo elevar cada vez más los edificios, abrir sus muros y llenar sus interiores de luz. El gótico había llevado esa lógica a una altura que durante largos siglos parecía insuperable.
Gaudí sigue esa búsqueda, la lleva más lejos dejándose guiar por la misma gravedad que durante siglos los arquitectos habían tratado de dominar. En lugar de imponer primero una forma y calcular después cómo hacer llegar sus cargas al suelo, permite que las propias cargas encuentren la forma óptima. La gravedad deja así de ser solamente una fuerza que hay que soportar y se convierte en una herramienta para descubrir la arquitectura.
Gaudí no lucha contra la gravedad para conseguir la forma que quiere. Deja que la gravedad le diga cuál es la forma que mejor funciona. Y hay algo fascinante cuando contemplamos la maqueta una vez invertida. Y es precisamente aquí donde la maqueta de Gaudí puede abrir una reflexión que me parece especialmente sugerente.
Diseñar con la ley escondida en la creación
Gaudí no se limita a utilizar las leyes de la naturaleza: parece querer escucharlas. Hay algo profundamente religioso en esa actitud. La creación no es para él una materia muda que el hombre pueda dominar a voluntad, sino una realidad que contiene un orden que merece ser descubierto.


Ya de joven dejo escrito que echaba de menos en el diseño de las iglesias de su tiempo determinadas cualidades; entre ellas que fueran una digna «mansión de la omnipotencia creadora de millares de millones de sistemas solares».1
Gaudí parece estar diciendo que un templo no debería competir con la creación, sino entrar en diálogo con ella. Si Dios ha creado un universo regido por leyes, formas, proporciones y fuerzas, quizá construir para Dios consiste también en aprender de esas leyes que Él ha puesto en su creación.
La maqueta funicular es casi una conversación entre Gaudí y Dios, con el lenguaje de la creación: «Muéstrame cómo quieres que se sostenga Tú templo». Y la gravedad responde. Las cuerdas caen, los pesos tiran, cada elemento encuentra su equilibrio y, poco a poco, aparece una forma. Después Gaudí invierte esa forma. Y ocurre algo fascinante: la fuerza que parecía hacer caer es ahora la que parece elevar.
La atracción de Cristo
Al contemplar la maqueta invertida resulta inevitable pensar en una fuerza que atrae hacia arriba. La misma gravedad que había hecho caer los pesos y había dado forma a las cuerdas parece ahora haberse transformado: ya no tira hacia abajo, sino que parece tirar desde arriba. La estructura que nació del peso adquiere ante nuestros ojos una extraordinaria ligereza.
Y para mi resuenan unas palabras de Cristo: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí.»
(Jn 12,32)
Jesús pronuncia estas palabras hablando de su muerte. Ser levantado sobre la tierra significa ser elevado en la Cruz. Humanamente, nada podría parecer más contrario a la idea de atracción: Cristo está siendo rechazado, abandonado, despojado de todo poder. Y, sin embargo, Él dice que precisamente desde allí atraerá a todos hacia sí.
Es una de esas paradojas del Evangelio que cambian nuestra manera de mirar. Cristo no atraerá desde el poder visible, sino desde la Cruz. No mediante la fuerza que se impone, sino mediante el amor que se entrega. La Cruz, que parece ser el punto más bajo de su humillación, se convierte en el lugar desde el que atrae hacia sí a toda la humanidad.
Y quizá por eso resulta tan sugerente mirar la Sagrada Familia desde abajo. Toda su arquitectura parece conducir hacia lo alto. Las columnas se ramifican, las bóvedas se elevan, la luz entra desde arriba. Y, finalmente, en la torre más alta, aparece la Cruz. Después de toda esa ascensión, allí está Cristo. El edificio parece elevarse hacia Él.
Hay además otra imagen que puede iluminar esta idea. La tradición cristiana ha visto muchas veces en el Sol una imagen de Cristo. El Sol no necesita salir a buscar aquello que ilumina: permanece en el centro y su luz alcanza todo. La Tierra gira alrededor de él y queda vinculada a él por una fuerza invisible. De esa relación depende, en último término, nuestra vida.
Quizá algo semejante sucede con Cristo. Él puede convertirse en el centro alrededor del cual se ordena nuestra existencia. No porque nos obligue a girar a su alrededor, sino porque su amor tiene una fuerza de atracción capaz de ordenar lo que estaba disperso.
Todos vivimos sometidos a fuerzas de atracción. Hay cosas que nos llaman constantemente hacia ellas y que, poco a poco, terminan ocupando el centro: el éxito, el dinero, el reconocimiento, el miedo, nuestros deseos, incluso otras personas. Y aquello que ocupa el centro acaba dando forma a nuestra vida.
Por eso la pregunta que surge al contemplar esta maqueta es mucho más sencilla de lo que parece: ¿Qué me atrae?¿Hacia dónde estoy orientando mi vida? ¿Qué ocupa realmente el centro? ¿Qué tiene fuerza suficiente para ordenar mis decisiones, mis deseos y mis afectos?
Gaudí descubrió que no tenía sentido luchar contra la gravedad. Había que comprenderla y dejar que ella misma mostrase la forma adecuada para elevar la construcción. Quizá también nosotros tengamos que aprender algo parecido: no se trata de sostener nuestra vida únicamente con nuestras fuerzas, sino de descubrir cuál es la fuerza que puede darle su verdadera forma.
La maqueta parece ingrávida precisamente porque la atracción ha cambiado de dirección. Y la Sagrada Familia parece elevarse porque toda su arquitectura termina orientándonos hacia Cristo: «Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Cristo elevado en la Cruz es el centro hacia el que todo converge. Y por eso la vida cristiana consiste, en buena medida, en dejarse atraer por Él hasta que también nuestra propia vida vaya encontrando su forma alrededor de ese centro.
Al final, la pregunta no es solamente qué hacemos con nuestra vida, sino: ¿Qué fuerza la está formando?
Notas
- cfr. GAUDÍ, “Manuscrit de Reus” en MERCADER, L., Antonio Gaudí, escritos y documentos, El
Acantilado, Barcelona 2000, 127-135. ↩︎
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