
Subirachs – Dentadura de la Puerta izquierda del Evangelio en la Sagrada Família, s. XX, Barcelona
Hace pocos días visité la Sagrada Família con unos amigos de Ferrara. Me pidieron que les guiara por la basílica, pues no habían estado nunca. Cuando salíamos del templo por la fachada de la Pasión, nos detuvimos un momento en la Puerta izquierda del Evangelio, hecha toda en bronce. Allí les enseñé, a modo de curiosidad, esa dentadura de tamaño real a la que nunca han puesto un Invisalign. Se encuentra a media altura, en el extremo derecho de la hoja, después de la palabra «senyal». Probablemente Subirachs aplicó en los noventa la misma técnica que usaba Gaudí cien años antes: usar modelos humanos vivos sacando de ellos los moldes para sus esculturas. Yo no sabía qué más contar de la dentadura, más allá del hecho anecdótico, y manifesté mi ignorancia: no sé por qué está aquí. Uno de los miembros de la familia dijo: «bueno, está justo después de la palabra «senyal», es decir, que se refiere a la señal con que Judas indicó que los soldados debían detener a Jesús. Y dicha señal fue el beso. Además, hay un paralelismo con la boca de Adán: la misma boca que besó al Señor es la misma boca que mordió la manzana al inicio de todo».
Nunca había conectado la línea de puntos, y la relación me pareció muy original. En un jardín, el primer hombre traicionó a Dios mordiendo el fruto prohibido. En otro jardín, un Apóstol lo volvió a traicionar, besándolo.
«El qui el traïa els havia donat aquest senyal: És el qui jo besaré: deteniu-lo» (Mt 26, 48). Esta es la frase del Evangelio en el que está insertada la mandíbula.

El teólogo Dominique Barthélemy se pregunta qué puede significar que Adán mordiera la manzana, y habla de una confusión de dos escalas de valores: Adán confunde lo que le apetece con lo bueno, y lo que le resulta nauseabundo, con lo malo. «”¡Pues bien! En adelante yo voy a decidir lo que para mí es apetecible, y lo llamaré bien y lo que para mí es amargo, que lo llamaré mal”. He aquí la tentación de Adán, y la prohibición que le impuso Dios a Adán era precisamente la de traspasar ese límite, la de decidir sobre el bien y sobre el mal en función de sus gustos y apetencias». Adán, en su tentación, rechaza la objetividad moral de sus acciones, pues les otorga un baremo moral solo en relación a cuánto coincidan con sus gustos. De tal manera, pierde la conciencia de la llamada divina que le fija a él su bien y su mal más allá de sus propios deseos[1]. En fin, Adán ya no necesita más a Dios para poder moverse a nivel moral, para poder actuar moralmente en su vida.
Judas llegó a no necesitar más a Dios, pues quedó sepultado bajo sus propias apetencias o deseos, sin llegar a establecer una conexión real con lo que estaba bien o mal. En su caso, el placer o deseo que lo alejó de lo realmente bueno o malo, fue su afición por las riquezas: «Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando» (Jn 12, 4-6). Esas riquezas sedujeron hasta tal punto a Judas que llegó a traicionar al Amigo, que al mismo tiempo era su Maestro, y era Dios.
Morder la manzana y morder a Dios son, en realidad, las dos caras de una misma moneda. El hombre, por mucho que “muerda” al Creador, no puede causarle un dolor real, al menos como nosotros lo entendemos (un dolor que implique mezcla de potencia). Sobre todo, el gran efecto que causa esa mordida es la propia deformación de la boca que muerde. En otras palabras: lo que la Iglesia dice que es pecado, lo dice porque en realidad es el hombre quien se está autolesionando, y el que sale perjudicado.
La ortodoncia que propone la Iglesia para arreglar la situación, es, precisamente, la pobreza de espíritu, que es lo que no aceptaron Adán ni Judas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3). Judas fue sepultado por las riquezas materiales, y Adán fue sepultado por la riqueza propia de quien se cree autosuficiente.
Aceptar a Dios implica, de algún modo, desnudarse de las riquezas, del yo, de la autosuficiencia cerrada: implica rendirse ante Quien realmente es poseedor de la verdad, y, por tanto, nos puede abrir a ella. La unión con Dios, decía Thibon, implica desnudez, «pero es más difícil desnudar el alma que el cuerpo, porque el vestido del alma es el yo»[2].
Esa ortodoncia es la que queda reflejada al paso siguiente de la Puerta del Evangelio, que es la Pasión del Señor, en la que el cristiano aprende la verdadera pobreza, en imitación de su Maestro, que decidió despojarse de todo para ganarnos la redención. En esa Pasión el cristiano encuentra un programa de vida: «porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará» (Mt 16, 25).
[1] Ver Dominique Barthélemy, Dios y su imagen, Fundación Maior, Madrid 2011, pp. 40-42
[2] Gustave Thibon, Nuestra mirada ciega ante la luz, Ediciones Rialp, Madrid 1973, 196
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Muy buen mordisco! Gracias!
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